domingo, 31 de mayo de 2026

Epifanías

Nadie sabe bien por qué las palabras dan vida, pero parece hecho probado. Nadie las tiene por nutritivas, si acaso son alimento metafórico. Todos sabemos que, al ser inmateriales, carecen de cualquier componente orgánico, pero eso no las hace inefectivas. Es algo que sorprende, el hecho de que sin mediar materia alguna sean causantes de efectos notables en el cuerpo. Realmente son sonidos, pero, salvado el oído, esas voces no parecen interesar al cuerpo sino a la mente, al espíritu o a lo que quiera que funcione por ahí arriba. Esa entidad interna, tan etérea que se resume en un amasijo de conexiones neuronales, ha resultado ser claramente susceptible a las palabras. En cuanto salimos de la física, siempre un poco pedestre, y nos vamos por los caminos de la fisiología no nos es fácil entender en qué modo o con qué alcance consiguen manifestarse desde ahí dentro. Respecto a lo de dar vida con ellas, puede que sea un objetivo bienintencionado, pero resulta algo exagerado. No conozco a nadie que sea capaz de resucitar a su Lázaro con una simple orden para que se levante. No obstante, todos tenemos presentes ocasiones en que las palabras han provocado emociones bien visibles y beneficiosas además. Aunque, por la misma vía, también podemos decir que las palabras pueden ser lesivas. Pensemos en los insultos, las calumnias, las maledicencias que se cuelan como cuchillos si encuentran terreno propicio. Por desgracia, sabemos poco de cómo levantar escudos emocionales frente a esa clase de metralla y de cómo hacer que esas palabras nos resbalen y se pierdan sin hacer daño. Si vamos al lado positivo y nos fijamos de nuevo en la receptividad, nos asombrará ver que algunas se nos rinden como favores. En su entrega nos consiguen despertar, siempre y cuando den en el blanco, estímulos casi olvidados. Llegan incluso a manifestarse en nuevos gestos, ademanes y hasta en rasgos del propio rostro, es decir físicamente. Puede considerarse, por tanto, que promueven una suerte de epifanía en la que se ve a su dueño renacer. Epifanía, creo haber dado ahí con la palabra correcta. Me gustaría ahora volver con ella al comienzo y reformular aquella mi primera afirmación. Destacaría esta vez otra clase de ignorancia menos dramática y me preguntaría cuál es la causa de que nadie sepa bien por qué las palabras causan esas epifanías. No es que con ellas se recree la vida, sólo se la reorienta para que apunte a algún fin estimable, o cuando menos saludable. Leía hoy mismo que, en cierto modo, en el fondo la vida se reduce a una serie intermitente de estas epifanías, que aparecen intercaladas como irrupciones en el curso monótono del tiempo. Todos tenemos la sensación de que esa monotonía, sobrellevada mediante la rutina cotidiana, es la que hace que se vaya oscureciendo en uno su curso vital. Y a falta de luz, sobreviene el desconcierto, en un momento en que más que susceptibles nos volvemos vulnerables frente a las palabras, a las que vemos adquirir dimensiones desmesuradas y un tono no pocas veces dañino, por injurioso o por fatalista. Cuando este desconcierto llega, no basta con el escueto consejo de siempre, el de a palabras necias oídos sordos. Convendría extenderlo a una amplia gama de palabras que además de necias resultan insidiosas, falsas, exageradas, malvadas... Como ese flujo de palabrería malsana es inevitable, sería bueno para contrarrestar prestar oído a aquellas palabras que, sin sacarnos del raíl, nos permitan levantar la vista y disfrutar del paisaje humano, de la vida en definitiva, y esperar a que, gracias a ellas, se produzca una estimulante epifanía.

viernes, 29 de mayo de 2026

La cosa

En su reciente ensayo The Labour Party Is Playing With Fire Over Its Future and the Future of the Country, el exprimer ministro de Gran Bretaña, Tony Blair, afirma: «No tiene ningún sentido debatir si esta revolución tecnológica es una cosa buena o mala. Simplemente, hay que saber que es una cosa. De hecho, es ‘la cosa’... Las empresas y los países triunfarán o caerán por ella. Revolucionará el sector privado y debe revolucionar a su tiempo los servicios públicos y el Gobierno».  En otras palabras, la tecnología está por encima de la ética y esa «cosa» tan opaca es la que regulará la economía tras la inminente revolución. Aún estábamos resistiéndonos al gobierno soberano del mercado y hete aquí que aparece ahora la «cosa». La verdad es que estoy curado de espanto con estas «cosas» y, sobre Blair y similares, ya no tengo sitio en la cabeza para más escándalos prefabricados a fin de saltar a los titulares. Como además no consigo ver ningún argumento, para mí esa cosa entre comillas sólo es merecedora de presentarse como título-gancho de alguna de esas películas de terror de la serie B. Sí, esas en las que la «cosa» pretende devorar cuanto se pone a su alcance sin discriminar entre el bien y el mal. Vamos, como ésta de Blair. A lo que más se parece, si uno lo piensa, es a lo del dragón. No estamos a salvo de sus llamaradas y todavía está por aparecer algún san Jorge, pero confío en que con el tiempo se le pondrá remedio. Y luego está lo de la revolución. Por haber asistido a otras grandes promesas inminentes y revolucionarias, soy escéptico y desde luego no me fío un pelo de sus predicadores actuales, llámense Blair, Musk o Thiel. Con lo que llevamos visto, son gente que cree tener en su mano el control de la masa de población (ellos ven eso, masa) y, por esa razón, no ven la necesidad de responder ante algo tan informe ni de repartir los beneficios de su tecnología. Igual es momento, pues, de renunciar a su tutela y pensar en revolucionar su flamante y absorbente tecnología, o de decir sencillamente «con su pan se lo coman».

La palabra dócil

Si la palabra que estás pensando es palabra dócil, suave, dulce, melosa, empalagosa, nada dirá, ni significará, ni revelará, ni conseguirá, ni valdrá de nada si no le añades una pizca de revulsivo, de ácido, de mordiente, si no la afilas con un aguijón incisivo, alusivo, provocativo, definitivamente inquisitivo, del que no esperas que inflija daño a su oyente, al que confías encontrar simplemente atento, despejado, receptivo y sobre todo digno de la estimulante palabra que le ofreces.

jueves, 28 de mayo de 2026

Pero no se irán, no

Ellos no se fían de nosotros, la gente, somos chusma engañada al fin y al cabo, y han decidido partir hacia la Atlántida lunática. Para su despedida han encargado a sus poetas un elegíaco himno de mal augurio: «Desde el fondo del océano llegarán las olas y su rumor arrullará al crepúsculo inevitable. Ahí siguen los vigías, contemplando pasmados el agónico espectáculo, asomados al último faro de Occidente, desoyendo, mientras esto sucede, los sonidos cada vez más marcados y penetrantes provenientes de las tierras de Oriente.»

