Eran gemelos, pero llegó el tiempo en que sus caminos de manera natural se dividieron. A. buscaba apoyo siempre en el sol y, llegada la última hora de la tarde, acudía a la punta del malecón para asistir al lento baño ritual del astro envuelto en un tenso rojizo, hasta que al final se quedaba dormido en la base del parpadeante faro. Esa luz, por dudosa que fuera, le protegía de la arrogante curiosidad de las bestias marinas. Mientras tanto, B. prefería seguir en el bosque el rastro que marcaba la luna al filtrarse con sus rayos, que, aunque tímidos, buscaban un sitio para la luz en la penumbra, allí donde él se refugiaba a dormir para terminar el día. Pronto contaría con la aparición de curiosas criaturas que formarían a su alrededor una variopinta compañía.
jueves, 4 de junio de 2026
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