El silencio no tiene dueño, permanece indiferente entre los dos mientras ambos intentan disputárselo para ganar ventaja en la interpretación. Son los ojos los que ansiosos lo penetran con esa intención. A un lado, busca uno liberarse de la apremiante respuesta sin mediar palabra y rechaza el silencio como culpa del otro presintiendo en su desganada intervención algún mal augurio. Del otro lado está quien pretende retenerlo y evitar así que alguna palabra se le escape y esa reservada atmósfera que ambos aún comparten se disipe. A través de su cara el silencio se convierte en un testimonio de su creciente cansancio y de su temor a esa inquina insuperable de quien enfrente con su mirada le acusa. El silencio permanece en él a duras penas, sostenido como prueba de una dolorosa resignación por no saber qué oscuro presagio pudo encontrar su inesperado oponente en ese mudo vacío que los separa. Tanto tiempo de explicaciones y disculpas, de diálogo distendido y amigable, para que venga finalmente el silencio a instalarse y a alentar con la ausencia de palabras el fuego que ya ve brillar en sus ojos. Bastaría una sola palabra, conciliadora quizá, para apagarlo, para ahogar ese silencio malsano, aunque sólo fuera para dar paso con ella a un grito, a un lamento o a un susurro. Puede que eso resultara tan ininteligible como el llano silencio, cierto, pero nadie se atrevería a negar que esa palabra, cualquiera que fuera, sería capaz de romper ese maléfico mutismo si llega preñada de emoción.
lunes, 22 de junio de 2026
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