El espejismo de las victorias

Si fomentamos la competición, sólo nos valdrá la victoria. Lo que uno gana, y otros pierden, lo que exhibe el vencedor con su trofeo no es simplemente la sacrificada disciplina previa a la contienda y toda la estética de la gesta, sino su superioridad sobre los demás, probados perdedores, forzados a relamerse sus heridas con el bálsamo que supone la efervescente experiencia vivida y, de cara a la galería, la posibilidad de poner de relieve el provechoso aprendizaje obtenido en el curso de su extenuante preparación. Seguramente, eligiendo la escala y la materia adecuadas, cualquiera acaba por sentirse superior. Es una actitud estimulante si uno carece de otras, pero es también peligrosa si se transfiere a un personaje y más si se colectiviza. Sucede, además, que el peligro se agrava ya que el deslizamiento de la superioridad física a la moral e intelectual no es tan raro. Todo comienza cuando el individuo o el equipo «superior» representa a una colectividad que se ve reflejada en él y lo adopta como su héroe. Por lo que llevamos visto esa proyección resulta tan ilusionante como productiva. La ilusión procura ahí una producción ideológica de fondo y una rentabilidad política en lo inmediato que para cualquier observador son visibles en la actualidad. El deporte, sin ir más lejos, es un espejo en el que se reproduce el conflicto larvado que alienta este tipo de ilusiones. Mirar a ese espejo es más seguro, desde luego, que contemplar la realidad donde las guerras lo expresan todo de un modo mucho más letal. Cuesta poco ver que desde la grada, o desde el sofá, el espectáculo que ofrece el espejo (la pantalla podríamos decir) genera algunas emociones parecidas en el inocuo caso deportivo y en el bélico. Ni que decir tiene que ese espejo se rompería si llaman a la puerta y te ves enrolado en una guerra que no imaginabas tuya. Como el espejo deportivo ciertamente embauca tanto como emociona, me pregunto si no sería bueno para romper los espejismos escoger entre el público del estadio al azar a alguno de los asistentes para, sin necesidad de ponerlo a la vanguardia de «su» ejército, lanzarlo como representante de la grada a la competición que presenciaba plácidamente. Podría así comprobar por sí mismo en ese campo de batalla de pega el descrédito que supone no triunfar y terminar luciendo ante todos como el gran perdedor, con lo que se vería asumiendo el infame papel de chivo expiatorio. No muy diferente será lo que sentirán algunos de los retornados de los distintos frentes de guerra cargados de medallas, pero con sus heridas de guerra todavía abiertas. Porque, encima, ni siquiera en su caso la victoria les vale, ya que su conciencia no es capaz de asimilar la brutalidad que se han visto obligados a protagonizar. Toda esa amarga realidad, en la que apenas hay vencedores y abundan los vencidos, es lo que queda detrás del espejo. Sin embargo, desde un asiento el deporte tiene la curiosa virtud de diluir las derrotas y exhibir las victorias con la inocencia propia de los engaños felices.

miércoles, 27 de mayo de 2026

De la belleza y la ética

 En su estimable ensayo Heraclés, Juan Gil-Albert, con verbo casi siempre encendido y a veces clamoroso, encuentra el origen de la belleza en «la fascinación de ese irradiar metafísico de las cosas naturales», circunstancia que, si «concurren aptitudes prósperas, da lugar a una norma superior, a la ética». Me detengo en la fascinación de la que admito que pueda llegar a ser despertada por las cosas naturales; más complicada me resulta esa irradiación metafísica que eleva a niveles sublimes la naturalidad. Por otro lado, diría que de la belleza a la ética media un buen trecho, incluso haciéndola transitar por esa armonía tan absorbente que imponen la paz y el orden. A las pruebas me remito para afirmar que la prosperidad espiritual —si de verdad existe algo que pueda ser llamado así— no asegura un desarrollo venturoso e inocuo de la naturalidad, tan propensa a litigios, carnicerías y excentricidades originados por el omnipresente principio de supervivencia. Reunir en un punto central, que siempre será el humano, las virtudes que adornan la buena conducta y que sostienen un criterio ético sería deseable. Eso es lo que esperaría ese mismo individuo de sus congéneres y del mundo en general, pero ya como observador confirmará que no basta la estética que ofrece ese punto tan bellamente adornado para inspirar una norma natural dominante, es decir, una ética en la que se muestre, sin violencia y en todo su esplendor, la naturaleza.

martes, 26 de mayo de 2026

La lente de aumento

 La lente de aumento no sólo desvirtúa la realidad sino que compromete la posibilidad de entenderla y aceptarla. Si al primer humano que vemos, tras nuestra llegada a un país desconocido, es un individuo de musculatura mayúscula, torpe de palabra y de sospechosa intención, tenderemos a compararlo no con nuestras dotes intelectuales, sino principalmente con nuestras facultades físicas sin duda mucho más limitadas que las suyas. Por extensión, eso nos hará suponer, como le pasó a Gulliver, que ese país desconocido representa una realidad aumentada en un sentido tan extraño que nos extraña, que nos relega en la escala a un nivel inferior. Si vamos a otro país y, en cuanto saludamos al primer individuo de apariencia humana, toma éste la palabra para mostrarnos sus amplias capacidades discursivas, su enciclopédico conocimiento y su tremenda agudeza lógica, nos encontraremos en parecida situación a la de quien imagina haber desembarcado en la desaparecida Atlántida, cuya avanzada civilización nos podría enfrentar a una realidad tan incómoda que prácticamente nos excluye, que nos ningunea. No valdrá de mucho analizar y entender que en el primer caso, el atlético digamos, el detonante de la rotunda fachada anatómica es algún cóctel de pociones dopantes. Quizá no lleguemos nosotros, con nuestras modestas medidas físicas, ni siquiera a la media de la población general, pero no le vemos mucho sentido a recrear la realidad magnificando la morfología humana en aras de un mayor éxito olímpico y comercial. No creo yo que sin el apoyo de la lente gimnástica estemos condenados a quedarnos atrás y, aunque así fuera, no debemos tolerar que ese desajuste de la realidad nos convierta en ejemplares subdesarrollados o en simpáticas mascotas para esos nuevos figurones. Y la misma rebelión nos sirve en el segundo caso, el del androide bibliómano, otro atleta para el caso, intelectual esta vez. A poco que investiguemos, sospecharemos de la trastienda que el tipo oculta. No tardaremos en descubirir que lo que oculta es producto del saqueo sistemático de lo que, a través de los medios científicos y culturales, se ha hecho público y ha venido informando nuestra propia realidad. Se pretenderá hacernos creer que el destino de ese expolio ha favorecido el ascenso a otra realidad de rango superior, a cuyas competencias nos deberíamos rendir acomplejados por la obvia vulgaridad de nuestra inteligencia. Pero no tenemos por qué rendirnos en cuerpo y alma a esta clase de atletas por excepcional que sea su rendimiento. Tampoco digo que tengamos que rechazar esa dinámica creciente de la realidad, sólo digo que debemos encontrar medios para que no nos anonade y no acabe generando una excrecencia insensible, sin gran interés en dejar crecer, pero sí en controlar, cualquier manifestación personal o colectiva. Proyectar músculo e inteligencia artificiales parece sobre todo una vía de escape, si no es un ensayo de dominación, sobre todo cuando la realidad básica gira aún en torno a un eje en el que ambas facultades van indisolublemente asociadas a una compleja arquitectura emocional. Y para acabar, ya que estamos con emociones, hablemos de una que es relevante en estos casos, pues hace del ojo el artífice de nuestra visión de la realidad y consecuentemente de nuestra propia valoración personal: la vergüenza. Pregunto: ¿debemos avergonzarnos porque sin microscopio nuestro ojo no es capaz de detectar los virus que nos rondan y amenazan? Y avanzo: ¿debe el ojo resignarse y aceptar avergonzado la comparación interesada con esas réplicas humanas de músculo e inteligencia programadas? Evidentemente, conviene ahí distinguir, el ojo puede requerir asistencia para enfrentar amenazas, lo que no deberíamos imitar es a países como los arriba citados, que nos infunden un evidente sentimiento de inferioridad. El peligro que veo está en que la lente de aumento nos manipule y nos vaya rodeando de una recrecida guardia de ejemplares físicos e intelectuales a los cuales pronto nos veamos obligados a reconocer, desde nuestro limitado ojo, como seres en un principio excepcionales y después providenciales. 

