viernes, 26 de junio de 2026

Privacidad y vanidad

Privacidad y vanidad compiten con desigual balance en cada uno de nosotros. Con la privacidad tratamos de preservar nuestro núcleo íntimo, aquél en el que encuentran explicación algunas de nuestras acciones más decisivas y pueden verse desveladas otras más o menos escabrosas. Puestas a la vista de los demás, sabemos que muchas de ellas demuestran nuestro juego, mientras que otras sacan a colación nuestra parte más grotesca, la que siempre preferimos ahorrar, por pudor o conveniencia, a nuestros observadores. Porque podemos estar seguros de que se nos observa, y más a medida que más expuestos estamos. Y como la opinión es libre, una vez observados no nos podemos librar de ser juzgados. Algo que se pone de manifiesto en futuros tratos que intuimos ensombrecidos por datos sobre nuestra persona que vienen a alimentar y afianzar algún prejuicio previo. La regla de que no podemos gustar a todo el mundo es tan sabia como improductiva. Nos duele, a veces sobremanera, que los demás tengan una opinión negativa de nosotros y que nos asimilen a un tipo o etiqueta que nos desacredita en las conversaciones que posteriormente mantienen con otra gente. Ante todo esto, la defensa que proporciona la vanidad no es muy consistente. Depende del carácter de cada cual, pero en general puede decirse que la estima personal es material frágil, que en una conversación insustancial con un amigo, familiar o colega puede venirse abajo. Salimos de ese círculo y en la intimidad recurrimos al espejo. Pero el espejo es un testigo que difícilmente puede sostener la vanidad, más bien podemos acabar con él apaleados. A la red la podemos considerar un espejo dinámico en el que, además, poco cuesta verse retratado. Siempre con mayor o con ninguna fortuna. Ante la pantalla, como ante un temible altar, nos rendimos casi todos, por no decir que todos. Es lo que me ha pasado a mí, y lo confieso sin rubor. Lo veía como una forma de probar fortuna, aun sabiendo que me sometía a una prueba de fuego con la que podría enterarme de cómo me ven. Si lo que puede salir de ahí es o no un retrato fiable, hace dudar, pero representa más que nada una primera línea de defensa, endeble donde las haya. Vayamos al grano, porque en definitiva he consultado qué dice la red, y su inteligencia artificial, de ese personaje, Hilario Mendiaga, con el que me siento tan profundamente vinculado. Transcribo en cita literal su presentación: «Destaca por un estilo de escritura intimista, filosófico y lúdico. Su prosa se caracteriza por el uso de la ironía, la reflexión constante y una atmósfera melancólica». Pues así será, si ella lo dice. Más adelante se explaya y habla de una «prosa sutil y poética donde abundan las descripciones cuidadosas y un juego constante entre la realidad y la ficción». No sé si eso le servirá a alguien para algo, pero a mí a penas me engorda el ego, en tanto que considero su dictamen como prosa neutra y de cortesía. A ver, no me hubiera gustado que me pusiera a caer de un burro, pero estas manifestaciones dicen mucho menos de lo que un crítico solvente podría decir. Imagino que, a través del tráfico fantasma con que se engordan y entrenan las inteligencias artificiales, algún lector maquinal ha recorrido con criterio peregrino algunos de mis escritos y me regala estas líneas como parvo beneficio. Cualquiera comprenderá que mi vanidad, aunque de por sí escasa, no se se ha visto demasiado afectada por el acontecimiento y que prefiero cualquier comentario, a poder ser no muy disparatado, a estas líneas que parecen salidas de fábrica.

Los desigualitarios

Al parecer de algunos desequilibrados, la desigualdad es justa porque de una manera natural se le concede a cada cual el ámbito de poder que le corresponde. Al principio se da a entender que es una mano providencial, llamada fortuna, la que se muestra tan generosa con unos y tan cicatera con otros. A quienes se les queda corto ese argumento tan volátil, le muestran ellos el régimen obsesivo de trabajo en el que se empeñan, soslayando que nada habría sin la sujeción de otras voluntades mantenidas a sueldo, régimen con el que creen explicar la razón de su airosa situación. En su mentalidad la manera natural que les avala, la que regula los ascensos y descensos sociales, se viene curiosamente a comportar como los valores que cotizan en bolsa. Cada individuo es estimado por su valor en el mercado y eso mismo le obliga a presentarse como una marca comercial a través de una imagen adornada de virtudes postizas con las que la clientela se pueda identificar. Son los desigualados prepotentes, los desigualitarios podríamos decir, los que desde arriba siembran estas doctrinas y consiguen que las ideas de un mercado libre de las competencias —sostenidas por personas, no lo olvidemos— se cuelen en su valoración. Los valores personales son filtrados atendiendo exclusivamente a criterios de funcionalidad y operatividad para ser decantados finalmente mediante cifras que determinan su aceptación o rechazo. Obviar otros valores sensibles que están más cercanos a la implicación en la sociedad y sus valores comunes o, por decirlo más claramente, que acreditarían el saber estar entre los demás, da vía libre a la emergencia y posterior encumbramiento a posiciones de poder de monstruos inmisericordes y despiadados, ajenos a cualquier sensibilidad social. Volviendo al comienzo, ¿qué clase de justicia puede tener esa gente, los desigualitarios digo, en la cabeza? Pues la justicia del pináculo desde el cual contemplan a sus pies el amplio mundo disponible o, si se prefiere, la del embudo, ancho y de estratégica visión para mí, y oscuro y de estrechas miras para los demás. En sus conclusiones, la desigualdad sería fruto de la falta de visión de los apocados y cegatos para enfrentar la sociedad como parte que es de la naturaleza, sin excluir por tanto los abusos, atropellos y arbitrariedades, porque eso es «justamente» lo que les exige pervivir en su fortaleza. Acabaríamos, pues, en un lema socialmente demoledor: la justicia se basa en el ejercicio de la fuerza. Para completar el cuadro, solemos ver a estos desequilibrados persignándose en la frente para hacer así ostentación de una marca comercial que les permite presentarse ante un público, arrobado quizá pero poco agradecido a su juicio, como un concesivo, más que generoso, aunque cada vez más ávido de dominio, dios creador.

miércoles, 24 de junio de 2026

Sobrevive el más fuerte ¿o el de más rango?

En una compañía puntera de primer nivel, el principio darwiniano se manifiesta de un modo bastante peculiar. Al mismo sujeto, campeonísimo capitán de empresa, quejoso porque a su alrededor todos sus subordinados se ausentan de la tarea —si pueden— declarándose en baja laboral por estrés, pues bien, a ese mismo es al que vemos acercarse al jefe de personal hecho una furia a cuenta de la última baja, la de su organizador y mano derecha, y en tono exigente y faltón, le oímos: «Esto es una vergüenza. A ver, Domínguez, ¿se puede saber qué coño le ha pasado a mi robot?». Ya podemos imaginar que el taciturno Domínguez será el siguiente y que, sin tripulación, en unos días el capitán se hundirá con su flamante y exhausta compañía.

martes, 23 de junio de 2026

Haspirar con h

Con el hamor siempre hay aspiraciones de más, al intentar añadirle umor aparecen las carencias.

Esto es lo que hay que saber

Se escoge un tema candente, de los que suscitan dudas y generan cierta ansiedad informativa,  y se añade esa coletilla con la intención de poner las cosas en claro, de llevarlas a su punto (no siempre sabemos de quién), de sentar autoridad informativa indiscutible. Igual es cosa mía, pero ¿no hay un amago de arrogancia en esa promesa de sabiduría? Al margen de la cantidad y calidad de la información, la idea que se transmite es que lo que ellos saben es todo lo que se necesita saber. Se supone que el saber es universal, pero lo que cada uno necesita saber depende de su interés particular. La pretensión, muy propia entre el periodismo, de que están formando autorizada opinión y desterrando la ignorancia tiene un aire paternalista insufrible. Sé bien que quien permanece informado amplia su formación y también que no basta con tener un título para ser un ciudadano instruido. Sin embargo, no creo, después de leer a algunos columnistas estelares, que su juicio informado esté francamente por encima del mío. A veces no me fío de sus informaciones y a veces puede que sobreestime mis intuiciones. Pero eso es lo que da de sí el amplio terreno de la opinión. Lo que sí puedo afirmar es que noto, y me resisto, cuando tratan de tirar de mí con recursos y explicaciones fáciles y cuando tensan esos hilos algorítmicos invisibles. Eso me hace estar en permanente estado de reserva y prevención antes de dar por sentado lo que me cuentan. Al final, vivir en ese estado es muy cansado y obliga a que de vez en cuando, como medida higiénica, deje de plantearme la necesidad de saber y opte justamente por la de no saber más. Ahora bien, si tras titular del reportaje leo esto es lo que no hay que saber o esto es lo que no quieren que sepas, un resorte se remueve en mi interior y me lanzo a continuar la lectura. Sí, lo sé, juegan con mis emociones.

