jueves, 30 de julio de 2026

A sus órdenes

Por una vez recibí con agrado su orden. Movía casi a compasión porque había llegado con pinta de estar con resaca, pasando por un mal despertar, en estado de extrema confusión. Me miró fijamente, los ojos vidriosos, y sin dejar de fruncir el ceño tuvo de repente un insólito arranque de sensatez. En tono tajante y en voz bien alta me soltó: «Te prohíbo terminantemente que hagas lo que yo te diga». Como bien mandado, tomé buena nota de ello. Fue luego cuando me vino el lío, porque no sabía si la orden incluía lo que me había prohibido o no.

miércoles, 29 de julio de 2026

Los muertos vivientes

La figura del muerto viviente gozaba de cierta raigambre literaria que en la actualidad se ha visto renovada y prácticamente copada por la irrupción del zombi. Casi todo el mundo está familiarizado con este género poshumano a través de la larga saga de recreaciones cinematográficas aparecidas desde que en 1968 George A. Romero eligiera a los zombis como protagonistas de su película La noche de los muertos vivientes. Con una presencia más silenciosa y menos estridente, el muerto viviente ya habia dejado huella en la literatura, pero hurtándose a la realidad, entre espacios vacíos y abstractos, paseando por arquitecturas tan ideales como desérticas, donde muerte y vida confraternizaban para dar pie a alegorías cuyo carácter resultaba un tanto metafísico. No es que careciéramos de una versión física y tangible de esas alegorías, pues las encontramos escenificadas en arquitecturas de factura clásica y vocación triunfalista cuyo destino no es otro que enaltecer y hacer revivir a los muertos. La propia ciudad en la que vivo posee un patético ejemplo de esta arquitectura de regusto político y aliento totalitario. El monumento al que me refiero mantiene esa inspiración clásica en sus formas, pero en una solución tan tosca y grandilocuente que ofende a la vista. Al fondo de una de las vías más importantes se levanta como un horrible tapón con un título sobre la entrada que en su día quizá hizo vibrar de emoción a los deudos de los aludidos, o sea a los caídos en la cruzada, a los sublevados contra el orden constitucional y la paz civil sería mejor decir, pero que hoy muchos consideramos ofensivo. Esa alianza con la muerte impregna el espacio y vacía de cualquier sentido su interior, salvo el excluyente y punitivo hacia quienes murieron por no secundar la asonada militar. Hasta hace no mucho se pretendía incluso mausoleo y reivindicaba la memoria de los dos generales golpistas con desprecio implícito hacia quienes les habían acompañado en su odiosa aventura. Lo único que cobraba vida era el terrible mastodonte, grotesco símbolo que bastaba con mirar para que te llegara hasta adentro, pidiendo muerte, como un estoque. Sobre este malsano encuentro de lo vivo y lo muerto, que a diario contemplan mis vecinos, se explaya mucho mejor que yo, aunque con argumentos más filosóficos, Lázsló F. Földényi en su ensayo Los espacios de la muerte viviente. En tanto que presentes y ausentes en esos espacios sutiles, sus improbables habitantes, a los que ni siquiera deberíamos calificar propiamente como tales, son descritos por él en unos términos bastante inquietantes. Encerrado en algún suntuoso y dilatado cobijo, cada uno de ellos «vive en un presente continuo que no discurre ni pasa, padece en el tiempo la intemporalidad. Su destino es una inmortalidad perversa.» Sólo me queda añadir, por mi parte, que malograr la ansiada inmortalidad de ese modo, poniendo en permanente malestar, a medio camino entre vida y muerte, lo más propio de nuestra esencia, a saber, esa identidad humana que el tiempo nos concede, más que un premio póstumo es una condena a perpetuidad. En lo que respecta a ese monumento cercano destinado a detener el tiempo en el día de una ignominiosa victoria sólo decir que, cuanto más persiste en pie, más se parece a la morada de unos penosos zombis, y que ningún muerto, pienso yo, se merece semejante albergue.