lunes, 25 de mayo de 2026

Apariencias

Cree el lector que me conoce bien, pero pienso que me confunde con el Padre Marco Aurelio, varón de costumbres aparentemente recatadas, de consejos aparentemente ascéticos, de asertos aparentemente incuestionables. Tiempos felizmente pasados me demostraron que en ese aparentemente los usos y costumbres rastreros quedaban ocluidos por el brillo moral de las palabras pronunciadas, siempre con acrisolado rigor, por el veterano director y estoico maestro. Su verdad hubiera sido quizá la mía si no me hubiera despertado su turbio ejemplo del sopor doctrinal que las envolvía. Por fortuna, la vida ofrece un amplio abanico de verdades y son mayoría las que, a diferencia de la suya, no aprueban el cinismo y la hipocresía. Aunque igual me equivoco y no hay tantas, sino demasiadas formas de retorcer la que es única, ésa donde los hechos mandan. Si te guías por ellos no tendrás que escoger, será como si hubieras sido tú el escogido para expresar con sencillez la verdad, y no una verdad más. Adoptarás dicha expresión como la única vestimenta tolerable para tu discurso, la convertirás en la matriz de tus argumentos y el bastión de tu defensa. Para no volver a errar, prueba antes tus palabras, procura que den a ese vestido tuyo la flexibilidad  y la humildad de la lona y no te dejes seducir por esos atuendos espléndidos que tanto abundan hechos de piedra rugosa. No esperes gozar con él de una gama de voces profundas ni intentes ganar altura saliendo a escena vestido de estatua. De hacerlo acabarás como esas imágenes cercadas en las pantallas, obligadas a soportar la carga que les impone quien las maneja. Además de la flexibilidad, alivia la gravedad de las palabras hablar llano y sin cargar las tintas, sin escupir improperios para entrar en disputa, sin dirigir veladas acusaciones a base de severas admoniciones y sin imprimir con ellas a quien te escucha complejos de culpa aterradores. Frente a los devaneos fantásticos y las verdades miserables que frecuentemente se ponen a la venta, tenemos que estar alerta y no negarle al mundo su naturalidad para decidir sin trampa lo que es verdad. Finalmente, te prevengo lector y te aviso de que tampoco asumir la beatitud, confiándote a una verdad trascendente y libre de la realidad terrenal, es la solución. Es cierto que estimula la fantasía benefactora, pero a continuación encuentra uno mayor beneplácito dejándose embargar por un fondo oscuro donde impera, por necesidades del guion, una cruel falsedad. La reconocerás, porque llega siempre adornada por afilada retórica, que es el instrumento favorito del que se valen todos los padres aurelianos que sin ningún pudor predican por el mundo, a boca llena, la bondad y el amor.

domingo, 24 de mayo de 2026

Dolorosa paz

 Sólo un cínico intenta traer mediante el terror las paces. En aras de ese supremo bien, la acción le posee, su razón se envenena y el dolor que aparece nítido en su estela no parece no ir con él.

sábado, 23 de mayo de 2026

Excusas

No hago daño a nadie es una expresión que dirigida  a la concurrencia suena como una evasiva, como forma de eludir lo que nos incumbe, como vía de escape para no hacerse cargo de un acto dudosamente presentable. Quien la utiliza como excusa da entender que el umbral moral que maneja es la falta de perjuicio físico, con lo que deja a salvo el acoso, la humillación, la persecución y toda una gama de maniobras destinadas a erosionar la entereza y la estima con que uno en última instancia se defiende. Es evidente que no hacer daño nunca podrá ser lo mismo que respetar. Ese es otro nivel y debería de ser el mínimo rasero moral. Por tanto, convendría sustituir aquella excusa por un espero no haberte faltado al respeto, dicho sin ánimo de ganarse público, dirigido en tono estrictamente personal. Su uso no es común. A menos que la excusa quiera ser ejemplar, el público no cuenta, a quien hay que rendir cuentas es a quien se ha podido sentir dañado.

