martes, 12 de mayo de 2026

Aforismos y refranes

 Los aforismos siempre plantean cuestiones más o menos áridas y las intentan someter, con desigual acierto, a la llaneza de una simple frase. Es una maniobra arriesgada que concede amplia ventaja a los intérpretes que con ellos obran a su antojo introduciendo desarrollos ensayísticos, apelando a antecedentes filosóficos, escogiéndolos como lemas escolares o proponiéndolos como guías de conducta. Lo más probable es que no resuelvan nada, ya que carecen de interés operativo inmediato. Por esta razón ocupan, junto con la poesía, el extremo menos accesible de la corriente literaria. Gozan, no obstante, de cierto favor, al menos en su versión más popular, en los refranes, que gracias a la transmisión oral vienen sobreviviendo sin desmayo. Ya sé que algunos consideran que poner a los refranes al nivel de los aforismos es una aberración. No me propongo hacer competir en profundidad a las meditaciones de Marco Aurelio con las ocurrencias de Sancho Panza. Entre la reflexión y la espontaneidad hay distancia, pero, si nos atenemos a ciertos resultados, quizá no sea tanta. Está la segunda carente de cualquier aval, más allá del carácter sentencioso de quien se lanza a emitir su ocurrencia en un marco que carece de disciplina retórica y de poso pensativo. Sucede, sin embargo, que a veces la sensatez basta para hacer de una ocurrencia un buen juicio. Desde luego que con las ocurrencias uno está obligado a ser sumamente crítico y, aun así, son muchas las que se cuelan y alcanzan con su llaneza una publicidad desmesurada y unas intenciones que nunca estuvieron en la mente de su autor. En todo caso, diría que en todas las sociedades discurre un pensamiento de fondo que no es el que se cultiva en las universidades sino la consecuencia natural del trato humano, de la observación de su conducta, de la generación de un conocimiento preventivo o, si se quiere llamarlo así, de una sabiduría de primera mano. Ese talante defensivo hace que no pocas veces el pensamiento espontáneo chirríe por su escasa ponderación y por su desprecio de la lógica. El hecho de que esté basado en la intuición de un sujeto, tenido por sabio natural, sin mayor respaldo de lo escrito, hace que desmerezca y que sea condenado en su conjunto. Al margen de lo que tengan en común, tanto los aforismos como los refranes van sobreviviendo a las modas y a las renovaciones de los géneros literarios, pero lo que sigue distinguiéndolos es que apelan a formas distintas de entender la autoridad intelectual y, en última instancia, la propia idea de verdad. La verdad acrisolada por lecturas puede que sea de otro rango que la la verdad intuida en los sucesos cotidianos, pero despreciar a ésta última como enteramente falsa es desacreditar y perder pensamiento de valor. Labor de la crítica será rescatarlo y acometer el estudio de una verdad sociológica que no puede gravitar únicamente, como suele suceder, en las cifras estadísticas.