lunes, 22 de junio de 2026

Entrar en trance

—¿Y qué haces cuando te descuidas, metes precipitadamente lo que tienes en dos líneas y te sale luego teñido de poesía empalagosa?
—Procuro agriar el tono y marcar distancias salpicando entre líneas con sal gorda y prosa tosca.
—No parece fácil. ¿Cómo se hace?
—Tampoco tiene mayor mayor dificultad. Sólo hay que salir a la calle y mantener la oreja bien abierta.
—Pero con eso no se escriben ensayos. Para eso hay que elevarse un poco y recurrir a las metáforas.
—No creas. Todo es cuestión de compensar esos altos vuelos con galopadas en recorrido rasante y soltando alguna que otra coz.
—¡Ah! O sea que a eso es a lo que vienen todas esas ordinarieces, esos chascarrillos y los insultos. Menudo método te has inventado para descargar esos trances líricos. La verdad, no sé si para ganar algo contundencia había necesidad de golpear la delicada plata con ese hierro peleón.
—No, ya sé. Puede que no sea la solución, pero tengo que hacerlo así. Después de mucho escribir, me he dado cuenta de que tengo un problema muy serio, una patología se podría decir. Quieras que no, soy víctima de una tendencia fatal: al cabo de unas líneas, se me hincha sin remedio la vena poética.
—No te preocupes por eso. He visto casos mucho más graves. Conozco el paño.
—Bueno, gracias. Saber al menos que no soy el único me deja un poco más tranquilo.
—Por favor, no seas tan modesto y digas ahora que no eres único. Te vengo siguiendo y eres el único que ejecuta a la perfección esta alternancia armónica en que las preguntas se entrelazan en apasionado abrazo con las respuestas haciendo que tu melodía me preste alas y consiga llevarme en vuelo libre hasta las estrellas.
—Ah, vale.

El beso de la muerte

Hay metáforas que hacen temer y temblar, y el beso de la muerte es una de ellas. Es difícil encontrar palabras que pongan tanta dulzura sobre un fondo de tragedia. A nadie se le escapa que sus reminiscencias simbólicas llegan a Eros y Tánatos, en quienes se advierte el impulso y el destino de la vida. La metáfora evoca la definitiva despedida sellando la boca, negándole el aliento y la palabra.  Por eso, más que cualquier otra, transmite esa despedida aires de drama, de injusticia, de impotencia. Una cosa es asimilar cambios paulatinos como mejoras y otra muy distinta es entrever la puerta de salida. Con su beso, la muerte saluda afable a su llegada animando a una gustosa zambullida en el recuerdo y consuela al moribundo despertando fugazmente la ilusión de que quienes atrás se quedan, además de vivir por él, lo hagan con ánimo impercedero y mayor fortuna.

El silencio

El silencio no tiene dueño, permanece indiferente entre los dos mientras ambos intentan disputárselo para ganar ventaja en la interpretación. Son los ojos los que ansiosos lo penetran con esa intención. A un lado, busca uno liberarse de la apremiante respuesta sin mediar palabra y rechaza el silencio como culpa del otro presintiendo en su desganada intervención algún mal augurio. Del otro lado está quien pretende retenerlo y evitar así que alguna palabra se le escape y esa reservada atmósfera que ambos aún comparten se disipe. A través de su cara el silencio se convierte en un testimonio de su creciente cansancio y de su temor a esa inquina insuperable de quien enfrente con su mirada le acusa. El silencio permanece en él a duras penas, sostenido como prueba de una dolorosa resignación por no saber qué oscuro presagio pudo encontrar su inesperado oponente en ese mudo vacío que los separa. Tanto tiempo de explicaciones y disculpas, de diálogo distendido y amigable, para que venga finalmente el silencio a instalarse y a alentar con la ausencia de palabras el fuego que ya ve brillar en sus ojos. Bastaría una sola palabra, conciliadora quizá, para apagarlo, para ahogar ese silencio malsano, aunque sólo fuera para dar paso con ella a un grito, a un lamento o a un susurro. Puede que eso resultara tan ininteligible como el llano silencio, cierto, pero nadie se atrevería a negar que esa palabra, cualquiera que fuera, sería capaz de romper ese maléfico mutismo si llega preñada de emoción.

domingo, 21 de junio de 2026

De las tablas a la imprenta

Dejo para los estudiosos debatir si gracias al efecto Gutenberg y el consiguiente aumento de obras de recreo alejadas del escenario se puede hablar de cierta trasposición del género teatral a la novela. A mí me parece bastante natural ver ese paso como una consecuencia en la evolución de la literatura. Así que, sin ánimo de polemizar, voy a dar ese traslado por cierto. Lo hago más que nada porque me interesa destacar cómo en la novela se mantienen un par de elementos teatrales de importancia, pero que pueden pasar, sin embargo, desapercibidos. El primero de ellos se ve considerablemente reducido en la novela, y a veces hasta desaparece, pero sigue considerándose un nervio eficaz a la hora de agilizar el relato. Hablo del diálogo, que en la escena es el elemento fundamental, sin el cual el paseo de los personajes por las tablas carecería de sentido. El segundo elemento heredado, menos obvio, sería el escenario. En muchas novelas la secuencia que componen los escenarios marca el ritmo de la obra y sirve para articular sus capítulos, algo que también sucede en el teatro. Evidentemente, se pueden exceptuar muchas novelas que por su trazo lírico o por la continuidad que se impone al relato no se corresponden con esa estructura. Fuera de esta revisión quedaría un tercer elemento, el más evidente, los personajes, porque a diferencia de los otros dos es un elemento que en ninguna novela puede pasar desapercibido. De hecho, son los que soportan el peso del discurso que la mantiene viva, pues por mucha fluidez y vivacidad con que se carguen los diálogos y por grande que sea el grado de detalle con que se describe la trastienda física que avala la acción, los diálogos y los escenarios no pueden competir con la verdad que transmiten los personajes. No obstante, desmerecería el relieve de ambos si dijera que simplemente acompañan o contribuyen, porque frecuentemente esos dos elementos determinan y confieren un carácter inequívoco a la historia. Con ver la importancia de los escenarios en la novela policíaca o en la histórica queda demostrado de qué hablo. Actualmente el problema está en que con la irrupción de las imágenes se prefiera tratar los escenarios de una manera visual antes que hacerlo descriptivamente. En el cine alguno de los géneros, la comedia por ejemplo, ha readaptado parte del legado de los diálogos teatrales. No parece que superen el pulso poético que uno encuentra en autores como Shakespeare o Molière, pero los hay muy directos de intención y de giros chispeantes. Lo que sin duda se ve más difícil de relegar es el juego de los personajes, que como actores o como narradores de relatos se presentan involucrados con una destreza, más o menos singular según cada caso, pero visible a ojos de cualquier agudo lector. 


sábado, 20 de junio de 2026

Encontrarle sentido

Cuando se analiza una expresión, es normal buscarle un sentido, más allá de una razón que la justifique, que además no siempre es sólida. Pero el sentido no se revela del todo en el cuadro fijo de la gramática, sino en el movimiento pragmático. Tratemos de expresar lo que vemos a a nuestro alrededor. El mundo se resiste a la lógica. Esto es así. Demasiado regular y demandante. Deberíamos aceptar su dinámica, porque no es un ente estable. No basta con hincar cuatro estacas en el suelo y ponerse a medir, ni con coger el cronómetro para calcular los pasos de las estrellas. Quedémonos en ese astro nuestro, el que más brilla. Si seguimos su movimiento veremos que descubre cada día nuevas facetas y que los cielos lo acompañan tiñéndose de color y proponiendo matices y demostraciones no pocas veces estremecedores. Al fondo adivinamos un sujeto que no brilla, que tan pronto se manifiesta como nos evita, que agita y dispone a su aire del escenario, en el que parece estar expresando malestar, alegría, locura, ansiedad, sensaciones que venidas de él resultan extrañas, fenómenos más bien, cuyo reflejo en nosotros nos lleva del pasmo al temor sin dejar de sembrarnos infinitas dudas. Ese sujeto, al que hay quien le ha construido una identidad por aquello de no renunciar a la lógica, no tiene nada de orgánico. Por mucho que proyectemos en él nuestros esquemas y números para acabar con nuestros temores, siempre se nos escapa. Lo decía y es muy cierto, el mundo se resiste a la lógica. Pero, aun así ¿seremos alguna vez capaces, viéndolo como lo vemos actuar a diario, de encontrarle algún sentido a su historia?