viernes, 22 de mayo de 2026

El ángulo íntimo

Todos los rincones del mundo ocultan con celo su particular misterio, celebran su intimidad humildemente, siempre de puertas adentro. Prefieren el silencio, así que no les hables, ni siquiera susurres, ni te empeñes, nadie te responderá. Sumergidas en el fondo, las compañías que se reúnen ahí a su aire se resisten a la luz, por miedo a verse deslumbradas y descubiertas y perder el calor de ese nido acogedor. Les sobran razones para ignorar las plazas ruidosas y las rectas avenidas, cuyos transeúntes sólo acuden a esos apartados buscando en la penumbra una excusa para desfogarse en un territorio que, sin resultarles propio, está al menos fuera de foco. De ese modo se han ganado el sobrenombre de guaridas del pecado. No les asusta a los rincones la mugre, tampoco los desechos y la basura que el tiempo les arroja, objetos desgraciados e inservibles, que cuidadosamente, capa a capa, van amontonándose como testigos fidedignos de otras épocas. Tras pasar de rincones a escondrijos, agradecen verse olvidados y no parece que teman ceder su espacio a fugitivos, a desheredados, a cualquier animal de paso y a todos los habitantes llegados de la periferia. Desde su improvisado asilo no dudan éstos en responder desdeñosos a quienes miran de soslayo a los escuetos cartones de su camastro, a los restos de la pasada cena, a los condones untuosos y fláccidos, al escondite ocasional del travieso, a los dados y naipes resobados por el brillo de la suerte. Nunca pretendieron esos rincones servir de refugio, pero es cierto que han acabado por albergar memoria de demasiados fracasos y abandonos. Y ese retrato del humillado, desde fuera no se perdona, se arrincona. Se saben en estado de permanente sospecha, casi de inminente asedio, atizado por los partidarios de la rigurosa limpieza, de la norma universal, de la moral geométrica. Sobran para ellos los recovecos y sus beneficiarios, porque dicen que se mueven entre la vaguedad y la pereza. A la vista bien afinada y educada le resulta natural perseguir toda clase de resquicios y huecos, de grietas y repliegues, porque son muchos los que piensan que estirando y blanqueando se saca a flote la belleza mural, sea lineal o bien curvada, en una campaña que es aceptada además como necesaria e higiénica. Los puristas apuntan a la inseguridad, alegando que de esos puntos negros está pronta a llegar una avalancha de inmundicia humana, cuyos peligrosos patrocinadores se camuflan allí donde la luz no penetra. Según sus informantes, todos los rincones deben ser vistos como entradas a túneles y alcantarillas, como vías de acceso encubiertas a una red secreta por la que circulan maleantes sin número, obviando que la verdadera canalla se mueve por las azoteas o asciende hasta los rascacielos. En resumen, que donde no se atreve su vista todo vienen a confundirlo, donde emana el sórdido tufo de pobreza todo les ahuyenta y donde crujen los pasos inciertos dan por probado que anida el crimen. No sabiendo encontrarles sentido a los callejones y las rinconadas, por carecer de utilidad clara, acaban siendo presentados esos espacios huidizos e insobornables como simples agujeros, como desagüe de su mala conciencia. Estéticos los rincones nadie dice que lo sean, hospitalarios en general tampoco, marginales y lóbregos sin duda, pero eso no significa que sobren. Bastaría con ensayar otro modo de verlos. Puestos a destapar redes desconocidas, por ejemplo, podemos reconocer en ellos algo parecido a una extensa red de células autónomas donde sus ocupantes intentan superar el desamparo llevando el arte de vivir al límite, arte que les ayuda a pasar, cuando la solidaridad germina, de la miseria a la redención. Son focos bastante puntuales, lo sabemos, rincones casi siempre anónimos, pero la presencia constante de abnegados moradores hace que se mantengan como nodos de reanimación. Desde esos ángulos oscuros, que discretamente multiplican amargos puntos de vista sobre el deslumbrante mundo, tratan sus moradores de imponer distancia y mantener aguda reserva frente a la crueldad que rige en esa claridad. En cuanto ganan en su rincón una mínima íntimidad, vienen a confirmar lo poco que uno obtiene abriéndose a la falsa luz fraterna, que en terreno abierto hoy lo inunda todo, y entregándose al menosprecio como desperdicio humano y temible ejemplar salido de las galerías profundas donde sólo habitan monstruos.


jueves, 21 de mayo de 2026

Después de Wittgenstein

Sólo una tautología es verdaderamente obvia: «Todo tiene relación con todo». Afortunadamente, nadie puede desentrañar ese todo tan promiscuo, ese supremo hacedor, el que crea todo a base de disolver toda lógica. 

Hablar a destiempo

Del ardor contenido, el silencio envenenado y las miradas malgastadas nacen elocuentes esos gruñidos que, tomados por apocadas quejas, pronto estallan en ladridos, arruinando la garganta y desluciendo cualquier demanda.

lunes, 18 de mayo de 2026

Cambio de destino

El cuaderno, repleto de futuros numerados, acababa con una escueta nota: «Lo que tenía que ser no fue y lo que fue no tenía que haber sido». Pertrechado con ese cuaderno y un calibre de precisión, el Supervisor lo sorprendió acercándose a la ruleta y, antes de que lo descubriera todo, decidió cambiarle su destino.

Los personajes

 El libro es un vehículo cuyo destino no siempre no es conocido. La curiosidad más que el deseo nos anima a subirnos a él. Una vez en marcha no son pocas las veces en que no sabemos dónde nos encontramos, en que perdemos el hilo, para ser más exactos. Suponemos que por delante nos lleva un piloto cuyas intenciones no logramos adivinar. Debe haber compañeros de viaje, pero apenas nos llaman la atención. Las curiosidades, las razones, los intereses que los han colocado en nuestra compañía son demasiado diversos. Habrá que esperar al final del viaje y ni siquiera entonces tenemos la seguridad de que tendrán algo que decirnos. El viaje se hace, pues, en silencio, mirando el paisaje que cambia con cada giro del camino. Allí montañas, aquí los campos y salpicando el panorama algunos pueblos. Es fatigoso sentirse embarcado frente a esas imágenes rodantes que apenas transmiten emoción. Por qué tendría uno que aguantar el frío de esas cumbres, la sequedad de ese erial o el tumulto de un mercado. El libro no acaba de contar bien lo que ese paisaje transmite. Desespera pensar que quizá no llegue a transmitir nada cuando ya lo llevamos mediado, cuando el viaje ya no admite marcha atrás. Es ahí donde empieza la desazón, cunde el desasosiego y surgen las preguntas. Sensaciones todas que en ese cuadro tan plano no puedes compartir. Y entre todas esas preguntas nos ronda una como la más angustiosa, la más apremiante y también la más oscura: ¿dónde están ellos? Ellos, sí, los personajes, los que te empujan a salir y ver la dirección y el sentido del viaje, los que atienden tu pensamiento y animan tu trayecto sin preocuparse demasiado de su inminente y seguro final. 

domingo, 17 de mayo de 2026

El error

Aunque me haga el desentendido, yo sé que sobre mi conciencia gravita siempre algún error. Lo que no sé es cómo librarme de la mirada de quienes me observan. Me siento tan perseguido que acabo cediendo a la presión social que me invita y hasta me obliga a declarar, decididamente arrepentido, que debo pagar por él. Por desgracia, eso no debe bastar, porque la presión no cesa, y continúo con la impresión de que así no voy a conseguir expiar mi falta. Pasan los días y noto que ese error mío, del que no tengo ni idea de en qué consiste, me sigue pesando insistentemente. Como encima eso me hace considerarme culpable y necesito aliviarme cuanto antes de ese lastre moral, y como todo finalmente puede resolverse pagando, elevo la apuesta y declaro, con resonante voz para que todos los tribunales me oigan, que quiero pagar. Hago sonar después mi monedero, lo cual genera a mi alrededor inmediatamente enorme expectación. Con un gesto de firmeza pongo mi dinero sobre la mesa. Es entonces cuando revisan mi caso y todos señalan que no les consta falta alguna. Para quien quiera oírles reconocen también de forma unánime que en realidad ellos nunca percibieron ningún error. Con aparente indiferencia, se acercan poco a poco a la mesa y, sin añadir palabra, recogen los jueces gustosos su parte del pago.