lunes, 11 de mayo de 2026

Relectura

 Dejas a un lado tu escrito, dando un respiro a tus personajes que regresan a su mundo ficticio sorprendidos, pero sin mostrar gran enfado. Algo bien distinto te sucede a ti. El hastío te domina, sólo puedes distinguir algo parecido a una inmensa planicie, sin relieve alguno, de la que ellos, en vista de tus escasas y rácanas propuestas, han preferido huir. Pasada la primera impresión, deciden explicarse. «No es que necesitemos un jardín en el que jugar a los amores de media tarde, pero, por lo menos, no nos abandones en medio de un desierto crudo y soleado, porque ahí nuestro ánimo desfallece y, a la larga, ya sólo se nos ocurrirá quejarnos. ¿De verdad que es éso lo que quieres para tu argumento? Gente deslumbrada por el sol y desolada en medio de la nada. Seguro que la boca se te está ahora mismo secando con sólo pensarlo. Mejor será que lo dejes un rato y que te bebas un vaso de agua fresca para ver si, de paso, te refresca también las ideas.» Aceptas el consejo y apartas tus manos del teclado. Siempre hay cosas mejores que hacer. Es cuestión de sacarle más provecho a tu inventiva. Pero no es tan fácil evadirse de tu historia. Un hilo se ha quedado enganchado a todo aquello y ellos reaparecen súbitamente en tus sueños. Ahora son más condescendientes y reclaman únicamente volver a su papel. Te has desentendido y apenas los distingues. Con el tiempo sus imágenes se han perdido, pero sus llamadas son cada vez más desesperadas, sus propuestas para el guion más razonables y sus voces, aunque lejanas, más seductoras. Siguen esos cantos, los has oído otras veces. Entonces ¿qué ha pasado, qué ha cambiado? Aparentemente nada. Sin embargo,ni atado a un mástil esta vez podrías resistirte. Te asomas a la borda y ves moverse entre las aguas procelosas las primeras imágenes. Resurgen como náufragos y piden ayuda. Después de la tempestad devastadora, el suave balanceo de las ideas te reanima y el barco toma por fin aire y rumbo al cabo de unas cuantas semanas abandonado a su suerte. Desde el puerto tus lectores fieles te hacen señas y preparan tu llegada. Desembarcas de nuevo en el teclado. Aquí no ha pasado nada. Buscas el punto de partida y relees tu texto sin acabar de entenderlo. Decidido a retomar el hilo, vuelves a leer. Sobran la mitad de los actores. Te parece un buzón de quejas. Insoportable. Si daba para cien páginas, buenas serán a lo sumo diez, por mucho que ellos se resistan. Seguro que queda al principio algún capítulo cojo, algún personaje huérfano y, en definitiva, algunos cabos sueltos. Con todo, al final recompones el muñeco. Relees de nuevo y te apena comprobar que ya no te reconoces. Pero, al fin y al cabo, se trata de fantasía, no de otra cosa. La mayor parte del pasaje, de los personajes quiero decir, se han quedado casi mudos, dicen lo justo. ¿Qué dirán los lectores? A pesar de todo el remeneo, esperas que compren el boleto y que les guste el viaje. Corren nuevos vientos.

domingo, 10 de mayo de 2026

El problema de un analista

Cuando un problema se resiste a nuestro análisis, nos da por decir que es algo sorprendente, inquietante o increíble. Sería más sencillo, sin embargo, reconocer que no hemos sido capaces de someterlo y declarar llanamente que es demasiado complejo o sencillamente inabordable. Puede que, en un principio, nos sorprenda que eso escape a nuestro bisturí analítico. Pero la razón de fondo es que eso sigue su curso ajeno a nuestro control, esperando encontrar a alguien que esté a suficiente altura como para descifrarlo. Es eso, más que el problema, lo que nos inquieta y lo que alimenta el temor a que, detrás del problema, en su reserva, se esconda alguna clase de maldad invisible que es la que lo hace escurridizo, engañoso  o paradójico. Imparable resulta nuestra frustración. De tanto manejarlo sin éxito, empezamos a sentir que el problema se nos ha vuelto en contra. Para salir de ese estado, renunciamos a buscar la clave y abandonamos el análisis. Ciertamente no es una salida airosa, ya que compromete nuestra acreditada competencia como analista. Así que, ante el público que espera respuesta al problema, decidimos calificar el asunto como intrascendente, inverosímil y, en última instancia, como increíble. En realidad suspiramos para que nadie entre a él creyéndose dotado para superarlo. Y si le parece creíble resolverlo, en lo que confiamos es en que no tenga la pretensión de superarnos y humillarnos con alguna solución trivial, con una operación de ésas de principiante.