Tener por seguro lo que no es seguro

El esquema es cada vez más frecuente. En realidad se trata de una fórmula retórica que pretende fijar la errática atención del lector y que consiste en interpelarle con una pregunta muy simple: ¿Es seguro...? y  a continuación se deja caer un verbo relativo a una acción cotidiana y aparentemente inofensiva. Puede ser comer patatas, ducharse con agua fría, tomar café descafeinado o incluso acudir al médico del ambulatorio. Generalmente la duda que se genera apelando a la inseguridad tiene su inmediata resolución en el propio artículo. Mejor comer aguacate que esquilma acuíferos que patatas, ducharse con agua caliente aunque se gaste más energía, pedir café con cafeína que es de más calidad y no contiene residuos cancerígenos y acudir a la medicina privada cuyo pago mensual la hace más fiable. Sorprendentemente estos mensajes, pese a formar parte de una obvia estrategia publicitaria, calan con facilidad entre el público. No digo entre ese público que tiende a sentirse inseguro y que busca protección y longevidad a toda costa, sino en el público en general. Las autoridades exhiben ufanas múltiples órganos de control, principalmente los personificados por las fuerzas del orden, pero nada de esto logra contrarrestar los mecanismos de intimidación que de forma solapada obran en favor del pago por una mayor seguridad, de la que vemos que abarca cada vez más aspectos: alimentación, ocio, educación, sanidad, etc. A cualquiera se le ocurre que la serie de preguntas montadas con ese esquema podría perfectamente finalizar con la siguiente: ¿Es seguro para el equilibrio mental —y para el pecunio propio— seguir leyendo consejos que invitan a pagar con la promesa de obtener más seguridad y mayor bienestar físico?

martes, 28 de julio de 2026

Viajar ligero

A medida que avanzas no te atreves a pensar en aquello de lo que tienes que prescindir para ir más allá. Cuando por fin lo piensas, te asusta el previsible balance de pérdidas. Más tarde lamentas que el tiempo perdido en conservar te haya impedido ir hacia adelante y que, acomodado entre tus cosas, hayas desatendido el impulso que te hubiera hecho avanzar.

La extraña renovación

Uno no sabe bien a qué carta quedarse: si es mejor estar perdido o ir a la deriva. Al menos perdido crees marchar por el intrincado terreno en que te has metido con la esperanza de encontrar la salida y, mientras aún mantienes tus fuerzas, a ello te dedicas con mayor o menor ahínco. La deriva, sin embargo, representa otra fase que va más con el abandono, la renuncia y la desesperación. Ir en esa dirección es, en cierto modo, como marchar al encuentro con la nada. Es verdad que ambos son estados en que no se vislumbra el dolor, pero en los que, a cambio, parecen vagar a nuestro alrededor figuraciones, fantasmas e imágenes que nos afligen dejándonos una impresión no menor. Una diferencia sensible es que el dolor puede llegar a ser reversible, pero las impresiones que llegan en esos estados generan visiones que nos persiguen, que se instalan en la mente y parecen casi indelebles. De hecho, no es tan sencillo revertir esos estados y, según sea el caso, conseguir salir del atolladero o burlar el sumidero. Nadie sabe a ciencia cierta si ha vuelto realmente de la nada. En el caso de la espesura, uno al menos se abre a la luz y se fija un horizonte esperanzador que le hace creer que ya no está totalmente perdido. En esto conviene, sin embargo, no engañarse, porque ahí puede uno ir a parar a otra fase, aparentemente nueva, de extraña conformidad y dudosa satisfacción. Me refiero en concreto a ese estado de euforia artificial, del que siempre sospechas que debe ser efímero, pero al que te acoges porque te genera expectativas, por más que las adivines falsas o cuando menos vidriosas. Como tampoco hay ahí lugar para la decepción, eso te permite acceder a un limbo confortable. Y sin embargo, aunque imagines que tu vida se ha visto por fin renovada al librarte de anclajes obsesivos, enseguida adviertes que nada de lo que tienes por delante, deseos y proyectos, tiene una clara definición. Entonces es cuando presientes que aquellos estados de derrota te cobraron su peaje y que has vuelto al mundo convertido en un fantasma.

lunes, 27 de julio de 2026

Tendrás que imaginarlo

Es poco lo que puedo decir de él. Dinamismo puro, no tuvo tiempo ni de morir. Lo retuvo un instante el espejo, pero tanta era su energía que se quebró. Escapó de esa muerte y su imagen se perdió. Hoy para el tiempo sólo es un fugitivo. A ti te parecerá que ya no vive, pero él nunca deja de actuar y por ahí sigue.