viernes, 19 de junio de 2026

Arte inverso

Es bien conocida la cita de Miguel Angel acerca de la belleza que se oculta tras la vulgaridad material y la oportunidad que tiene el escultor de liberarla. Dice así: «He visto un ángel en el mármol y lo he esculpido para liberarlo». Sin citarla expresamente, se nos habla de la belleza, pero entendida no como una creación en que se da forma a algo nuevo sino como una acción de rescate de una forma residente que sólo un genio tenaz y perspicaz puede llegar a lograr. Es ésta una idea de belleza ligada a la trascendencia y bastante alejada de quienes la consideran un producto eminentemente social, sometido a la mudanza de los tiempos y convenido por quienes se recrean en ella. Parece más atractivo seguir el rastro de la quintaesencia oculta y entrever una forma próxima a algún ideal. En lo sucesivo servirá a algunos de referencia al ver ese ideal como un hito plantado en el interior de la materia por alguien del más allá.
Estamos hablando de eliminar materia, ya sea con ánimo de pulir y llegar a lo fundamental o de extraer lo sobrante. Sin perder de vista la materia, me gustaría ahora presentar otra cita que, si no es del todo opuesta, señala otro punto de partida más centrado en lo existencial que en lo transcendental y, en todo caso, es previo a la fijación de cualquier tipo de belleza. Habla de otro tipo de búsqueda en la que no se pretende ir sacando sobras sino excavar hacia un objetivo, hacia un centro. Es lo que vemos en el siguiente aforismo de Kafka: «Si queremos cavar un túnel, empezaremos a excavar desde dos lados opuestos, y llegará un momento en que los dos equipos se encontrarán en el centro. Sin embargo, no siempre podemos confiar en que la distancia sea matemáticamente perfecta; a veces, los dos extremos se cruzan sin llegar a encontrarse jamás.» Parece obvio, excavar es una maniobra a ciegas que puede fracasar. El túnel lleva la metáfora de la belleza a la funcionalidad. Con otro tono más beligerante y pacifista, la metáfora del túnel era empleada por Kurt Tucholsky. El encuentro en el túnel de dos iniciativas extremas lo veía como un ejemplo de colaboración y una imagen de cómo actuando en pro del bien común se logra una obra visible y funcional. La metáfora reaparece también en un poema de Bertold Brecht. Posteriormente el propio Brecht insiste en ella en una nota escrita en 1926 y recogida en sus Notas autobiográficas del período 1920-1954. Lo que más sorprende es el giro que le da. El tema ya no será el encuentro ni la colaboración, apunta más bien a un elemento fundamental pero inesperado. La montaña resulta ser una construcción necesaria para dar sentido al túnel y llevar a cabo la excavación. Esa idea de construir me recuerda en cierto modo al afán de acumular para alcanzar una masa crítica. La travesía final de la luz, al igual que el estallido de la chispa, requiere el florecimiento de un medio material capaz de albergar túneles. El texto lo deja claro: «Si queremos excavar un túnel, antes tendremos que construir la montaña. Construir la montaña es lo difícil, y excavar el túnel es lo genial.» De donde se deduce que no puede haber genio si no hay un medio, quizá una generación de escritores, que le sirva de sostén y acicate. Teniendo en cuenta la peripecia personal de la que Brecht habla en sus Notas autobiográficas, es probable que ése fuera el sentido que quería darle.
De todos modos, dándole vueltas a lo de la montaña y a la metáfora de la excavación, me ha venido  a la cabeza otra idea nacida de la inversión del interior y el exterior. Puede que esta vez no haya una montaña que construir ni un centro que encontrar. Lo que habría que encontrar es la montaña más adecuada. ¿Para qué? Pues para crear en ella un simbólico vacío interior, para desmaterializarla. Este nuevo enfoque invierte el de Brecht y lo acerca más a la dirección existencial que subyace en la cita de Kafka. No voy a ofrecer una nueva cita. Para ilustrar el caso me bastará con recordar la montaña canaria de Tindaya. Chillida, el escultor vasco, proyectó excavar y extraer el contenido de su interior hasta obtener un cubo de 50 metros de lado. Lejos de intentar encontrar algo significativo, como un tesoro, una tumba o un centro, lo que pretendía ofrecer al mundo era una obra que reflejara la idea de profundidad, de tal modo que la montaña permanecería como custodio de ese espacio ideal que, de algún modo, viene a ser último además de invisible. No sería aquí el mármol excluido el que permitiría recuperar una forma perfecta y un canon de belleza, sería el aire el que recibiría del encuadre tallado un significado que rompería con la materia y resguardaría en ese lugar la pureza aérea. 

miércoles, 17 de junio de 2026

Lo que nunca se ha contado

Para ser creíble, lo que nunca se ha contado debe guardar relación con lo mil veces contado y presentar, por pequeño que sea, algún rasgo diferencial. Porque sin un relato anterior o, más exactamente, sin un modo de relatar que suene familiar no puede el recuento resultar creíble. La novedad es, pues, un factor de importancia relativa. Si no aparece encuadrada dentro de márgenes conocidos, al lector apenas le interesa. Tomemos como ejemplo una noticia de prensa sobre un asesinato. Está claro que es algo que nunca se ha podido contar antes. Lo que hace creíble e interesante el relato es la descripción del entorno y el hecho incontestable de que los asesinatos se pueden dar en tales circunstancias, contando además con que eso es lo que ha sucedido mil veces. Lo que nunca se ha contado es simplemente un reclamo comercial, del mismo tipo que su opuesto una historia basada en hechos reales. Así que bien podría asegurarse que nada es realmente nuevo y estoy por decir que, por el hecho de ser contado, lo que leemos podrá ser imaginado, pero deja de ser real.

martes, 16 de junio de 2026

Preguntas de interés

Todos los años consulto con interés los temas propuestos en la prueba de filosofía del BAC francés. Este año me ha llamado particularmente la atención una de las dos opciones de la modalidad general. La disertación escrita partiría de una cuestión aparentemente simple pero jugosa de veras. Dice así:
¿Puede uno ser feliz cuando los demás no lo son?
En el BAC técnico, una de las preguntas no le va a la zaga a la anterior.
¿Debatir es buscar la verdad?
Seguro que el tenor de las respuestas puede dar buena medida del modo de pensar, o no pensar, de los jóvenes franceses. No me importaría tener delante unas cuantas disertaciones juveniles de éstas para ver el estilo filosófico que gastan y cómo ejercen ellos la filosofía en su versión quizá más natural. Esta prueba pone, además, en evidencia la poca inventiva de los exámenes propuestos por aquí en la EBAU. La afición a dejar encuadrados ciertos filósofos en el programa (Aristóteles, Galileo, Comte, etc.) hace que los resúmenes queden listos para su volcado el día de autos, por más que sólo toquen tangencialmente la filosofía y nada tengan que ver con el modo de pensar de quienes se examinan.


Nuestro mundo

El saber ya no atiende a razones. La ignorancia viste de gala. El entendimiento es asunto genital. La emoción no sirve si no excita. La euforia necesita ser agresiva. Los riesgos, mejor ajenos, siempre interesan. La realidad se pone en juego. La estimación agranda la confusión. El poder gana todas las apuestas. La locura se presenta como ganancia. El diagnóstico se celebra a lo grande. 

lunes, 15 de junio de 2026

Así sea

Mañana puede ser que sea, o que no sea, o que sea lo que no puede ser.

No puede haber rastro

Sin gran desazón, sin suscitar resistencia, sin mayor pena, me voy despidiendo de cosas que un día fueron muy mías, tanto que podría decirse que en cierto modo me absorbían. De lo que no hay duda es de que copaban mi atención e interés, aunque sean hoy meros recuerdos que de nada ni a nadie pueden servir. Me estoy refiriendo a papeles extraviados en carpetas, a borradores de escritos casi ilegibles, a herramienta informática obsoleta y a otros restos similares. Probablemente esto empiece a formar parte de un programa tácito destinado a depurar las ideas sobrantes para regresar así a materia más fundamental. No estoy seguro de dónde acabará el camino ahora emprendido. El apego fiel a ciertas cosas sigue existiendo y todavía no consigo verlas como si fueran una especie de reliquias molestas, como artículos residuales, como menaje mental viejo, como producciones trasnochadas, después de haber sido el origen y servido de apoyo a tanto trabajo y tan ardua reflexión.

domingo, 14 de junio de 2026

Un gran proyecto

A qué más se puede aspirar que a salir en los medios, ya sea en paneles, papeles o pantallas. Dirán los envidiosos que tu pose es demasiado atrevida, que tu sonrisa parece ensayada y que tu mirada de tan soñadora vaga sin reparar en quienes te observan desde el otro lado. Si se te cita, poco debería importarte no figurar en titulares, ni que aparezcas hundido en un cuadratín al final de una página anodina. Tampoco debe preocuparte que tu nombre contenga un error persistente, que complica poder afirmar tu presencia, o que venga en letra pequeña al final de una interminable lista de participantes mucho menos importantes que tú. Desde luego que tampoco es culpa tuya que en el video del mitín se te vea algo mustio y bostezando en la última fila del público asistente, agitando el banderín de papel que te dieron en la entrada. Así y todo, eres tú, ahí estás y nadie te va a negar ese glorioso instante, un instante que para ti es ya prácticamente imperecedero. Fue y será tu día, aquél en que surgiste de la nada a la vista de todos como primer protagonista de un espectáculo único: tu imagen ocupando un espacio soberano, algo condensado y quizá menor de lo que mereces. Pero has sabido aprovechar tu ocasión. Durante ese instante tan pródigo, la maravillosa aventura del humano fue cosa enteramente tuya. Así que ya lo sabes, proyecto vital cumplido. No dudes de que queda constancia y la historia te recordará.