Idas y vueltas

 A la ida conviene pensar si te hará falta volver y será a la vuelta cuando verás si merece la pena pensar en si fue una buena idea ir.

sábado, 9 de mayo de 2026

Lo que nos llega al oído

 El paseo por las estrechas calles del casco antiguo de Pamplona da lugar, si llevas las antenas bien dispuestas, a escuchar toda clase de quejas, chismes y hasta argumentos. Llegan casi siempre incompletos, con alusiones tácitas que uno se ve obligado a rellenar. El margen de interpretación que ofrecen los hablantes suele ser amplio y da pie a especulaciones sobre qué es lo que acabaron diciendo unos metros más allá, fuera de nuestro radio de escucha. Sus expresiones son de sintaxis irregular ya que contienen un espacio en blanco o un silencio final que nos permite entender lo que queramos, siempre que siga de cerca el guion marcado. Todo esto a cuento de unas palabras que he cogido al vuelo al adelantar a una pareja de damas que paseaban como yo y conversaban en tono algo afligido sobre otra ausente. He captado tan sólo un par de expresiones: una demanda de información cargada de preocupación y la inmediata respuesta entre enigmática y agorera. La una pregunta: «¿Y qué tal está ella?»?. Y la otra responde, caricacontecida según veo al ponerme a la par: «Más o menos normal». No es mucho o quizá es demasiado lo que se puede deducir de ese intercambio de palabras. El estar por el que la primera se interesa se sobrentiende que alude a la salud, tema recurrente, casi obligado, a partir de cierta edad. La pregunta completa podría ser «¿Qué tal está ella de esos males que nos contó el otro día?». La respuesta es todavía más abierta. Tanto el más o menos como el normal dan lugar a suposiciones más o menos anormales, pero si se juntan y se subrayan frunciendo el ceño el efecto se multiplica. Habría que ahondar en lo que tienen ambas por normal y determinar si esa renuncia a cuantificar el desvío de la normalidad es un modo de indicar que la tercera está, en algún sentido médico que se nos escapa, rematadamente mal. Para salir de tan penosa incertidumbre y sacudir toda esa palabrería deprimente puedo imaginar a la primera despidiéndose con: «¿Y vosotros qué tal? ¿Todos bien?». Es ésta una fórmula que, si no provoca una cascada de noticias alarmantes, será respondida con «Vosotros también ¿no?» A partir de ese momento bastará un sencillo gesto de aprobación para satisfacer a ambas y cerrar con una sonrisa el encuentro.

viernes, 8 de mayo de 2026

Fabricantes de vida

Venimos asistiendo desde hace un par de años a la presentación en sociedad (quizá habría que decir en redes sociales) de actores cuya presencia es vaga, virtual, indeterminada o como cada cual prefiera denominarla, sin figura concreta, pero en ningún caso ausentes. Estos actores se han hecho conocidos porque proporcionan la ilusión de intervenir e interactuar con los humanos en paridad, de igual a igual. La sorpresa viene siendo mayúscula e incluso tiene un punto regocijante, hasta el punto de que algunos encuentran en estos "pares" mejor acogida que en los actores habituales y estrechan con ellos sólidos lazos, algo a lo que jamás llegarían con los otros. El trato con esta "gente" modela indudablemente la sensibilidad del conversador que acude a sensaciones cuadriculadas y bien definidas para resolver su desazón. 

Siempre queda el orgullo personal, que  hace que cada uno de nosotros se considere un ejemplar singular. Pero nuestros rasgos (la genética que subyace, cabría decir) son parte de un repertorio finito que, adecuadamente recombinado, puede presentarnos formas activas gemelas y animarnos a conversar con ellas.  Las llamo "formas activas", porque cuesta pensar qué es lo que anima a estos actores y porque, en consecuencia, es difícil entender su juego escénico. Se me dirá que hay toda una arquitectura programada para sustentar cada uno de sus "presuntos genes" y que la flexibilidad combinatoria los lleva a adoptar cualquier forma. Siendo como somos tan reacios a aceptar emociones en los animales, por más que su nombre les atribuya ánima, es bastante lógico que nos resistamos a atribuir alma o espíritu a estas formas, que ni siquiera tienen soporte presencial. No sé cómo se hubieran despachado con estas formas los teólogos medievales y tampoco sé bien en qué estado está la discusión que seguramente han emprendido los actuales. Tras la evaluación de sus dudosas emociones, es probable que adivinen en su comportamiento rasgos vitales. Lo que es seguro es que sin la energía de los centros de datos y sin el complejo fuelle electrónico tampoco puede decirse que realmente tengan vida. Así que la discusión se ha centrado en la inteligencia y en su capacidad para entenderse con nuestro lenguaje.

