De lejos, entre amores urgentes, veo aún vivir a las asustadas figuras que, atacadas por fuerzas invisibles, va arrastrando hacia el fondo la marea. En mi retina siguen grabadas las caras despavoridas que, envueltas en clamoroso silencio, siguen a la espera de un milagro que negocie y evite esa deriva ayudándoles a recuperar aquellas sus primeras vidas. Lo único que queda en estas otras son espasmódicas rutinas y malsana efervescencia en los caminos, sensación de actividad, donde la vida es llevada por la inercia histórica hacia un destino perfectamente incierto. Hasta donde yo veo, por poco que sea, ellos no ven, pues marchan ciegos por los circuitos cerrados, sin más aliciente que alcanzar una nueva vida que les abra otras puertas. Y así, como no tienen donde mirar, lo principal para ellos es esperar. Pero esperar no es propiamente vivir, es simplemente un modo de no morir.
sábado, 27 de junio de 2026
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El efecto de la edad
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