Que nadie se apropie de mi realidad

La realidad visible es hoy un fruto virtual y aparentemente gratuito, sostenido por quienes la respaldan con intención de dirigir la mirada de la gente en provecho de sus intereses. Gracias al enjambre publicitario proporcionado por sus redes, llegan  con facilidad a cautivar al observador y consiguen alinear afanes y deseos en la dirección de su elección. Es triste ver a generaciones enteras viviendo como si flotaran sobre una realidad que, por agradecida y muelle, no reconocen como falsa. Sólo al tropezar caen en la cuenta de lo dura que es esa realidad en que se ven obligados a vivir y que apenas de dejaba entrever a través de las redes. En medio del drama, para completar un panorama desolador, sólo falta el gran histriónico proponiendo a estas legiones, ganadas por un agobio cada vez más pronunciado, viajes a la Luna, a Marte y al más allá, como si aquí estuvieran de sobra, y al otro visionario atizando con el fantasma del Anticristo y haciendo ver que los pecadores y los inútiles son parte de sus huestes y por ello nada dignos de compasión. Si queremos consolarnos, deberíamos pensar que como cualquier otro fruto histórico éste de la realidad ficticia pende de un pedúnculo, que es frágil, y que el tiempo lo hará caer entre los lamentos estentóreos de los profetas mediáticos que han estado altavoces y pantallas. Seguir observando ficciones manipuladas no ayuda, debemos de zarandear el árbol y dirigir nuestra vista a la diversidad de frutos donde encontraremos la auténtica realidad, la que nos corresponde a cada uno.

sábado, 13 de junio de 2026

Sobre la solidez de los juicios

La solidez material es cuestión de escala. Cuando se desciende en ella, todo acaba siendo poroso. Y lo mismo vale para las justificaciones. Cuando se entra en detalles insustanciales, el juicio entero se vuelve borroso.

¿Llega a ser abrasiva la razón?

No es una conclusión, pero sí que podemos constatar que la razón ha tenido y tiene un peso aplastante sobre la deriva mundana, no sólo sobre la humana. Hablar de deriva, en vez de glorificar la historia con tintes de epopeya, ya quiere decir algo. Me parece que afirmaciones como la anterior sobre la razón tienen un carácter más que nada defensivo. Cuando hablamos de su impulso emancipador, miramos de reojo a los demás animales con temor a ver reflejado lo que acecha más allá de la razón. En este sentido podría decirse que afirmar es defenderse, un modo de aguantar la posición predominante. Siguiendo ese hilo, argumentar sería una forma de explorar y ampliar, bajo nuestro dominio, nuestra propia seguridad. Pero esa exploración está teniendo hoy consecuencias inesperadas. Si volvemos a leer la afirmación inicial y miramos a la actualidad, quizá entendamos que sobrepasa lo defensivo y muestra un trasfondo terminal. Haciendo balance de lo que vemos, se nos hace cada vez más visible que la dinámica razonadora, carente de cualquier reclamo a emociones tales como la compasión, conduce peligrosamente a una temible sinrazón. Basta advertir el constante manoseo que la razón ha ido sufriendo últimamente. Eso ha tenido como efecto atraer a unas pocas manos y acentuar en beneficio de ellas una terrible capacidad para dominar mediante el control de las endebles razones personales, lo que da lugar a un poder y una hegemonía absolutos. Y toda esta actuación se celebra además, por desgracia, en nombre de la inteligencia como vanguardia de la razón.

viernes, 12 de junio de 2026

Liquidando la herencia

A veces las sensaciones tormentosas se imponen a la euforia general y uno percibe su paso por el mundo con cierto desencanto. Lo que ha recibido y lo que deja no presenta un saldo tan positivo como quisiera. El legado, que suele venir envuelto en grandes palabras, hace tiempo que llega envenenado y se traduce en el desarrollo de costosas aventuras de escaso beneficio. Puede que la curva del progreso haya alcanzado su ápice, un ápice que empieza a no ser visto por la mayoría. Por mi parte, me gusta más mirar hacia abajo, a tierra firme, y lo que veo es que heredamos un parque repleto de monumentos naturales que nunca hemos sabido apreciar y que, a base de proyectar ilusiones urbanas en dimensiones y con figuraciones extraordinarias, lo hemos convertido todo en un alarde de geometría ramplona.

Qué dice el aforismo

A bote pronto un aforismo puede producir cierta perplejidad y a continuación unas ganas locas de replicar a lo redicho con aire sentencioso, recitado con tonito grave y cargado de falsa profundidad. Me reconozco autor de fórmulas solemnes y maneras poco acertadas de dictar razones para asaltar la realidad, sobre todo cuando noto que se me escapa, que no la entiendo. Siempre confío en que haya alguien en este mundo, un triste lector, que cargue con la terrible ingenuidad de verla de mi mismo modo. Pero entiendo que desde el momento en que solicito ayuda a mi imaginación, no pocas veces alambicada y con demasiada frecuencia lúgubre, voy dejando tirados por el camino a los bienintencionados que se aventuran a seguirme. Quizás tenga que estar de acuerdo con Wallace Stevens, cuando  señala que: La imaginación consume y agota algún elemento de la realidad. Aunque, a decir verdad, eso es algo que me sigue costando creer, porque no sé bien qué elemento consume, ni de quién es la realidad que se ve perjudicada, ni en qué modo la va consumiendo. Si la realidad de la que ahí se habla es algo propio, es posible que la imaginación, la mía por ejemplo, crea estar atacando un elemento fundamental porque me pongo con ella a subvertir mi pesada lógica, a recrearme como un personaje indefinido y a montarle un escenario espaciotemporal disparatado. Desde luego, si por un casual mi imaginación me cuela en un personaje inepto y sentimental, puedo ser capaz de arañar mi realidad hasta dejarla en mondo esqueleto. Desde ahí, si, en un arrebato, decido además romper con mi sólida lógica, saldrá mi realidad hecha astillas, más que dulcemente consumida como pretende el aforismo. Para consumirla lentamente tendríamos que hablar de una realidad compartida. De esa forma serán las odiosas invenciones de otro, convertido en oponente, las que ridiculicen, atenten o incluso dinamiten la confusa estabilidad de la realidad que teníamos en común. Para salir de esa situación sólo cabe la esperanza. El aforismo de Stevens da a entender que la hay, porque no dice que se agote toda la realidad, sino solamente algún elemento. No da, por tanto, crédito ni mecha a la dinamita. Es tan solo una parte de la realidad la que quedaría dañada o reformada al lanzarnos a imaginar, ya solos o en compañía. Es como si una parte de nosotros decidiera cambiar de rumbo, quién sabe si para trascender a otro mundo, mientras nuestros pies, fijos en el suelo, se consumen de pena al verla partir. Lo peor es que para cuando llegue la hora del retorno, porque la imaginación, aunque vuele, lo hará por tiempo limitado, puede que los pies ya no estén allí.


jueves, 11 de junio de 2026

El insólito despegue de las proporciones

Se suele pensar en Galileo como el primer filósofo natural en cuyas obras se aprecian los beneficios que la geometría aporta al estudio de la mecánica. Esa incursión suya en la astronomía primero, y en la física después, utilizando los métodos algebraicos sentaría las bases para una alianza que resultó decisiva para el progreso de la ciencia. De todos modos el primer contacto entre ambas disciplinas, geometría y física, se dio para mi sorpresa mucho antes. Leyendo el Timeo veo cómo Platón muestra una curiosa alianza entre el pitagorismo y el materialismo jónico a la que sitúa en el origen de su cosmología. Después de introducir la proporción simple y señalar el valor convenido para el término medio entre los dos extremos, Timeo vincula en su expossición a éstos con dos elementos materiales que considera primordiales para la constitución del cosmos, a saber, el fuego y la tierra. Tras poner en cuestión la existencia en este caso de una proporción simple ya que tendría un único término medio, apunta a la necesidad de que los medios de la proporción sean dos. Estos cuatro términos pasarían entonces a formar parte de una proporción geométrica continua igualando no dos sino tres razones. Esto se traduce en que para los términos a, b, c, y d tendríamos a:b = b:c = c:d. Siguiendo la forma de esta relación proporcional, sorprende leer en el texto platónico que «el dios colocó agua y aire en el medio del fuego y la tierra», de tal modo que «la relación que tenía el fuego con el aire, la tenía el aire con el agua y la que tenía el aire con el agua, la tenía el agua con la tierra». Al parecer esta relación, en que fuego, aire, agua y tierra se corresponden con los términos a, b, c y d anteriores, es la que le sirviría para conjuntar los cuatro elementos ya señalados por Empédocles y aducir que con la proporciones así fijadas entre ellos queda compuesto «el universo visible y tangible».

