En una compañía puntera de primer nivel, el principio darwiniano se manifiesta de un modo bastante peculiar. Al mismo sujeto, campeonísimo capitán de empresa, quejoso porque a su alrededor todos sus subordinados se ausentan de la tarea —si pueden— declarándose en baja laboral por estrés, pues bien, a ese mismo es al que vemos acercarse al jefe de personal hecho una furia a cuenta de la última baja, la de su organizador y mano derecha, y en tono exigente y faltón, le oímos: «Esto es una vergüenza. A ver, Domínguez, ¿se puede saber qué coño le ha pasado a mi robot?». Ya podemos imaginar que el taciturno Domínguez será el siguiente y que, sin tripulación, en unos días el capitán se hundirá con su flamante y exhausta compañía.
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