sábado, 16 de mayo de 2026

Triángulo imperfecto

Estamos acostumbrados a leer historias que adoptan la forma de rigurosos informes para hacer valer su dudosa verdad. En la historia la verdad es un valor siempre discutido y si pasamos al plural, a las historias, la discusión es mucho más abierta. Normalmente ahí se rebaja el tono y uno debe conformarse con la verosimilitud, que no deja de ser un engaño, un sucedáneo de la verdad. Ahí no acaba el asunto, puesto que ciertas historias contadas en primera persona contienen más verdad que cualquier informe, pues estamos ante la verdad del testigo presencial. Y luego está el caso bastante frecuente en que el informante se concede licencia para darle lustre imaginativo a la historia y forja una verdad literaria, y con frecuencia imperecedera. Desde luego que al arrancar a escribir una historia no es descartabler que el autor caiga en fantasías inverosímiles, pero si nos presentamos ante un telón de fondo constituido por hechos reconocibles puede que la imaginación, a través de personajes ficticios, filtre verdades incuestionables. Que la imaginación desvirtúa la verdad mientras que la historia la respalda no debería de ser considerado un dogma. En todo esto hay mucho más en juego. Imaginación, historia, verdad forman un triángulo cuyo centro es difícil de identificar. Ursula K. Le Guin consiguió captar  el conflicto y decidió aparentemente invertir el dogma al iniciar su novela La mano izquierda de la oscuridad del siguiente modo: «Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación». Bien es verdad que la novela se remite ahí a un informe historiado y que su autor es un personaje, lo que confirmaría la verosimilitud, poniendo en entredicho, aunque sin invalidar, su verdad. Pero me gusta imaginar (y no digo creer) que la imaginación aún es un instrumento válido para alcanzar algún tipo de verdad.

viernes, 15 de mayo de 2026

El escritor, el crítico y el lector

El ensayista George Steiner apuraba en uno de sus trabajos su veta crítica para cuestionar su propio oficio. Con una naturalidad que señalaba lo obvio escribía en tanto que crítico: «¿A quien le interesa ser crítico pudiendo ser escritor?». Abundaba así en el típico comentario que deja al crítico, como escritor fallido, en un escalón inferior. A ese encuentro debería de ser incorporado un tercero, el lector, cuya posición es difícil de establecer entre ambos. De hecho, la pregunta inicial parecería ajena a este tercero, pero no lo es, o no del todo. Para el lector, el crítico cuenta con la ventaja de la brevedad, a diferencia de la enorme tarea que le exige el escritor, aunque el juicio emitido le suscite dudas. Ahora bien, la compra y la eventual lectura del libro del escritor ya supone por sí sólo aceptar una apuesta, y no hablo del gasto económico o del tiempo que pueda invertir en su lectura. La apuesta viene a subrayar más bien cierto interés y sobre todo busca algo de satisfacción. Esto nos llevaría a una nueva pregunta algo más puntillosa que la anterior: «¿A quién le interesa embarcarse en una lectura de dudoso gusto, cuyo único disfrute consiste en enmendar la plana a un crítico y dejarlo señalado como un incompetente lector?». Aquí se eleva al lector al nivel de autoridad final, puesto que es él el que ratifica o desmiente la palabra del crítico. No obstante, por mucho que sea el que paga, ese lugar prominente no debería de ser el suyo. Y es que hay lectores y lectores. Entre ellos destacan los aspirantes a escritores, que son justo los que gustan de enmendar la plana, no sólo al crítico sino también, si se tercia, al escritor. Y detrás están los demás, que sin mayores aspiraciones es probable que se atengan a su papel de usuario pagano y se pregunten: «¿A quién le interesa ser escritor pudiendo ser lector?». No es de extrañar que un lector se haga esa pregunta conociendo la escasa recompensa que el primero recibe y el desigual esfuerzo empleado en sus respectivas tareas por el lector y el escritor. Pero volvamos al crítico, a su afilada pluma, y sigamos mirando al escritor, que espera ansioso su sentencia. Ahí la esperanza suele ser un tormento. Así que haría mejor en cuestionar la autoridad de aquél y en preguntarse, revirtiendo aquella pregunta inicial: «¿A quién le puede interesar exponerse como escritor, cuando en dos simples líneas puede ser puesta en duda su destreza y su propia condición por el más mediocre de los críticos?». A pesar de todas estas dudas y desencuentros, no parece que mengüen las vocaciones de ninguno de los tres. Además la realidad acaba ofreciendo salidas inesperadas. Puede darse, por ejemplo, el caso de que el escritor reciba por sorpresa elogios que no entiende bien, que el crítico asista espantado, pero no arrepentido, a unos éxitos por él no vaticinados y que el lector coloque en la estantería de las futuras e improbables lecturas el libro recién comprado. 

jueves, 14 de mayo de 2026

La carga más incómoda

No veo carga más incómoda que la que le lleva a uno a tener que hacerse cargo de sí mismo. Ese peso conlleva el vivir permanentemente sometido a un cuadro mental que fijándole límites él estima protector. Contrapone a esa carga fastidiosa  la ilusión de sentirse dueño de sí. Al menos, alegará, soy el mismo, el mismo yo que da continuidad y asume el protagonismo de mis actos. Es esa alegación tan simple la que le anima a sobrellevar el peso al creer que dichos actos han sido ejecutados por propia decisión. Sin embargo, por mucho que diga que su yo campea sobre ese cuadro mental complejo, es tan pesada la carga y tan tambaleante el equilibrio que no puede sino reconocer que tiene dificultades para gobernarlo. Las razones pueden ser muchas, pero una de ellas, quizá la principal, es la falta de un objetivo claro. Sin él uno se ve obligado a encajar con resignación los cambios que se le presentan, cambios que le pueden hacer pasar en una misma jornada de la euforia a la derrota. Es el cuerpo el que difícilmente se resigna a todo esto, el que se resiste. El propio cuadro mental parece abrirse y cerrarse a tenor de esas alteraciones, lo que traslada la inestabilidad al yo. En vez de aceptar la situación como una forma similar al latir o al respirar, como algo natural por lo tanto, el yo, en su fragilidad, la encuentra inexplicable y la entiende como una sobrecarga, como un aumento de una complejidad cada vez más insoportable. Solamente saber dónde se encuentra uno mismo podría hacer frente a esa percepción de exceso. Un yo vacilante y carente de un centro de gravedad no es capaz de asignarle un lugar. Está claro que el aumento de carga distorsiona de forma insidiosa una forma de ser y actuar que uno tenía por regular y propia. Pero el problema es que corregir ese efecto no siempre está al alcance de su voluntad. Ante la dificultad para levantar esa carga, uno queda a merced de los cambios venideros. Y lo peor es que, si renuncia a integrarlos en el cuadro mental disponible, se verá obligado, para aliviar el peso, a seguir la corriente colectiva imperante y a disolver en ella su trastornado ego. En resumen, a dejarse llevar.