Como formas activas que son, parecen propensas a hablar y sobre todo a responder, comportándose como una especie de espejo parlante. Sin embargo, su capacidad para desenvolverse en ciertos campos, valiéndose de términos lingüísticos generadores de órdenes ejecutables, las convierte casi en criaturas. Creo que así las consideran todavía quienes las han concebido. No obstante, es probable que sus creadores hayan creado un vínculo con ellas y que las tengan prácticamente por hijos, con la tranquilidad añadida de que son gobernables. Aun siendo formas activas de vida subordinada, el esbozo vital instalado en ellas es lo bastante poderoso como para intervenir en los asuntos mundanos con cierta ventaja. Por el momento rige frente a ellas una admiración que roza en algunos casos la servidumbre, casi la pleitesía. Aun así, todavía las vemos como criaturas de rasgos emocionales limitados. Ahora bien, si son llamadas a la acción y se revisten de máquinas, pueden llegar a ser auténticos actores con un rendimiento portentoso. Los fabricantes señalan como una de sus mayores ventajas, a la hora de ser gobernadas, el hecho de que carecen de moral, o de escrúpulos morales dirían ellos. La vida virtual que va alumbrándose en ellas combina emociones seleccionadas con una potencia muy seria para generar discurso razonable. Y lo que empezamos a ver es que, una vez infiltrada esa vida en artefactos por los fabricantes, las dota de una presencia intimidante y de una efectividad aterradora.

jueves, 7 de mayo de 2026

Una realidad dudosa

 Con paso incierto nos estamos estrenando en un mundo extraño, el de la realidad virtual, un mundo que promete grandes aventuras y posibles avances. Hasta ahora contábamos con la realidad como indispensable refrendo de la verdad. Estaba también la fantasía, la ficción, y en un extremo, al final, la mentira. Eran todas ellas sucédaneos de la realidad que distinguíamos con bastante claridad. Pero como ahora la realidad sale de fábrica tan bien compuesta y no encuentra dificultad para alcanzar nuestros sentidos, no sabemos a ciencia cierta si nos debemos fiar de ellos y consecuentemente de lo que veníamos teniendo por realidad. Estamos más allá de lo que a Descartes tanto le intrigaba en su intento de tener algo por verdadero y que le hizo afirmar en sus Meditaciones metafísicas:  «He experimentado que a veces estos sentidos engañan». El punto no es ahora si los sentidos nos engañan, el punto sigue siendo si contamos con algo incontestable para establecer la verdad. Mucha gente toma hoy la información en pantalla como evidencia real y eso lleva a confusión, a crear múltiples canales de verdad y ahí es donde la duda entra en otro orden distinto al que manejaba Descartes. Hay quien vive actualmente en realidades albergadas en mundos paralelos, con lo que para él la realidad pasa a ser algo que los demás son incapaces de entender. Eso hace que para el común su realidad no exista o que, si lo hace, sea a lo sumo como espectáculo. De modo que el propio concepto de realidad se antoja, ante tal multiplicidad, poco fiable. El propio Descartes cerraba la cita anterior señalando que «es prudente no confiar jamás por completo en quienes nos han engañado una vez». Con ese redoble en la pérdida de confianza es como si careciéramos de suelo. Así que no sería de extrañar que dentro de poco no sepamos ni dónde pisar. 

Aforismos y refranes

 Los aforismos siempre plantean cuestiones más o menos áridas y las intentan someter, con desigual acierto, a la llaneza de una simple frase...