viernes, 26 de junio de 2026

Privacidad y vanidad

Privacidad y vanidad compiten con desigual balance en cada uno de nosotros. Con la privacidad tratamos de preservar nuestro núcleo íntimo, aquél en el que encuentran explicación algunas de nuestras acciones más decisivas y pueden verse desveladas otras más o menos escabrosas. Puestas a la vista de los demás, sabemos que muchas de ellas demuestran nuestro juego, mientras que otras sacan a colación nuestra parte más grotesca, la que siempre preferimos ahorrar, por pudor o conveniencia, a nuestros observadores. Porque podemos estar seguros de que se nos observa, y más a medida que más expuestos estamos. Y como la opinión es libre, una vez observados no nos podemos librar de ser juzgados. Algo que se pone de manifiesto en futuros tratos que intuimos ensombrecidos por datos sobre nuestra persona que vienen a alimentar y afianzar algún prejuicio previo. La regla de que no podemos gustar a todo el mundo es tan sabia como improductiva. Nos duele, a veces sobremanera, que los demás tengan una opinión negativa de nosotros y que nos asimilen a un tipo o etiqueta que nos desacredita en las conversaciones que posteriormente mantienen con otra gente. Ante todo esto, la defensa que proporciona la vanidad no es muy consistente. Depende del carácter de cada cual, pero en general puede decirse que la estima personal es material frágil, que en una conversación insustancial con un amigo, familiar o colega puede venirse abajo. Salimos de ese círculo y en la intimidad recurrimos al espejo. Pero el espejo es un testigo que difícilmente puede sostener la vanidad, más bien podemos acabar con él apaleados. A la red la podemos considerar un espejo dinámico en el que, además, poco cuesta verse retratado. Siempre con mayor o con ninguna fortuna. Ante la pantalla, como ante un temible altar, nos rendimos casi todos, por no decir que todos. Es lo que me ha pasado a mí, y lo confieso sin rubor. Lo veía como una forma de probar fortuna, aun sabiendo que me sometía a una prueba de fuego con la que podría enterarme de cómo me ven. Si lo que puede salir de ahí es o no un retrato fiable, hace dudar, pero representa más que nada una primera línea de defensa, endeble donde las haya. Vayamos al grano, porque en definitiva he consultado qué dice la red, y su inteligencia artificial, de ese personaje, Hilario Mendiaga, con el que me siento tan profundamente vinculado. Transcribo en cita literal su presentación: «Destaca por un estilo de escritura intimista, filosófico y lúdico. Su prosa se caracteriza por el uso de la ironía, la reflexión constante y una atmósfera melancólica». Pues así será, si ella lo dice. Más adelante se explaya y habla de una «prosa sutil y poética donde abundan las descripciones cuidadosas y un juego constante entre la realidad y la ficción». No sé si eso le servirá a alguien para algo, pero a mí a penas me engorda el ego, en tanto que considero su dictamen como prosa neutra y de cortesía. A ver, no me hubiera gustado que me pusiera a caer de un burro, pero estas manifestaciones dicen mucho menos de lo que un crítico solvente podría decir. Imagino que, a través del tráfico fantasma con que se engordan y entrenan las inteligencias artificiales, algún lector maquinal ha recorrido con criterio peregrino algunos de mis escritos y me regala estas líneas como parvo beneficio. Cualquiera comprenderá que mi vanidad, aunque de por sí escasa, no se se ha visto demasiado afectada por el acontecimiento y que prefiero cualquier comentario, a poder ser no muy disparatado, a estas líneas que parecen salidas de fábrica.