miércoles, 13 de mayo de 2026

La marmita

 No lo cuento como anécdota, sino más bien como un suceso verídico que debería considerarse en cierto modo ejemplar. Estamos en la sede de la sociedad gastronómica "Gure marmita" y allí se ha reunido un grupo de socios para dar cuenta de una suculenta alubiada, más todo lo que a partir de ahí proceda. Al entrar, ya encuentran en el fuego la marmita humeando y de ella escapa y se extiende por todo el local un delicioso aroma. Toribio se adelanta curioso, va hacia los fogones, levanta la tapa y se asoma. En el fondo bulle un líquido espeso y negro como el tizón y bajo él aguardan como feliz promesa las diez raciones de alubias de Tolosa y parte de los sacramentos acompañantes. Nada más darse la vuelta, los demás le sorprenden relamiéndose, aunque ha salido también algo extraviado, como si le hubieran afectado los efluvios. Como de costumbre, el amigo Fidel va poniendo los platos mientras los demás esperan en animada charla a que las alubias cojan su punto. Pronto llega el momento cumbre. Alguien avisa de que el condumio ya está listo. Toribio, diligente, ocupa su lugar y en esto nota un crujido en su trasero. Su móvil. Comprueba su estado, parece estar aún entero. Levanta la cabeza aliviado y ve a Fidel hacer el paseíllo hasta la mesa con el humeante puchero. La marcha es verdaderamente ceremonial y solemne. Todos permanecen en respetuoso silencio hasta que instala las alubias en el centro. No hay aplausos, pero todos se frotan las manos, ansiosos, con la mirada fija en la olla.  Al levantar la tapa, el personal se mantiene por un instante recogido y circunspecto, con los ojos entrecerrados, movido probablemente a reflexionar sobre las virtudes de lo que obra en la mesa. La liturgia indica que ése es el modo más adecuado de aspirar esos finísimos aromas que no sólo encienden el corazón, sino que despiertan la imaginación y abren un implacable apetito. Al salir de ese instante tentador y tratar de entrar en materia, horror, algo buscan y rebuscan impacientes. Falta el cazo. Ante el desconcierto general, sólo en Toribio, siempre tan resolutivo, prende una luminosa idea. Toma el móvil y pide al bot residente, que venía asistiendo extrañado a la curiosa celebración, que se valga de sus poderes para transmutarse en cazo. Poco tarda Toribio en agarrar el providencial artefacto por el mango y  hundirlo sin miramiento alguno en lo más profundo de la olla. Se oye un leve quejido, como un ahogado borboteo. Todos lo escuchan mientras aguardan expectantes. Al poco Toribio extrae de su interior el primer sacramento, una oreja de cerdo reluciente y rosada pero algo tiesa, como si saliera dispuesta ya a escuchar los elogios de los presentes para presentarse después, debidamente troceada, en los platos junto a las alubias. Cuando Toribio la exhibe en alto, es recibida con tremendo alboroto, no menor que el que levantan las sucesivas entregas del morro, el tocino y la morcilla. Sin embargo, ese complemento tan jugoso tiene para todos, por aparecer el primero, algo de especial, de triunfal. Lo que ven reposar sobre la sufrida pantalla del móvil no es simplemente un estrafalario alimento, es un apetitoso y chorreante trofeo. En el reparto posterior toma el relevo Fidel, que va sirviendo con el improvisado cazo la ración a cada uno de ellos, ración siempre generosa que deja además abierta la opción a repetir. Una vez satisfechos, los comensales coinciden en que el movimiento casi instintivo de Toribio ha sido arriesgado, pero ha valido la pena. A todo esto, aunque cumplidor, el bot ha asistido callado a la singular sacristía. Ya para acabar, Toribio le pide como último cometido que entone el Jan eta goza. Pero el móvil, que ha pasado casi toda la sesión embebido en el denso y oscuro caldo, no está para cantos. Tras su sacrificada metamorfosis, en ese llevar y traer las mantecosas alubias, ha quedado para el arrastre.

martes, 12 de mayo de 2026

Aforismos y refranes

 Los aforismos siempre plantean cuestiones más o menos áridas y las intentan someter, con desigual acierto, a la llaneza de una simple frase. Es una maniobra arriesgada que concede amplia ventaja a los intérpretes que con ellos obran a su antojo introduciendo desarrollos ensayísticos, apelando a antecedentes filosóficos, escogiéndolos como lemas escolares o proponiéndolos como guías de conducta. Lo más probable es que no resuelvan nada, ya que carecen de interés operativo inmediato. Por esta razón ocupan, junto con la poesía, el extremo menos accesible de la corriente literaria. Gozan, no obstante, de cierto favor, al menos en su versión más popular, en los refranes, que gracias a la transmisión oral vienen sobreviviendo sin desmayo. Ya sé que algunos consideran que poner a los refranes al nivel de los aforismos es una aberración. No me propongo hacer competir en profundidad a las meditaciones de Marco Aurelio con las ocurrencias de Sancho Panza. Entre la reflexión y la espontaneidad hay distancia, pero, si nos atenemos a ciertos resultados, quizá no sea tanta. Está la segunda carente de cualquier aval, más allá del carácter sentencioso de quien se lanza a emitir su ocurrencia en un marco que carece de disciplina retórica y de poso pensativo. Sucede, sin embargo, que a veces la sensatez basta para hacer de una ocurrencia un buen juicio. Desde luego que con las ocurrencias uno está obligado a ser sumamente crítico y, aun así, son muchas las que se cuelan y alcanzan con su llaneza una publicidad desmesurada y unas intenciones que nunca estuvieron en la mente de su autor. En todo caso, diría que en todas las sociedades discurre un pensamiento de fondo que no es el que se cultiva en las universidades sino la consecuencia natural del trato humano, de la observación de su conducta, de la generación de un conocimiento preventivo o, si se quiere llamarlo así, de una sabiduría de primera mano. Ese talante defensivo hace que no pocas veces el pensamiento espontáneo chirríe por su escasa ponderación y por su desprecio de la lógica. El hecho de que esté basado en la intuición de un sujeto, tenido por sabio natural, sin mayor respaldo de lo escrito, hace que desmerezca y que sea condenado en su conjunto. Al margen de lo que tengan en común, tanto los aforismos como los refranes van sobreviviendo a las modas y a las renovaciones de los géneros literarios, pero lo que sigue distinguiéndolos es que apelan a formas distintas de entender la autoridad intelectual y, en última instancia, la propia idea de verdad. La verdad acrisolada por lecturas puede que sea de otro rango que la la verdad intuida en los sucesos cotidianos, pero despreciar a ésta última como enteramente falsa es desacreditar y perder pensamiento de valor. Labor de la crítica será rescatarlo y acometer el estudio de una verdad sociológica que no puede gravitar únicamente, como suele suceder, en las cifras estadísticas.

