De lejos, entre miradas urgentes, veo aún vivir figuras asustadas que, atacadas por fuerzas invisibles, se ven arrastradas hacia el fondo por la marea. En mi retina siguen grabadas sus caras despavoridas, envueltas en un clamoroso silencio, víctimas en su rincón de un degradante olvido. Las encuentro siempre allí, a lo lejos, a la espera de un milagro que negocie y evite su declive, y que les ayude a recuperar aquellas sus primeras vidas. Porque lo único que les queda en ésta son espasmódicas rutinas y malsana efervescencia, miedo repentino a cruzar caminos y una aplastante sensación de amargura. Para ellos hay una inercia que empuja su vida y alarga su historia, aun sabiendo que su destino es perfectamente incierto. Hasta donde yo veo, por poco que sea, ellos nada ven, pues marchan ciegos por circuitos cerrados, en la triste confianza de que su vida pase a tener una nueva edición donde se les abrirán puertas más anchas. Y es así, comoquiera que apenas tienen donde mirar, que acaban por patear una y otra vez las mismas rutas sin otra idea que esperar a dar con la salida. Pero esperar no es ahí propiamente vivir, es simplemente un modo de no morir.
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