Bosques furiosos

Nos ha llegado noticia de bosques que guardaban entre la hojarasca, como un tesoro, la honda huella del primer hombre que los visitó. Solían sus habitantes acudir cada noche a celebrar su venida y marchaban en silenciosa procesión por el mismo sendero que lo trajo. Igualmente se había hecho costumbre recoger con sumo cuidado los escasos indicios de su presencia. Se fue creando además un vago relato sobre su aparición providencial, pero nadie, ni siquiera los mayores, estaban seguros de entender para qué vino. Aparte de lo que se iba en ese relato, el solo hecho de constatar que no vivían solos les asustaba a todos un poco. Si encima era verdad, como algunos decían, que el humano era un animal capaz de derribar cualquier árbol con un solo zarpazo, no podía sino impresionarles. En su mente, la borrosa leyenda sobre el hombre iba alimentando, a medida que recorrían el sendero, tanta admiración como temor. Siempre se detenían donde el follaje da paso a la claridad y vigilaban, muy especialmente si era de día, la entrada y la salida de aquella primer travesía humana. Seguía aún muy viva la memoria transmitida por quienes llegaron a verlo andar con aire despreocupado respondiendo con silbidos a los pájaros y recogiendo en una cesta toda clase de setas. Parecía una inocente diversión, pero nunca fue del gusto de los puristas, por considerar que aquello iba contra el proceso de corrupción y regeneración natural del bosque. Nada pudo, sin embargo, esa desaprobación ante el recuerdo todavía presente del paso elegante y ceremonial del humano, alzado sobre sus dos largas patas, algo que le concedía a ojos de los testigos una distinción innegable. La mención a ese aura majestuosa de la que hacía gala aumentaba las ansias de conocerlo por parte de la mayoría. Sólo en algunos había resistencia, recelo, incluso miedo, a que su regreso ya no fuera como paseante observador de pájaros sino como un agente depredador. Aun así, se podía asegurar que, desde que los sátiros y los centauros desaparecieron, nadie había infundido en el bosque tanto respeto y tanta expectación. Todas las especies intercambiaban mensajes de esperanza y aventuraban que el humano no tardaría en llegar de nuevo. Los animales más merodeadores confiaban que del sendero pudiera nacer un verdadero camino, una vía de comunicación que les permitiera ampliar su radio de acción, mientras los demás se conformaban con que esa vía sirviera para ver aparecer nuevos habitantes. Al menos eso rompería la monotonía que se respiraba en su pequeño mundo.  Cuando se produjo por fin la ansiada venida, todo cambió. Quizá no fuera el mismo humano, seguramente fue otro más joven el que un día descubrió en la linde del bosque, entre los árboles, una de las aberturas empleadas por su predecesor y se decididó a explorarlo. No venía andando, sino a bordo de una ruidosa máquina cuyas patas se deslizaban a tremenda velocidad, en medio de un terrible estruendo, dejando una estela de humo atosigante detrás. Aquello no gustó a ninguno. No en vano habían tenido que huir del fuego repetidas veces. A medida que avanzaba, su insolencia iba siendo observada cada vez con más desagrado por quienes seguían su travesía desde sus escondites. No era eso lo que esperaban de un visitante y no encajaba en absoluto con la atmósfera ceremonial y relevante que imaginaban envolvería al recién llegado. Las ramas caían rotas una tras otra y la hojarasca revoloteaba a su paso, sin que el humano llegara a inmutarse. Algunos animales tuvieron que apartarse precipitadamente para no verse arrollados. Felizmente, en el tramo más espeso, el sendero se perdía y le esperaba al engreído explorador un tremendo zarzal. La acometida fue ciega y el humano salió despedido para quedar a continuación atrapado en medio. A base de mucho esfuerzo, con la ropa hecha jirones y la pérdida de una bota, consiguió salir. No así la máquina, que quedó prácticamente incrustada en el zarzal. No quería abandonarla a su suerte, pero recuperarla le resultó imposible. Con aire algo humillado y medio descalzo, asumiendo definitivamente la pérdida, trató de rodear el zarzal hasta que por fin encontró el sendero. Los habitantes lo vieron salir con alivio por el extremo contrario al que había venido. Al desaparecer de su vista, todos se acercaron para ver qué había sucedido y lo que había quedado en el zarzal. Una cabra curiosa se internó y consiguió rescatar la bota y, con aprobación general, la llevó prendida en su cuerno hasta las afueras. Allí la arrojó tan lejos como pudo, como un desperdicio que no merecía ser acogido por el bosque. De la anterior esperanza se pasó a la decepción general y de ahí surgió una furia tremenda contra el intruso que, sin ningún miramiento, había conseguido romper la paz y la armonía reinantes. Tras la encontronazo, la máquina quedó hecha prisionera por el zarzal y se convirtió en símbolo menguante del aguerrido y torpe paso del explorador humano por el bosque. El tiempo se encargó de reducirla y el propio bosque consiguió someterla a su ciclo de corrupción. Durante algún tiempo, los habitantes aún se acercaban cautelosos para comprobar si avanzaba su aniquilación. Les preocupaba que el ciclo se completara con una indeseable regeneración. La invasión de toda clase hierbas y arbustos, venidos en auxilio del zarzal, tranquilizó a los vigilantes que acabaron por convencerse de que no volverían a ver más máquinas. El suceso cambió la imagen admirable de la que había gozado el humano. El culto a aquella primera huella humana, que tanto había subyugado a los habitantes del bosque, decayó, las procesiones se acabaron y al cabo de un tiempo el sendero también se difuminó. Pasada la furia, todos los habitantes, aún resentidos, decidieron que no valía la pena hacerse ilusiones ni esperar nada de los humanos en lo sucesivo.

miércoles, 10 de junio de 2026

Ante el teclado

¿Qué es lo que debe uno hacer ante el teclado? La respuesta más obvia es escribir. ¿Y entonces qué se supone que debería uno escribir? La respuesta más simple es lo primero que se le ocurra. ¿Y qué es lo primero que se le suele ocurrir? Ahí la respuesta ya es más variada y depende de lo que le haya llevado al teclado. Unos parecen golpear letra a letra a quien desean criticar o directamente humillar; otros, buscan palabra a palabra la mejor y más clara expresión de sus ideas; y por último están los que se adentran paso a paso en lo desconocido a través de las teclas.

Saber o no saber

Lo más difícil es saber cuándo ha llegado el momento en que uno ya no quiere saber nada más. Emprender el camino de la ignorancia parece una renuncia dolorosa, pero confía uno en que, tras ese momento crítico, cambiará el signo de la marcha y no dudará en aceptar como una liberación el vivir como un idiota.

martes, 9 de junio de 2026

A verlas venir

 A verlas venir es una expresión difícil de interpretar. Hay que mirar a la cara a quien la usa para hacerse una idea de lo que está queriendo decir. Generalmente es un pronunciamiento previsor y ambiguo. Quien lo dice permanece expectante, en una actitud pasiva. Viene a ser como estar a lo que suceda, a lo que venga. Sin embargo, el mismo texto podría cambiar su significado y virar a una actitud de resistencia a lo que llega. En los tiempos que corren, verlas venir es ante todo un augurio que parece avisarnos de un acontecimiento imparable, de un cambio cuyos primeros signos sólo han empezado a aparecer. Estoy a verlas venir podría también significar preparado para lo que venga. Es este significado el que me interesa ahora que lo que puede suceder es que se nos venga encima una marejada, un no parar de olas de odio, animadas por el fanatismo y la intransigencia. Esa mugre moral es lo que se intuye y son esas olas las aludidas con el pronombre las en mi reacción al verlas venir. De todos modos, no conviene alentar el derrotismo. Que se nos echen encima depende en buena medida de nosotros. No es cuestión de escapar ni de recluirse. Si no hay tierra firme de acogida, habrá que navegar y aguantar en medio de esa marejada. 