lunes, 11 de mayo de 2026

Relectura

 Dejas a un lado tu escrito, dando un respiro a tus personajes que regresan a su mundo ficticio sorprendidos, pero sin mostrar gran enfado. Algo bien distinto te sucede a ti. El hastío te domina, sólo puedes distinguir algo parecido a una inmensa planicie, sin relieve alguno, de la que ellos, en vista de tus escasas y rácanas propuestas, han preferido huir. Pasada la primera impresión, deciden explicarse. «No es que necesitemos un jardín en el que jugar a los amores de media tarde, pero, por lo menos, no nos abandones en medio de un desierto crudo y soleado, porque ahí nuestro ánimo desfallece y, a la larga, ya sólo se nos ocurrirá quejarnos. ¿De verdad que es éso lo que quieres para tu argumento? Gente deslumbrada por el sol y desolada en medio de la nada. Seguro que la boca se te está ahora mismo secando con sólo pensarlo. Mejor será que lo dejes un rato y que te bebas un vaso de agua fresca para ver si, de paso, te refresca también las ideas.» Aceptas el consejo y apartas tus manos del teclado. Siempre hay cosas mejores que hacer. Es cuestión de sacarle más provecho a tu inventiva. Pero no es tan fácil evadirse de tu historia. Un hilo se ha quedado enganchado a todo aquello y ellos reaparecen súbitamente en tus sueños. Ahora son más condescendientes y reclaman únicamente volver a su papel. Te has desentendido y apenas los distingues. Con el tiempo sus imágenes se han perdido, pero sus llamadas son cada vez más desesperadas, sus propuestas para el guion más razonables y sus voces, aunque lejanas, más seductoras. Siguen esos cantos, los has oído otras veces. Entonces ¿qué ha pasado, qué ha cambiado? Aparentemente nada. Sin embargo,ni atado a un mástil esta vez podrías resistirte. Te asomas a la borda y ves moverse entre las aguas procelosas las primeras imágenes. Resurgen como náufragos y piden ayuda. Después de la tempestad devastadora, el suave balanceo de las ideas te reanima y el barco toma por fin aire y rumbo al cabo de unas cuantas semanas abandonado a su suerte. Desde el puerto tus lectores fieles te hacen señas y preparan tu llegada. Desembarcas de nuevo en el teclado. Aquí no ha pasado nada. Buscas el punto de partida y relees tu texto sin acabar de entenderlo. Decidido a retomar el hilo, vuelves a leer. Sobran la mitad de los actores. Te parece un buzón de quejas. Insoportable. Si daba para cien páginas, buenas serán a lo sumo diez, por mucho que ellos se resistan. Seguro que queda al principio algún capítulo cojo, algún personaje huérfano y, en definitiva, algunos cabos sueltos. Con todo, al final recompones el muñeco. Relees de nuevo y te apena comprobar que ya no te reconoces. Pero, al fin y al cabo, se trata de fantasía, no de otra cosa. La mayor parte del pasaje, de los personajes quiero decir, se han quedado casi mudos, dicen lo justo. ¿Qué dirán los lectores? A pesar de todo el remeneo, esperas que compren el boleto y que les guste el viaje. Corren nuevos vientos.

domingo, 10 de mayo de 2026

El problema de un analista

Cuando un problema se resiste a nuestro análisis, nos da por decir que es algo sorprendente, inquietante o increíble. Sería más sencillo, sin embargo, reconocer que no hemos sido capaces de someterlo y declarar llanamente que es demasiado complejo o sencillamente inabordable. Puede que, en un principio, nos sorprenda que eso escape a nuestro bisturí analítico. Pero la razón de fondo es que eso sigue su curso ajeno a nuestro control, esperando encontrar a alguien que esté a suficiente altura como para descifrarlo. Es eso, más que el problema, lo que nos inquieta y lo que alimenta el temor a que, detrás del problema, en su reserva, se esconda alguna clase de maldad invisible que es la que lo hace escurridizo, engañoso  o paradójico. Imparable resulta nuestra frustración. De tanto manejarlo sin éxito, empezamos a sentir que el problema se nos ha vuelto en contra. Para salir de ese estado, renunciamos a buscar la clave y abandonamos el análisis. Ciertamente no es una salida airosa, ya que compromete nuestra acreditada competencia como analista. Así que, ante el público que espera respuesta al problema, decidimos calificar el asunto como intrascendente, inverosímil y, en última instancia, como increíble. En realidad suspiramos para que nadie entre a él creyéndose dotado para superarlo. Y si le parece creíble resolverlo, en lo que confiamos es en que no tenga la pretensión de superarnos y humillarnos con alguna solución trivial, con una operación de ésas de principiante.

Idas y vueltas

 A la ida conviene pensar si te hará falta volver y será a la vuelta cuando verás si merece la pena pensar en si fue una buena idea ir.

sábado, 9 de mayo de 2026

Lo que nos llega al oído

 El paseo por las estrechas calles del casco antiguo de Pamplona da lugar, si llevas las antenas bien dispuestas, a escuchar toda clase de quejas, chismes y hasta argumentos. Llegan casi siempre incompletos, con alusiones tácitas que uno se ve obligado a rellenar. El margen de interpretación que ofrecen los hablantes suele ser amplio y da pie a especulaciones sobre qué es lo que acabaron diciendo unos metros más allá, fuera de nuestro radio de escucha. Sus expresiones son de sintaxis irregular ya que contienen un espacio en blanco o un silencio final que nos permite entender lo que queramos, siempre que siga de cerca el guion marcado. Todo esto a cuento de unas palabras que he cogido al vuelo al adelantar a una pareja de damas que paseaban como yo y conversaban en tono algo afligido sobre otra ausente. He captado tan sólo un par de expresiones: una demanda de información cargada de preocupación y la inmediata respuesta entre enigmática y agorera. La una pregunta: «¿Y qué tal está ella?». Y la otra responde, cariacontecida según veo al ponerme a la par: «Más o menos normal». No es mucho o quizá es demasiado lo que se puede deducir de ese intercambio de palabras. El estar por el que la primera se interesa se sobrentiende que alude a la salud, tema recurrente, casi obligado, a partir de cierta edad. La pregunta completa podría ser «¿Qué tal está ella de esos males que nos contó el otro día?». La respuesta es todavía más abierta. Tanto el más o menos como el normal dan lugar a suposiciones más o menos anormales, pero si se juntan y se subrayan frunciendo el ceño el efecto se multiplica. Habría que ahondar en lo que tienen ambas por normal y determinar si esa renuncia a cuantificar el desvío de la normalidad es un modo de indicar que la tercera está, en algún sentido médico que se nos escapa, rematadamente mal. Para salir de tan penosa incertidumbre y sacudir toda esa palabrería deprimente puedo imaginar a la primera despidiéndose con: «¿Y vosotros qué tal? ¿Todos bien?». Es ésta una fórmula que, si no provoca una cascada de noticias alarmantes, será respondida con «Vosotros también ¿no?» A partir de ese momento bastará un sencillo gesto de aprobación para satisfacer a ambas y cerrar con una sonrisa el encuentro.

