Dejo para los estudiosos debatir si gracias al efecto Gutenberg y el consiguiente aumento de obras de recreo alejadas del escenario se puede hablar de cierta trasposición del género teatral a la novela. A mí me parece bastante natural ver ese paso como una consecuencia en la evolución de la literatura. Así que, sin ánimo de polemizar, voy a dar ese traslado por cierto. Lo hago más que nada porque me interesa destacar cómo en la novela se mantienen un par de elementos teatrales de importancia, pero que pueden pasar, sin embargo, desapercibidos. El primero de ellos se ve considerablemente reducido en la novela, y a veces hasta desaparece, pero sigue considerándose un nervio eficaz a la hora de agilizar el relato. Hablo del diálogo, que en la escena es el elemento fundamental, sin el cual el paseo de los personajes por las tablas carecería de sentido. El segundo elemento heredado, menos obvio, sería el escenario. En muchas novelas la secuencia que componen los escenarios marca el ritmo de la obra y sirve para articular sus capítulos, algo que también sucede en el teatro. Evidentemente, se pueden exceptuar muchas novelas que por su trazo lírico o por la continuidad que se impone al relato no se corresponden con esa estructura. Fuera de esta revisión quedaría un tercer elemento, el más evidente, los personajes, porque a diferencia de los otros dos es un elemento que en ninguna novela puede pasar desapercibido. De hecho, son los que soportan el peso del discurso que la mantiene viva, pues por mucha fluidez y vivacidad con que se carguen los diálogos y por grande que sea el grado de detalle con que se describe la trastienda física que avala la acción, los diálogos y los escenarios no pueden competir con la verdad que transmiten los personajes. No obstante, desmerecería el relieve de ambos si dijera que simplemente acompañan o contribuyen, porque frecuentemente esos dos elementos determinan y confieren un carácter inequívoco a la historia. Con ver la importancia de los escenarios en la novela policíaca o en la histórica queda demostrado de qué hablo. Actualmente el problema está en que con la irrupción de las imágenes se prefiera tratar los escenarios de una manera visual antes que hacerlo descriptivamente. En el cine alguno de los géneros, la comedia por ejemplo, ha readaptado parte del legado de los diálogos teatrales. No parece que superen el pulso poético que uno encuentra en autores como Shakespeare o Molière, pero los hay muy directos de intención y de giros chispeantes. Lo que sin duda se ve más difícil de relegar es el juego de los personajes, que como actores o como narradores de relatos se presentan involucrados con una destreza, más o menos singular según cada caso, pero visible a ojos de cualquier agudo lector.
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