Los desigualitarios

Al parecer de algunos desequilibrados, la desigualdad es justa porque de una manera natural se le concede a cada cual el ámbito de poder que le corresponde. Al principio se da a entender que es una mano providencial, llamada fortuna, la que se muestra tan generosa con unos y tan cicatera con otros. A quienes se les queda corto ese argumento tan volátil, le muestran ellos el régimen obsesivo de trabajo en el que se empeñan, soslayando que nada habría sin la sujeción de otras voluntades mantenidas a sueldo, régimen con el que creen explicar la razón de su airosa situación. En su mentalidad la manera natural que les avala, la que regula los ascensos y descensos sociales, se viene curiosamente a comportar como los valores que cotizan en bolsa. Cada individuo es estimado por su valor en el mercado y eso mismo le obliga a presentarse como una marca comercial a través de una imagen adornada de virtudes postizas con las que la clientela se pueda identificar. Son los desigualados prepotentes, los desigualitarios podríamos decir, los que desde arriba siembran estas doctrinas y consiguen que las ideas de un mercado libre de las competencias —sostenidas por personas, no lo olvidemos— se cuelen en su valoración. Los valores personales son filtrados atendiendo exclusivamente a criterios de funcionalidad y operatividad para ser decantados finalmente mediante cifras que determinan su aceptación o rechazo. Obviar otros valores sensibles que están más cercanos a la implicación en la sociedad y sus valores comunes o, por decirlo más claramente, que acreditarían el saber estar entre los demás, da vía libre a la emergencia y posterior encumbramiento a posiciones de poder de monstruos inmisericordes y despiadados, ajenos a cualquier sensibilidad social. Volviendo al comienzo, ¿qué clase de justicia puede tener esa gente, los desigualitarios digo, en la cabeza? Pues la justicia del pináculo desde el cual contemplan a sus pies el amplio mundo disponible o, si se prefiere, la del embudo, ancho y de estratégica visión para mí, y oscuro y de estrechas miras para los demás. En sus conclusiones, la desigualdad sería fruto de la falta de visión de los apocados y cegatos para enfrentar la sociedad como parte que es de la naturaleza, sin excluir por tanto los abusos, atropellos y arbitrariedades, porque eso es «justamente» lo que les exige pervivir en su fortaleza. Acabaríamos, pues, en un lema socialmente demoledor: la justicia se basa en el ejercicio de la fuerza. Para completar el cuadro, solemos ver a estos desequilibrados persignándose en la frente para hacer así ostentación de una marca comercial que les permite presentarse ante un público, arrobado quizá pero poco agradecido a su juicio, como un concesivo, más que generoso, aunque cada vez más ávido de dominio, dios creador.

miércoles, 24 de junio de 2026

Sobrevive el más fuerte ¿o el de más rango?

En una compañía puntera de primer nivel, el principio darwiniano se manifiesta de un modo bastante peculiar. Al mismo sujeto, campeonísimo capitán de empresa, quejoso porque a su alrededor todos sus subordinados se ausentan de la tarea —si pueden— declarándose en baja laboral por estrés, pues bien, a ese mismo es al que vemos acercarse al jefe de personal hecho una furia a cuenta de la última baja, la de su organizador y mano derecha, y en tono exigente y faltón, le oímos: «Esto es una vergüenza. A ver, Domínguez, ¿se puede saber qué coño le ha pasado a mi robot?». Ya podemos imaginar que el taciturno Domínguez será el siguiente y que, sin tripulación, en unos días el capitán se hundirá con su flamante y exhausta compañía.

martes, 23 de junio de 2026

Haspirar con h

Con el hamor siempre hay aspiraciones de más, al intentar añadirle umor aparecen las carencias.

