viernes, 19 de junio de 2026

Arte inverso

Es bien conocida la cita de Miguel Angel acerca de la belleza que se oculta tras la vulgaridad material y la oportunidad que tiene el escultor de liberarla. Dice así: «He visto un ángel en el mármol y lo he esculpido para liberarlo». Sin citarla expresamente, se nos habla de la belleza, pero entendida no como una creación en que se da forma a algo nuevo sino como una acción de rescate de una forma residente que sólo un genio tenaz y perspicaz puede llegar a lograr. Es ésta una idea de belleza ligada a la trascendencia y bastante alejada de quienes la consideran un producto eminentemente social, sometido a la mudanza de los tiempos y convenido por quienes se recrean en ella. Parece más atractivo seguir el rastro de la quintaesencia oculta y entrever una forma próxima a algún ideal. En lo sucesivo servirá a algunos de referencia al ver ese ideal como un hito plantado en el interior de la materia por alguien del más allá.
Estamos hablando de eliminar materia, ya sea con ánimo de pulir y llegar a lo fundamental o de extraer lo sobrante. Sin perder de vista la materia, me gustaría ahora presentar otra cita que, si no es del todo opuesta, señala otro punto de partida más centrado en lo existencial que en lo transcendental y, en todo caso, es previo a la fijación de cualquier tipo de belleza. Habla de otro tipo de búsqueda en la que no se pretende ir sacando sobras sino excavar hacia un objetivo, hacia un centro. Es lo que vemos en el siguiente aforismo de Kafka: «Si queremos cavar un túnel, empezaremos a excavar desde dos lados opuestos, y llegará un momento en que los dos equipos se encontrarán en el centro. Sin embargo, no siempre podemos confiar en que la distancia sea matemáticamente perfecta; a veces, los dos extremos se cruzan sin llegar a encontrarse jamás.» Parece obvio, excavar es una maniobra a ciegas que puede fracasar. El túnel lleva la metáfora de la belleza a la funcionalidad. Con otro tono más beligerante y pacifista, la metáfora del túnel era empleada por Kurt Tucholsky. El encuentro en el túnel de dos iniciativas extremas lo veía como un ejemplo de colaboración y una imagen de cómo actuando en pro del bien común se logra una obra visible y funcional. La metáfora reaparece también en un poema de Bertold Brecht. Posteriormente el propio Brecht insiste en ella en una nota escrita en 1926 y recogida en sus Notas autobiográficas del período 1920-1954. Lo que más sorprende es el giro que le da. El tema ya no será el encuentro ni la colaboración, apunta más bien a un elemento fundamental pero inesperado. La montaña resulta ser una construcción necesaria para dar sentido al túnel y llevar a cabo la excavación. Esa idea de construir me recuerda en cierto modo al afán de acumular para alcanzar una masa crítica. La travesía final de la luz, al igual que el estallido de la chispa, requiere el florecimiento de un medio material capaz de albergar túneles. El texto lo deja claro: «Si queremos excavar un túnel, antes tendremos que construir la montaña. Construir la montaña es lo difícil, y excavar el túnel es lo genial.» De donde se deduce que no puede haber genio si no hay un medio, quizá una generación de escritores, que le sirva de sostén y acicate. Teniendo en cuenta la peripecia personal de la que Brecht habla en sus Notas autobiográficas, es probable que ése fuera el sentido que quería darle.
De todos modos, dándole vueltas a lo de la montaña y a la metáfora de la excavación, me ha venido  a la cabeza otra idea nacida de la inversión del interior y el exterior. Puede que esta vez no haya una montaña que construir ni un centro que encontrar. Lo que habría que encontrar es la montaña más adecuada. ¿Para qué? Pues para crear en ella un simbólico vacío interior, para desmaterializarla. Este nuevo enfoque invierte el de Brecht y lo acerca más a la dirección existencial que subyace en la cita de Kafka. No voy a ofrecer una nueva cita. Para ilustrar el caso me bastará con recordar la montaña canaria de Tindaya. Chillida, el escultor vasco, proyectó excavar y extraer el contenido de su interior hasta obtener un cubo de 50 metros de lado. Lejos de intentar encontrar algo significativo, como un tesoro, una tumba o un centro, lo que pretendía ofrecer al mundo era una obra que reflejara la idea de profundidad, de tal modo que la montaña permanecería como custodio de ese espacio ideal que, de algún modo, viene a ser último además de invisible. No sería aquí el mármol excluido el que permitiría recuperar una forma perfecta y un canon de belleza, sería el aire el que recibiría del encuadre tallado un significado que rompería con la materia y resguardaría en ese lugar la pureza aérea. 

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