lunes, 8 de junio de 2026

El fantástico refugio de los recuerdos

Los hábitos académicos imponen sin declararlo cierta regularidad intelectual. La navaja de Ockham, que elimina las divagaciones peregrinas e inútiles, sería el ejemplo más conocido. Está también aquello que citaba Hermann Weyl de que en el estudio de la naturaleza conviene tener en cuenta que ésta elige siempre el camino más sencillo y las formas más bellas, en otras palabras, tiende a alejarse de la excepcionalidad. Un golpe bajo, pues, para la belleza sofisticada. Siguiendo ese patrón de regularidad, tendríamos como opuesta frente a la realidad la irrealidad, que inicialmente aparecería como imagen simétrica al fondo de un hipotético espejo. Pero, en realidad, la irrealidad suele ser un ámbito que excede la mera imagen, por muy compleja y bien dibujada que resulte. De entrada, la realidad nos lleva más que nada el presente y en el espacio a lo que los sentidos nos ofrecen. Pero entonces ¿con la irrealidad a dónde vamos a parar? El tiempo presente ahí dice poco, porque ¿hay algo en el presente de irreal? Parece que no, así que tendremos que extendernos por la línea temporal en cualquiera de las dos direcciones, es decir, hacia el pasado o hacia el futuro. Sobre la irrealidad de este segundo no hay muchas dudas, a pesar de que un observador agudo pueda precisar detalles que apuntan a lo venidero. Lo que se detalla pretende ser parte de una realidad próxima, de una prerrealidad por tanto, que sólo ciertas personas son capaces de discernir y que la actualidad suele desestimar. Discernir ha sido tradicionalemente oficio de augures y profetas, gente que avanza por la línea del tiempo con asombrosa facilidad. Ese es el motivo por el que la realidad que ellos perciben dista bastante de lo que nosotros, la gente vulgar, tenemos por tal. Pero esa visión aumentada tiene sus problemas, porque en ella pierden pie respecto a lo actual. Nosotros, para defender lo real, respondemos a sus premoniciones no sólo rechazándolas, sino arrinconándolos. Los ridiculizamos y acusamos, en definitiva, de expresarse sobre facetas del mundo que no somos capaces de distinguir. La tendencia a tildarlos de fantasiosos demuestra lo poco que entendemos sobre sus cualidades. Ellos se sienten enviados para una misión nada caprichosa, en un anuncio de la realidad próxima. Lo suyo poco tiene que ver con la fantasía, que forma parte de otro negociado, por así decir. A diferencia de estas realidades en curso, nadie discute que la fantasía es parte de la irrealidad. Es parte sustancial de nuestro pensar, pues nos solemos acoger a ella para sobrellevar lo que más nos abruma de la realidad. El fantasioso, en particular el habitual creador de ficciones, no deja de ser un escapista para quien la realidad, con su atroz gravedad, resulta agotadora. Salir a un terreno que invierte los términos y ofrece multitud de puntos de fuga es siempre un alivio eficaz. Para fugarse basta con subirse a un vehículo adecuado, que bien puede ser un lienzo, un piano o una simple hoja en blanco. A partir de ahí la mente empieza su trabajo y la fantasía creativa va tomando cuerpo. La pregunta ahora obvia es ¿de dónde extrae la fantasía el material con el que se ponen en pie sus inventos? Evidentemente hay elementos de la realidad que se transmutan, que cruzan la frontera entre la realidad y la irrealidad. Gracias a ellos la fantasía juega al equívoco y adquiere a ojos de quien se interna en ella (contemplando, escuchando o leyendo) tal verosimilitud que puede ser asumida como otra clase de realidad, muchas veces paralela. En otras ocasiones esa realidad inventada es oblicua e incidente con la realidad verdadera. En su empeño por enfrentarnos con sus fantasías a lo auténtico, existen fantasiosos que fuerzan y exacerban la realidad de tal modo que apura nuestras emociones y distraen nuestra percepción. En estos casos el programa del realismo quiere ser la raíz y la última razón de lo que vemos, pero, debido a su carácter ficticio, se queda finalmente en la superficie emotiva y a lo sumo escenifica lo más rugoso de la geografía cotidiana. No todos eligen esa vía, probablemente son más los que escapan de ese cuadro hiperrealista y buscan algo más ligero en otras latitudes mentales. Lo más común es recurrir a los recuerdos que es material maleable y útil a la hora de levantar fantasías. Otra cosa es que resulte sólido o, por mejor decir, aceptable. Entre los recuerdos y la fantasía hay cierta ósmosis, y en ese intercambio se viene a dar forma y vida a irrealidades que incluso prometen una verdad casi tangible. Quienes miran todo esto desde el lado real analizan con recelo esas memorias e intentan establecer, por encima de su retórica, su grado veritativo. Como este grado no suele cumplir con sus exigencias, renuncian habitualmente a entenderlas y acaban tachándolas de extravagancias. Algunos críticos señalarán que las obras resultantes son propias de quien se ha dejado ir por atajos mentales, mientras en el futuro otros más feroces asociarán a sus autores con alguna patología personal, quizá con el síndrome de la ilusión material. En este contexto, el ejercicio más arriesgado es escribir una autobiografía. Hay que ver ese intento como una práctica en la que, se diga lo que se diga, se actúa básicamente en los terrenos de la irrealidad. Combinando los recuerdos mal sostenidos con fantasías que puedan servirles de sostén, se crea una figura personal más amable de la que la mayoría reconoce en la realidad. Para algunos el pasado surge como un campo aprovechable, fértil si regado por un venero donde mezclan sus aguas milagrosamente la realidad y la irrealidad. Lo digo porque es un auténtico milagro que ahí los opuestos se concilien, aunque un milagro relativo, pues hablamos de un género que, si no es bufo y mínimamente irónico, está destinado a que ciertas mentes atormentadas por su pasado busquen refugio en la palabra para así trasladar al futuro una imagen irreal sacándola del persistente limo que ha ido cubriendo su pretérita y penosa realidad.

domingo, 7 de junio de 2026

El arte de confundir

No me refiero con ese título al arte de confundirse, tan extendido que no puede considerarse propiamente un arte sino una tara curiosa que adquiere singularidad estrambótica según la condición y personalidad de cada cual. A lo que me refiero es al modo, a veces sofisticado, en que ciertas personas consiguen sembrar la confusión. El alcance de esa tarea es variado, depende del relieve que goza el artista. Obviamente, cuanto más admirado sea mayor será su capacidad para confundir. En este punto habría que deslindar lo que llamamos influencia de lo que es pura confusión. Influir no es confundir. El ánimo del influyente está guiado por el beneficio, en términos de fama o incluso crematístico, pero en el del confundente (podríamos llamarlo así) no siempre hay una conciencia previa de su papel. A veces la confusión es ajena a su intención: se confunde él y confunde a los demás. Esta posibilidad sólo puede darse en quien tiene cierta visibilidad, relevancia o fama. Son entornos que crean cierta autoridad, inspiran crédito y consecuentemente avalan falsas verdades. El confundido es en definitiva creyente de una fe a la que sido atraído por la esplendorosa personalidad del confundente. Aquí la verdad, empezando por la verdad lógica, juega un papel menor. Parece que no merece la pena contrastar algo que ha sido recibido como un descubrimiento verdadero, aunque sólo sea puro deslumbramiento ante el aura que rodea al confundente. Mucho menos si ese descubrimiento encuentra en el confundido una cálida recepción, abonada probablemente por una sensibilidad ya cautiva a esas alturas. He dicho cautiva, y tampoco yo quisiera ahora causar otra clase de confusión: pienso que el arte de cautivar es mucho más profundo que el de confundir. Sucede, sin embargo, que con frecuencia ambos se solapan y maniobran de forma similar. La diferencia crucial es el grado de intencionalidad, mucho más acusado en el cautivador que en el confundente. Éste último apenas juega, por ejemplo, en el terreno del amor. En el amor la confusión puede ser trágica o cómica, pero carece de recorrido general, se observa como un espectáculo. A diferencia de la seducción y la eventual cautividad, la confusión proporciona una convicción y es de carácter más público que privado, por eso se extiende con tanta facilidad. Es bastante normal que el confundido actúe como eslabón de una larga cadena y que pase a ser el confundente de su siguiente interlocutor. A través de esa cadena, la difusión de la confusión puede ser sumamente rápida. Todos hemos visto a qué velocidad se propagan los infundios y los equívocos. Podríamos entonces preguntarnos por qué no surge la verdad como factor previsor y como disruptor efectivo de cara a detener esa propagación. La única explicación que veo es que en esa cadena de gente confundida lo que se van enlazando, una tras otra, son las confianzas mutuas. En el fondo esa confianza compartida apela a una fe común en la autoridad que mantiene la cadena y, siguiendo esa vía, apela también a una lealtad ciega que sólo atiende a una verdad tan falsa como inapelable. El confundente, por su parte, tiene prácticamente bula para hacer creer al confundido cualquier cosa, a sabiendas de que es improbable que éste se rebele o, más propiamente, que advierta la confusión. En este ambiente enmarañado, en el que sólo se oye el ruido transmisor de la cadena, la confusión puede progresar sin dificultad. Eso hace que en la práctica estas confusiones acaben siendo un supuesto básico social de difícil cuestionamiento. Ante esto, el señalamiento de la incongruencia, del ruido provocado por la falta de lubricante lógico podríamos decir, que la confusión ha introducido en la mentalidad de los encadenados es visto por ellos como un escándalo. El episodio finaliza casi siempre acusando a quien se ha desenganchado y ha roto sin escrúpulo el régimen de férrea hermandad que reinaba entre los eslabones. No le salvará alegar en su defensa que lo ha hecho en honor a la verdad. La cómoda fluidez con que la confusión iba generando nuevas y más disparatadas confusiones, que se transmitían puntualmente a través de la cadena, se ha visto entorpecida. Esto exige, por tanto, separar y arrojar por endeble al denunciante. Estoy seguro de que costará bastante regenerar después el ambiente de confianza, porque se le ha visto la cara a los efectos de la confusión. Admitir la verdad es un ejercicio personal al que no están acostumbrados los confundidos y eso es algo que, a su vez, les confunde y les obliga a preguntarse cuál es su propio criterio. Esta vez la confusión que les afecta no proviene de fuera, no viene por la cadena, nace de cada uno de ellos, se presenta en ellos mismos. La desconfianza en uno mismo, que al final se reproduce en todos, hace que, tras reconocerse como cofrades, todos recurran casi siempre a la misma solución. A los confundidos les basta con mirar al extremo inicial de la cadena y sentirlo fijo, inamovible. Son parte de ella, han visto así afianzada su solidez y eso vuelve a potenciar su menoscabada capacidad de confusión.