domingo, 26 de julio de 2026

La falacia del odio reversible

Una vez más, en el ejercicio del poder, se procede a una suerte de involución verbal. Mediante el juego con palabras, lo que pretende ser, sin tapujos, una acción de «saneamiento» ideológico acaba indefectiblemente en paradoja. Lo hemos visto con las ostensibles volteretas que se le vienen dando a ideas que creíamos firmemente reconocidas como la libertad, la igualdad y la fraternidad. Es así como, para pasar al ataque «sanitario» y hacer creer que es pura defensa, el turno le ha llegado al odio. El odio, tal como todos lo entendemos, es unidireccional y el contraodio tiende a ser una maniobra sobre todo defensiva. Desde el poder es sencillo disponer los medios audiovisuales para caldear temas y avivar las llamas en tertulias de medio pelo y filtrando información incierta, descalificadora y generalmente humillante. Por esa vía lo que se fomenta es odio y, cuando sus efectos quedan a la vista, lo que vemos no es medianamente discutible. La novedad es ver a esa misma gente, a los agentes del odio quiero decir, calificando las desavenencias y protestas ante sus desmanes notorios, bien reconocidos, como manifestaciones merecedoras de castigo penal, como delitos de odio. Conviene señalar que, por mucho que quieran, el odio no es reversible, y que su furor progresa demasiado fácilmente cuando se airea desde el poder. Desde ahí se ve el contraodio como ofensa a la autoridad, cuando sólo hay resistencia al señalamiento y al abuso verbal. Para ello le dan la vuelta al odio y a la propia palabra, empleándola como arma oportunista, mediante sus múltiples agentes, a conveniencia. Es de lo más sangrante que alguien como Benjamin Netanyahu acuse al alcalde de Nueva York de promover el odio por declarar que debería de ser detenido por crímenes de guerra para comparecer ante el Tribunal de Justicia Internacional y es terrible que busque la connivencia de su protector americano para tumbar al órgano de justicia que lo persigue.

La renuncia de los bosques

Puede que sea una idea delirante, que no pretende ser estética, pero da la impresión de que los bosques, ante el agresivo asedio de los cultivos, la violación gratuita de su ancestral silencio y la gradual pérdida de sus ejemplares más veteranos, simplemente se suicidan entregándose al fuego.

Entre enigmas e intrigas

Vienen tiempos crudos, tiempos que exigirán libros tenaces y afilados, capaces de penetrar en lo oscuro, animar destellos y acabar con los enigmas y, si no, que por lo menos sean escurridizos y perversos, capaces de salvar prejuicios, arruinar silencios y despertar a la intriga. Porque sólo se puede someter al tiempo desatando pasiones que se abran paso en espacios ásperos y turbios. ¡Quién supiera escribirlos, aunque pierda en el envite la cabeza y tenga que salir después corriendo! Lectores seguro que no les van a faltar. En ellos hemos cifrado nuestras esperanzas.