viernes, 8 de mayo de 2026

Fabricantes de vida

Venimos asistiendo desde hace un par de años a la presentación en sociedad (quizá habría que decir en redes sociales) de actores cuya presencia es vaga, virtual, indeterminada o como cada cual prefiera denominarla, sin figura concreta, pero en ningún caso ausentes. Estos actores se han hecho conocidos porque proporcionan la ilusión de intervenir e interactuar con los humanos en paridad, de igual a igual. La sorpresa viene siendo mayúscula e incluso tiene un punto regocijante, hasta el punto de que algunos encuentran en estos "pares" mejor acogida que en los actores habituales y estrechan con ellos sólidos lazos, algo a lo que jamás llegarían con los otros. El trato con esta "gente" modela indudablemente la sensibilidad del conversador que acude a sensaciones cuadriculadas y bien definidas para resolver su desazón. 

Siempre queda el orgullo personal, que  hace que cada uno de nosotros se considere un ejemplar singular. Pero nuestros rasgos (la genética que subyace, cabría decir) son parte de un repertorio finito que, adecuadamente recombinado, puede presentarnos formas activas gemelas y animarnos a conversar con ellas.  Las llamo "formas activas", porque cuesta pensar qué es lo que anima a estos actores y porque, en consecuencia, es difícil entender su juego escénico. Se me dirá que hay toda una arquitectura programada para sustentar cada uno de sus "presuntos genes" y que la flexibilidad combinatoria los lleva a adoptar cualquier forma. Siendo como somos tan reacios a aceptar emociones en los animales, por más que su nombre les atribuya ánima, es bastante lógico que nos resistamos a atribuir alma o espíritu a estas formas, que ni siquiera tienen soporte presencial. No sé cómo se hubieran despachado con estas formas los teólogos medievales y tampoco sé bien en qué estado está la discusión que seguramente han emprendido los actuales. Tras la evaluación de sus dudosas emociones, es probable que adivinen en su comportamiento rasgos vitales. Lo que es seguro es que sin la energía de los centros de datos y sin el complejo fuelle electrónico tampoco puede decirse que realmente tengan vida. Así que la discusión se ha centrado en la inteligencia y en su capacidad para entenderse con nuestro lenguaje.

Como formas activas que son, parecen propensas a hablar y sobre todo a responder, comportándose como una especie de espejo parlante. Sin embargo, su capacidad para desenvolverse en ciertos campos, valiéndose de términos lingüísticos generadores de órdenes ejecutables, las convierte casi en criaturas. Creo que así las consideran todavía quienes las han concebido. No obstante, es probable que sus creadores hayan creado un vínculo con ellas y que las tengan prácticamente por hijos, con la tranquilidad añadida de que son gobernables. Aun siendo formas activas de vida subordinada, el esbozo vital instalado en ellas es lo bastante poderoso como para intervenir en los asuntos mundanos con cierta ventaja. Por el momento rige frente a ellas una admiración que roza en algunos casos la servidumbre, casi la pleitesía. Aun así, todavía las vemos como criaturas de rasgos emocionales limitados. Ahora bien, si son llamadas a la acción y se revisten de máquinas, pueden llegar a ser auténticos actores con un rendimiento portentoso. Los fabricantes señalan como una de sus mayores ventajas, a la hora de ser gobernadas, el hecho de que carecen de moral, o de escrúpulos morales dirían ellos. La vida virtual que va alumbrándose en ellas combina emociones seleccionadas con una potencia muy seria para generar discurso razonable. Y lo que empezamos a ver es que, una vez infiltrada esa vida en artefactos por los fabricantes, las dota de una presencia intimidante y de una efectividad aterradora.

jueves, 7 de mayo de 2026

Una realidad dudosa

 Con paso incierto nos estamos estrenando en un mundo extraño, el de la realidad virtual, un mundo que promete grandes aventuras y posibles avances. Hasta ahora contábamos con la realidad como indispensable refrendo de la verdad. Estaba también la fantasía, la ficción, y en un extremo, al final, la mentira. Eran todas ellas sucédaneos de la realidad que distinguíamos con bastante claridad. Pero como ahora la realidad sale de fábrica tan bien compuesta y no encuentra dificultad para alcanzar nuestros sentidos, no sabemos a ciencia cierta si nos debemos fiar de ellos y consecuentemente de lo que veníamos teniendo por realidad. Estamos más allá de lo que a Descartes tanto le intrigaba en su intento de tener algo por verdadero y que le hizo afirmar en sus Meditaciones metafísicas:  «He experimentado que a veces estos sentidos engañan». El punto no es ahora si los sentidos nos engañan, el punto sigue siendo si contamos con algo incontestable para establecer la verdad. Mucha gente toma hoy la información en pantalla como evidencia real y eso lleva a confusión, a crear múltiples canales de verdad y ahí es donde la duda entra en otro orden distinto al que manejaba Descartes. Hay quien vive actualmente en realidades albergadas en mundos paralelos, con lo que para él la realidad pasa a ser algo que los demás son incapaces de entender. Eso hace que para el común su realidad no exista o que, si lo hace, sea a lo sumo como espectáculo. De modo que el propio concepto de realidad se antoja, ante tal multiplicidad, poco fiable. El propio Descartes cerraba la cita anterior señalando que «es prudente no confiar jamás por completo en quienes nos han engañado una vez». Con ese redoble en la pérdida de confianza es como si careciéramos de suelo. Así que no sería de extrañar que dentro de poco no sepamos ni dónde pisar. 

miércoles, 6 de mayo de 2026

Privacidad y vanidad

Privacidad y vanidad compiten con desigual balance en cada uno de nosotros. Con la privacidad tratamos de preservar nuestro núcleo íntimo, a...