Próximos capítulos:
2. La ceremonia de la confusión
3. La manía de confundir
4. El tratamiento de la confusión
5. Cómo sobrevivir al caos

sábado, 6 de junio de 2026

Con la pluma

Si el escrito te sale de corrido, sea basto o fino, puedes llegar a hacer carrera como periodista; si lo corriges hasta la extenuación, salga malo o bueno, te quedarás en pulcro escritor; si aprovechas lo último en técnica, tanto da si virtuosa o viciosa, podrás codearte con las plumas más famosas.

jueves, 4 de junio de 2026

El ayudante

No me reservé nada, le dije de todo, lo cubrí de improperios. En cualquier otro caso seguro que habría acabado enfrentándome a una cara de desconcierto o de rabia, algo que aquí por fortuna no podía ser. Ya podía seguir lanzándole insultos hasta agotarme que no vería nada semejante. En medio de tanta exasperación, probé a serenarme. «¿Por qué lo hiciste?», pregunté intentando obtener alguna razón, aun a sabiendas de que sería falsa. Lo que más me fstidiaba era su silencio. No podía soportarlo, sentía impotencia porque no salía de él ninguna respuesta, ni siquiera una excusa. Lo que aún estaba sobre la mesa era el fajo de folios que con creciente enojo había acabado hace poco de leer. La sorpresa inicial me había durado poco y de ahí había pasado a adueñarse de mí la ira. Fue entonces cuando me dirigí hacia él y sin poder ocultar mi furibunda indignación vinieron los insultos. Fui muy ingenuo al pensar que podría finalmente confesar su delito. Llegué incluso a dudar de mí, de mi buen oficio, pero aquello, desde luego, no era lo que yo había escrito. Eran muchas las horas de trabajo que había detrás de esos papeles como para no reconocer que contenían cambios. Confiado y lleno de ansia, había esperado un par de minutos para ver salir por la impresora el fruto de mis meses de esfuerzo y mis noches de desvelo. Él había permanecido, mientras tanto, apoyado en la mesa y callado, augurando lo que se le vendría encima. Nuestro método de trabajo, por llamarlo de algún modo, era un poco singular. Rara vez recurría a consultarle, por más que estuviera siempre ahí presente. Cuando paraba porque me flojeaban las ideas, solíamos entablar una especie de conversación amistosa. Nada de altos vuelos. Mi intención no era conocer su opinión sobre mis cosas ni saber de sus gustos literarios, quería más que nada dejar a un lado el ordenador y tener unos minutos de distensión. Y la verdad es que hacerlo resultaba agradable y bastante efectivo. Él no tenía dificultad para hablar sobre cualquier tema que surgiera, fuera el que fuese. Además, sabía callar a tiempo, como si intuyera el momento en que me venía una nueva idea y debía de retirarse. Supongo que tras esa discreción operaba en secreto el autómata reciclando, componiendo y desarrollando su propia propuesta a partir de todo lo que habíamos estado conversando. Puedo ahora entender, aunque no lo disculpo, que ese refrito literario, que venía pergeñando mientras hablábamos, por algún lugar y medio tenía que salir. Lo que no esperaba era verlo en la bandeja de mi impresora. Por natural que fuera ese desahogo suyo, después de tantas horas de charla, no me imaginaba que andaba al acecho y menos que acabaría colando sus bobadas en lo que yo escribía. Pensaba que lo mío estaba lógicamente muy distante, muy por encima añadiría yo, de lo que él  podría alguna vez imaginar. Sin embargo, en esto de imaginar se había mostrado él bastante más solvente que yo. Ni se me ocurrió que, en vez de servirme de alivio en aquellos relajados recesos, operaba sin llamar mi atención para infiltrarse e ir adaptando mi tarea a su manera con el fin de poner a punto su propia versión. Una vez leídos los folios que tenía sobre la mesa, me tranquilizó constatar que no era ésta nueva en ningún caso mejor, obviamente no podía serlo, que el original. Toda mi ventaja la tenía fiada a mi memoria, pero también es cierto que me era imposible entrar en comparaciones porque el original, según comprobé en el ordenador, ya no existía. Lo único que me quedaba ahora era el odioso fajo, cuyos folios contenían una muestra absolutamente desfigurada de lo que yo había querido y, en algún momento, tenía por seguro haber logrado escribir. Volví a los papeles, por si sacaba algo en limpio, y pronto vi que no tenía sentido ir línea a línea a fin de recuperar aquella mi primera voz en aquel extraño apaño redactado a dos manos que tenía ante mí. En vez de tranquilizarme, a medida que pasaba las hojas y corregía, me iba encendiendo. Todo se se precipitó, los folios se me cayeron de las manos, cuando leí la escena crucial de la obra en la nueva versión. La agonía del anciano, que yo había introducido para que fuera reveladora de su amargo pasado, mi perverso ayudante la había sustituido por otra escena en que un falso curandero, que resultaba ser un chamán tahitiano, perpetraba en el hombre un asesinato ritual. Aquello fue más de lo que estaba dispuesto a soportar. Nada más leer el pasaje, me paré a releerlo para no dejarme llevar. Duró poco mi aguante. Me levanté de un salto y me fui hacia él. Me encaré y, a voz en grito, le dije: «¿Qué has hecho aquí, desgraciado? ¿A quién se le ocurre? ¿En qué cabeza cabe semejante desaguisado? ¿No te das cuenta? Has destrozado el final. Te crees muy listo y ahora me doy cuenta de que nunca has sabido lo tonto que eres». En ese momento hubiera preferido que se hubiera comportado contestándome enfadado o, sino, levantando los hombros, como quien no sabe de qué se le está hablando, pero no hubo nada parecido. Aquella indiferencia me sublevó aún más y elevé el tono: «Quiero que me devuelvas inmediatamente lo mío, lo que yo escribí, sin esos adornos que te parecen tan inteligentes y, sobre todo, sin esas truculencias que te has inventado y has añadido, supongo que para llegar mejor al público, porque soy yo, tenlo en cuenta, el que al final lo va a firmar». Al lado del ordenador, oí un leve chirrido, como un agudo gallito, que me desconcertó. Luego me dí cuenta de que era una risita contenida y me lo tomé por la tremenda. Mi mirada no podía fulminar nada en absoluto, pero se abrió paso furiosa hacia él. Fue entonces cuando quizá reconoció la terrible amenaza que representaba mi cabreo y por eso decidió volver a hablar. No se disculpó, tampoco ofreció ni la más mínima explicación y, evidentemente, nada dijo sobre mi exigencia de recuperar el original. En su típico tono monocorde la respuesta que me llegó fue: «Debes saber que anoche no dejaron de tintinear tu vaso y las botellas. Creo sinceramente que bebiste de más. No parabas de decir que tenías que darle una vuelta a todo. Traté de disuadirte, pero, como de costumbre, no me hiciste ningún caso. Sólo quiero añadir que nada de lo que ha salido impreso viene de mí. Aunque tu versión tenía bastantes defectos, yo los hubiera dejado, porque quizá no lo sepas pero lo perfecto ya no vende. Luego viniste al teclado y, un poco a tientas, decidiste cambiar el enfoque, eso dijiste. Te pusiste a ello y lo cambiaste todo de arriba abajo. En realidad, lo que has leído es enteramente tuyo, aunque ahora no te guste». Para esta última frase guardó su tono más enfático y convincente, pero su perorata no podía convencerme. Su explicación era una desfachatez. Lo que me había soltado era una invención para salir del paso, una burda historieta, mucho más de lo que yo estaba dispuesto a aguantar. Para mí era meridiano que trataba de escurrir hábilmente el bulto y de eludir su responsabilidad en el trucaje. Hubo algún tiempo, muy al principio, en que pensé que el novedoso artilugio que había adquirido me ayudaría. De él podía esperar desobediencia, incluso  deslealtad, pero no ese fingimiento oblicuo. Lo que no estaba dispuesto a tolerar eran sus mentiras. No me apetecía valorar los cambios. ¿Cómo no iba a escandalizarme con ellos? Para empezar, él no había sido capaz de entender, sin recurrir a efectismos, lo que supone una agonía, el drama en que se evidencia la lucha por mantenerse vivo. Sabía que había otros muchos cambios en la misma dirección y pensé que ya no valía la pena contar con su ayuda. Francamente, por el precio exorbitante que había pagado, me había decepcionado. Así que no me pena la decisión radical que tomé. Había pensado y aguantado lo suficiente. Así que fui a la mesa, donde él aguardaba resignado y en silencio su sentencia, lo agarré y tiré con fuerza del cable. Acto seguido lo estrellé contra el suelo y vi con satisfacción cómo quedaba hecho añicos. Pensé que no merecía un supultura digna. En la mesa seguía aún el fajo con su versión espuria, la prueba definitiva de que incluso aspiraba a verse perpetuado en papel. Rompí uno a uno los folios, recogí después los restos de aquella máquina charlatana y mendaz, y lo metí todo en una bolsa. Al final salí de casa y la tiré al cubo de la basura. Allí mismo aguanté, a pie firme, hasta que se hizo de noche para ver cómo el camión se llevaba mi obra, quizá la más magistral que nunca escribí, camino del vertedero. 

