viernes, 26 de junio de 2026

Los desigualitarios

Al parecer de algunos desequilibrados, la desigualdad es justa porque de una manera natural se le concede a cada cual el ámbito de poder que le corresponde. Al principio se da a entender que es una mano providencial, llamada fortuna, la que se muestra tan generosa con unos y tan cicatera con otros. A quienes se les queda corto ese argumento tan volátil, le muestran ellos el régimen obsesivo de trabajo en el que se empeñan, soslayando que nada habría sin la sujeción de otras voluntades mantenidas a sueldo, régimen con el que creen explicar la razón de su airosa situación. En su mentalidad la manera natural que les avala, la que regula los ascensos y descensos sociales, se viene curiosamente a comportar como los valores que cotizan en bolsa. Cada individuo es estimado por su valor en el mercado y eso mismo le obliga a presentarse como una marca comercial a través de una imagen adornada de virtudes postizas con las que la clientela se pueda identificar. Son los desigualados prepotentes, los desigualitarios podríamos decir, los que desde arriba siembran estas doctrinas y consiguen que las ideas de un mercado libre de las competencias —sostenidas por personas, no lo olvidemos— se cuelen en su valoración. Los valores personales son filtrados atendiendo exclusivamente a criterios de funcionalidad y operatividad para ser decantados finalmente mediante cifras que determinan su aceptación o rechazo. Obviar otros valores sensibles que están más cercanos a la implicación en la sociedad y sus valores comunes o, por decirlo más claramente, que acreditarían el saber estar entre los demás, da vía libre a la emergencia y posterior encumbramiento a posiciones de poder de monstruos inmisericordes y despiadados, ajenos a cualquier sensibilidad social. Volviendo al comienzo, ¿qué clase de justicia puede tener esa gente, los desigualitarios digo, en la cabeza? Pues la justicia del pináculo desde el cual contemplan a sus pies el amplio mundo disponible o, si se prefiere, la del embudo, ancho y de estratégica visión para mí, y oscuro y de estrechas miras para los demás. En sus conclusiones, la desigualdad sería fruto de la falta de visión de los apocados y cegatos para enfrentar la sociedad como parte que es de la naturaleza, sin excluir por tanto los abusos, atropellos y arbitrariedades, porque eso es «justamente» lo que les exige pervivir en su fortaleza. Acabaríamos, pues, en un lema socialmente demoledor: la justicia se basa en el ejercicio de la fuerza. Para completar el cuadro, solemos ver a estos desequilibrados persignándose en la frente para hacer así ostentación de una marca comercial que les permite presentarse ante un público, arrobado quizá pero poco agradecido a su juicio, como un concesivo, más que generoso, aunque cada vez más ávido de dominio, dios creador.

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