Esto es lo que hay que saber

Se escoge un tema candente, de los que suscitan dudas y generan cierta ansiedad informativa,  y se añade esa coletilla con la intención de poner las cosas en claro, de llevarlas a su punto (no siempre sabemos de quién), de sentar autoridad informativa indiscutible. Igual es cosa mía, pero ¿no hay un amago de arrogancia en esa promesa de sabiduría? Al margen de la cantidad y calidad de la información, la idea que se transmite es que lo que ellos saben es todo lo que se necesita saber. Se supone que el saber es universal, pero lo que cada uno necesita saber depende de su interés particular. La pretensión, muy propia entre el periodismo, de que están formando autorizada opinión y desterrando la ignorancia tiene un aire paternalista insufrible. Sé bien que quien permanece informado amplia su formación y también que no basta con tener un título para ser un ciudadano instruido. Sin embargo, no creo, después de leer a algunos columnistas estelares, que su juicio informado esté francamente por encima del mío. A veces no me fío de sus informaciones y a veces puede que sobreestime mis intuiciones. Pero eso es lo que da de sí el amplio terreno de la opinión. Lo que sí puedo afirmar es que noto, y me resisto, cuando tratan de tirar de mí con recursos y explicaciones fáciles y cuando tensan esos hilos algorítmicos invisibles. Eso me hace estar en permanente estado de reserva y prevención antes de dar por sentado lo que me cuentan. Al final, vivir en ese estado es muy cansado y obliga a que de vez en cuando, como medida higiénica, deje de plantearme la necesidad de saber y opte justamente por la de no saber más. Ahora bien, si tras titular del reportaje leo esto es lo que no hay que saber o esto es lo que no quieren que sepas, un resorte se remueve en mi interior y me lanzo a continuar la lectura. Sí, lo sé, juegan con mis emociones.

lunes, 22 de junio de 2026

Entrar en trance

—¿Y qué haces cuando te descuidas, metes precipitadamente lo que tienes en dos líneas y te sale luego teñido de poesía empalagosa?
—Procuro agriar el tono y marcar distancias salpicando entre líneas con sal gorda y prosa tosca.
—No parece fácil. ¿Cómo se hace?
—Tampoco tiene mayor mayor dificultad. Sólo hay que salir a la calle y mantener la oreja bien abierta.
—Pero con eso no se escriben ensayos. Para eso hay que elevarse un poco y recurrir a las metáforas.
—No creas. Todo es cuestión de compensar esos altos vuelos con galopadas en recorrido rasante y soltando alguna que otra coz.
—¡Ah! O sea que a eso es a lo que vienen todas esas ordinarieces, esos chascarrillos y los insultos. Menudo método te has inventado para descargar esos trances líricos. La verdad, no sé si para ganar algo contundencia había necesidad de golpear la delicada plata con ese hierro peleón.
—No, ya sé. Puede que no sea la solución, pero tengo que hacerlo así. Después de mucho escribir, me he dado cuenta de que tengo un problema muy serio, una patología se podría decir. Quieras que no, soy víctima de una tendencia fatal: al cabo de unas líneas, se me hincha sin remedio la vena poética.
—No te preocupes por eso. He visto casos mucho más graves. Conozco el paño.
—Bueno, gracias. Saber al menos que no soy el único me deja un poco más tranquilo.
—Por favor, no seas tan modesto y digas ahora que no eres único. Te vengo siguiendo y eres el único que ejecuta a la perfección esta alternancia armónica en que las preguntas se entrelazan en apasionado abrazo con las respuestas haciendo que tu melodía me preste alas y consiga llevarme en vuelo libre hasta las estrellas.
—Ah, vale.

El beso de la muerte

Hay metáforas que hacen temer y temblar, y el beso de la muerte es una de ellas. Es difícil encontrar palabras que pongan tanta dulzura sobre un fondo de tragedia. A nadie se le escapa que sus reminiscencias simbólicas llegan a Eros y Tánatos, en quienes se advierte el impulso y el destino de la vida. La metáfora evoca la definitiva despedida sellando la boca, negándole el aliento y la palabra.  Por eso, más que cualquier otra, transmite esa despedida aires de drama, de injusticia, de impotencia. Una cosa es asimilar cambios paulatinos como mejoras y otra muy distinta es entrever la puerta de salida. Con su beso, la muerte saluda afable a su llegada animando a una gustosa zambullida en el recuerdo y consuela al moribundo despertando fugazmente la ilusión de que quienes atrás se quedan, además de vivir por él, lo hagan con ánimo impercedero y mayor fortuna.

Privacidad y vanidad

Privacidad y vanidad compiten con desigual balance en cada uno de nosotros. Con la privacidad tratamos de preservar nuestro núcleo íntimo, a...