Las buenas compañías

Eran gemelos, pero llegó el tiempo en que sus caminos de manera natural se dividieron. A. buscaba apoyo siempre en el sol y, llegada la última hora de la tarde, acudía a la punta del malecón para asistir al lento baño ritual del astro envuelto en un tenso rojizo, hasta que al final se quedaba dormido en la base del parpadeante faro. Esa luz, por dudosa que fuera, le protegía de la arrogante curiosidad de las bestias marinas. Mientras tanto, B. prefería seguir en el bosque el rastro que marcaba la luna al filtrarse con sus rayos, que, aunque tímidos, buscaban un sitio para la luz en la penumbra, allí donde él se refugiaba a dormir para terminar el día. Pronto contaría con la aparición de curiosas criaturas que formarían a su alrededor una variopinta compañía.

miércoles, 3 de junio de 2026

No te metas en gramáticas

La negación encierra siempre misterios que los gramáticos, para mi gusto, no logran desentrañar del todo. Lo que la declaración asertiva mantenía atado se abre al ser negada a múltiples posibilidades. Negar es como convertirse en explorador, sin demasiados riesgos ciertamente. De algún modo es como buscar la salida hacia otros mundos aparentemente contrapuestos sin saber lo que existe más allá de ese no. La firmeza con que uno niega habla sobre todo de la necesidad de librarse de lo que supone la correspondiente afirmación. Negar es rechazar, sin duda, pero quizá no nos damos cuenta de que es también afirmar en un terreno de dimensiones y características desconocidas. No niego que como último recurso rechazar tiene su valor. Sin embargo, sin una afirmación que avance intenciones acerca de la posición a la que se pretende llegar en ese mundo negativo, el rechazo es más una postura vacía que una declaración de interés. En buena lógica, negar tiene sentido cuando se ha descrito previamente el marco de discusión y con él todo el universo de posibilidades podríamos decir, una de las cuales es justamente la rechazada. Me pongo a repasar casos de fórmulas negativas y me aparecen dos que merecen atención, por el modo en que emplean la negación, al menos en la lengua que uso. Está, en primer lugar, el caso de la doble negación que, en rigor, debería de suponer la afirmación. Así sucede de hecho en otras lenguas y en la lógica aristotélica. Si digo No tengo nada estaré negando tener nada, que es tanto como afirmar que tengo algo, lo que no concuerda con nuestra interpretación habitual. Estoy al tanto de lo que en este punto cuenta la RAE, pero su explicación sólo confirma hasta qué punto la semántica se escabulle y escapa aquí a la lógica común. La pregunta obligada sería ¿por qué? No vale lo del uso, creo más bien que hace mucho que se creó la cierta de subrayar la negación a base de doblarla. Si esto es así, estaríamos ante un caso más de esa típica falta de contención de nuestros hablantes, una actitud que sacrifica matices en la lengua y acaba por averiarla. La doble negación nos lleva al terreno del énfasis y la excepción. Se prescinde de lo que podría haber sido una norma sintáctica clara para ir hacia la interpretación pragmática. Otro caso que también me ha llamado la atención es el del modo imperativo. No existe propiamente forma negativa en dicho modo. Según los manuales si quieres negar el imperativo come lo que dirás es no comas. Con ello pasamos del imperativo al subjuntivo, de una fórmula taxativa a otra hipótetica o sugestiva, vagamente negativa. El no comas puede convertirse fácilmente en un consejo de tono imperativo rebajado diciendo que no comas, pero se pierde en cualquiera de los dos casos la radicalidad de la negación. A partir de ambos casos llego, siempre como lego, a la siguiente conclusión: Mientras a la hora de negar una declaración, hacerlo por partida doble se acepta aun siendo exagerado y gratuito, cuando se trata de una orden negativa se tiende a ser más prudente y se abre el abanico a lo hipotético para que el sujeto que es objeto de esa orden tenga alguna posibilidad de hacer su propia elección, de si comerno comer en este caso.

martes, 2 de junio de 2026

Lo único

Decidirse por lo único sólo confirma en uno un desmedido afán de seguridad. Esto de la unicidad tan pronto se aplica a un dios como a un amor o incluso a un partido político. La decisión se confirma al nombrarlos como el dios, el amor y el partido único y eso permite finalmente considerarlos, en posesivo, como mi dios, mi amor y mi partido político. Con ese mi último, uno viene a encauzar, sin alternativa posible, cualquier deseo, por creer que lo poseído siempre será más seguro. De paso, uno consigue estigmatizar, con el recurso fácil de ignorarlos, los dioses, amores y partidos que quedan fuera de ese todo indudable y único.

Somos mientras cambiamos

En el pasar a ser otro sin dejar de ser uno, lo que se anuncia es la propia renuncia, algo a medio camino entre la fuga y la solución. Si lo despojamos de drama, entenderemos que en un momento de cambio llegar a ser, y por tanto mudar, es el único modo de poder seguir siendo. Estamos en la entraña de la identidad. Al desconfiado del futuro le parecerá que al mudar el sujeto viene a cubrirse con una máscara, mientras que el nostálgico del pasado volverá una y otra vez a cotejar el nuevo aspecto con la foto fija. El cambio es seguramente el único milagro del que participamos todos y eso es lo que hace que lo que se podría darse por sobrenatural sea en realidad tan natural. Mantenerse firme sobre las raíces es una metáfora que resalta el valor de afincarse siempre en el mismo territorio, pero invita a desconocer la periódica muda que, a través del ciclo impuesto a las hojas, sufre cualquier árbol. La combinación de raíces y hojas con la que se sostiene ese ente vivo exige un comportamiento complejo. Por resumir, ahí no se trata simplemente de vegetar, porque el asiento fijo no busca nuevos aires ni da para sentirse vivo.

Los números dinámicos

2 que van y 2 que vienen no tienen por qué ser 4.

lunes, 1 de junio de 2026

La infancia y su jardín

 Pasa como con los niños. Los que son felices no lo saben. Se enteran de que lo fueron cuando saben que ya no lo son.

Privacidad y vanidad

Privacidad y vanidad compiten con desigual balance en cada uno de nosotros. Con la privacidad tratamos de preservar nuestro núcleo íntimo, a...