lunes, 8 de junio de 2026

El fantástico refugio de los recuerdos

Los hábitos académicos imponen sin declararlo cierta regularidad intelectual. La navaja de Ockham, que elimina las divagaciones peregrinas e inútiles, sería el ejemplo más conocido. Está también aquello que citaba Hermann Weyl de que en el estudio de la naturaleza conviene tener en cuenta que ésta elige siempre el camino más sencillo y las formas más bellas, en otras palabras, tiende a alejarse de la excepcionalidad. Un golpe bajo, pues, para la belleza sofisticada. Siguiendo ese patrón de regularidad, tendríamos como opuesta frente a la realidad la irrealidad, que inicialmente aparecería como imagen simétrica al fondo de un hipotético espejo. Pero, en realidad, la irrealidad suele ser un ámbito que excede la mera imagen, por muy compleja y bien dibujada que resulte. De entrada, la realidad nos lleva más que nada el presente y en el espacio a lo que los sentidos nos ofrecen. Pero entonces ¿con la irrealidad a dónde vamos a parar? El tiempo presente ahí dice poco, porque ¿hay algo en el presente de irreal? Parece que no, así que tendremos que extendernos por la línea temporal en cualquiera de las dos direcciones, es decir, hacia el pasado o hacia el futuro. Sobre la irrealidad de este segundo no hay muchas dudas, a pesar de que un observador agudo pueda precisar detalles que apuntan a lo venidero. Lo que se detalla pretende ser parte de una realidad próxima, de una prerrealidad por tanto, que sólo ciertas personas son capaces de discernir y que la actualidad suele desestimar. Discernir ha sido tradicionalemente oficio de augures y profetas, gente que avanza por la línea del tiempo con asombrosa facilidad. Ese es el motivo por el que la realidad que ellos perciben dista bastante de lo que nosotros, la gente vulgar, tenemos por tal. Pero esa visión aumentada tiene sus problemas, porque en ella pierden pie respecto a lo actual. Nosotros, para defender lo real, respondemos a sus premoniciones no sólo rechazándolas, sino arrinconándolos. Los ridiculizamos y acusamos, en definitiva, de expresarse sobre facetas del mundo que no somos capaces de distinguir. La tendencia a tildarlos de fantasiosos demuestra lo poco que entendemos sobre sus cualidades. Ellos se sienten enviados para una misión nada caprichosa, en un anuncio de la realidad próxima. Lo suyo poco tiene que ver con la fantasía, que forma parte de otro negociado, por así decir. A diferencia de estas realidades en curso, nadie discute que la fantasía es parte de la irrealidad. Es parte sustancial de nuestro pensar, pues nos solemos acoger a ella para sobrellevar lo que más nos abruma de la realidad. El fantasioso, en particular el habitual creador de ficciones, no deja de ser un escapista para quien la realidad, con su atroz gravedad, resulta agotadora. Salir a un terreno que invierte los términos y ofrece multitud de puntos de fuga es siempre un alivio eficaz. Para fugarse basta con subirse a un vehículo adecuado, que bien puede ser un lienzo, un piano o una simple hoja en blanco. A partir de ahí la mente empieza su trabajo y la fantasía creativa va tomando cuerpo. La pregunta ahora obvia es ¿de dónde extrae la fantasía el material con el que se ponen en pie sus inventos? Evidentemente hay elementos de la realidad que se transmutan, que cruzan la frontera entre la realidad y la irrealidad. Gracias a ellos la fantasía juega al equívoco y adquiere a ojos de quien se interna en ella (contemplando, escuchando o leyendo) tal verosimilitud que puede ser asumida como otra clase de realidad, muchas veces paralela. En otras ocasiones esa realidad inventada es oblicua e incidente con la realidad verdadera. En su empeño por enfrentarnos con sus fantasías a lo auténtico, existen fantasiosos que fuerzan y exacerban la realidad de tal modo que apura nuestras emociones y distraen nuestra percepción. En estos casos el programa del realismo quiere ser la raíz y la última razón de lo que vemos, pero, debido a su carácter ficticio, se queda finalmente en la superficie emotiva y a lo sumo escenifica lo más rugoso de la geografía cotidiana. No todos eligen esa vía, probablemente son más los que escapan de ese cuadro hiperrealista y buscan algo más ligero en otras latitudes mentales. Lo más común es recurrir a los recuerdos que es material maleable y útil a la hora de levantar fantasías. Otra cosa es que resulte sólido o, por mejor decir, aceptable. Entre los recuerdos y la fantasía hay cierta ósmosis, y en ese intercambio se viene a dar forma y vida a irrealidades que incluso prometen una verdad casi tangible. Quienes miran todo esto desde el lado real analizan con recelo esas memorias e intentan establecer, por encima de su retórica, su grado veritativo. Como este grado no suele cumplir con sus exigencias, renuncian habitualmente a entenderlas y acaban tachándolas de extravagancias. Algunos críticos señalarán que las obras resultantes son propias de quien se ha dejado ir por atajos mentales, mientras en el futuro otros más feroces asociarán a sus autores con alguna patología personal, quizá con el síndrome de la ilusión material. En este contexto, el ejercicio más arriesgado es escribir una autobiografía. Hay que ver ese intento como una práctica en la que, se diga lo que se diga, se actúa básicamente en los terrenos de la irrealidad. Combinando los recuerdos mal sostenidos con fantasías que puedan servirles de sostén, se crea una figura personal más amable de la que la mayoría reconoce en la realidad. Para algunos el pasado surge como un campo aprovechable, fértil si regado por un venero donde mezclan sus aguas milagrosamente la realidad y la irrealidad. Lo digo porque es un auténtico milagro que ahí los opuestos se concilien, aunque un milagro relativo, pues hablamos de un género que, si no es bufo y mínimamente irónico, está destinado a que ciertas mentes atormentadas por su pasado busquen refugio en la palabra para así trasladar al futuro una imagen irreal sacándola del persistente limo que ha ido cubriendo su pretérita y penosa realidad.

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