sábado, 25 de julio de 2026

Los bibliotipos

Sin duda el libro es algo más que un mero objeto. Basta ver las diversas actitudes personales que genera y cómo todas ellas se acaban concretando en una numerosa familia de bibliotipos, la mayoría bien conocidos, cuya afinidad a él completa una escala que va de la filia a la fobia pasando por una amplia gama de tipos intermedios. Esa gama recuerda un poco a lo que sucede con la bondad que va del bueno al malo pasando por un montón de tibios que entre los marcados extremos parece que sólo hacen feo. Aquí el bueno, el que encabeza la escala, es sin duda el bibliófilo, ese tipo que siente un amor sin reservas por los libros. Para él el libro más que un objeto es un instrumento que agita su conciencia a base de hacer fructificar ideas y despertar sentimientos. Se observa también en esa relación un punto de pasión, algo contenida, cierto, una pasión que confluye y potencia la que tiene por el saber, lo que lo convierte en el aliado ideal del filósofo. En el extremo opuesto encontraríamos al bibliófobo, en el papel del malo, un individuo que desprecia todo cuanto el libro representa como vehículo de ilustración y cultura, y que no duda en declarasr que se podría prescindir sin problema de él. El predicamento del que goza el libro lo lleva en muchas ocasiones a ir más allá del desprecio, por entender que el quedar fuera del juego que los lectores imponen lo sitúa respecto a ellos en una posición de inferioridad. Es justo esa situación lo que en realidad alimenta su fobia. Entre estas dos posturas, tan parecidas al blanco y el negro, aparece toda una gama de feos grises donde la pasión se matiza para blanquearse u oscurecerse. Tenemos ahí, por ejemplo, a un personaje como el bibliógrafo. Su amor por el libro, indiscutible, tiene otro carácter. El entiende que cualquier libro necesita de un contexto y por eso se dedica a explorar y localizar todos las obras que rodean y sostienen lo que ese libro ofrece. Aunque él es quien le concede su relieve, al encontrarle sitio entre las demás obras, rara vez entra a discutir lo que contiene, más bien se pronuncia sobre la importancia que merece como documento. En esta misma linea trabaja el bibliotecario. Consejero de lecturas y custodio del tesoro editorial, está lejos de ahondar en los libros. Sería imposible para él, son demasiados, lo que no excluye el celo con que se entrega a protegerlos. El que los selecciona de antemano, comprándolos a buen precio para guardarlos como valores en caja fuerte, es el bibliómano. Su manía tiene dos vertientes, la apuesta financiera y el fetichismo. De la primera nace ese afán por hacerse con «piezas valiosas», de la segunda surge el deseo de crear una colección de «libros excepcionales», digna de un museo, pero inequívocamente de su propiedad. La excepción aparece aquí como una alianza de conveniencia entre la cotización y la belleza. Elogiará el exquisito acabado de la encuadernación, la primacía de la edición, las ilustraciones originales y hasta el embriagador aroma que desprenden sus páginas, pero eso no consiguirá disimular la rapacidad comercial que le guio en su intención a la hora de hacerse con él. La deshonestidad del especulador llega al punto de creerse que por el cultivo de su manía debería de recibir el el título de bibliófilo. Con parecidas credenciales, en lo que manías se refiere, se presenta el biblioadicto. Este es un personaje que avanza a través de la producción literaria como un corredor de fondo, siempre empeñado en llegar a hacerse con la trayectoria literaria completa de un autor o de una generación de autores, no tanto por amor a los libros, que va abandonando como piezas usadas a su paso, como por acabar detentando un registro inigualable de lecturas. Esta clase de exhibición es muy propia de ciertos críticos que, a falta de criterio, comparan obras en largas enumeraciones para salir de sus permanentes apuros. Casi opuesto a este tipo sería el frecuentísimo bibliomonista, lector de un solo libro en el que ha depositado su fe. Su acendrada piedad lo ha convertido en obligada referencia para conducirse en la vida. El libro en cuestión dejó hace tiempo de conmoverle o de suscitarle ninguna pasión, pero entiende sus palabras como inamovible reflejo de una verdad que exige su reiterada y periódica lectura. Probablemente podríamos ampliar la nómina de tipos grises, entreverando los anteriores o rescatando a otros que manifiestan pasión por los libros, cada uno con matices propios que condicionan o devalúan su amor. Pero la pasión vuelve y se recrudece en los que se encuentran más allá de esos tonos grisáceos, incluso de la escala de tipos. Como hemos visto hay en esto de los libros los que se quedan en negro y como cierran la escala ocupan el lugar del malo. En ellos no es el odio lo que más abunda sino el desprecio teñido, eso sí, de ignorancia y complejo. Pero superándoles tenemos a otros que viven atizados por una brutal pasión, cuyas llamas avivan un extraordinario fuego. Me refiero a los biblioclastas, a los decididos partidarios de la destrucción del libro. No digo que no sea ésa la aspiración de algunos de los biblioadictos más piadosos, pero en esta ocasión apunto más bien a quienes no toleran la escritura por ver en ella el origen de todos los males públicos. Para ellos el fuego es el destino ideal del libro por su carácter purificador y por su proyección ejemplar. No les falta desde luego pasión y en la misma proporción carecen de cualquier interés por lo que el libro representa como obra generosa, producto nacido de la vivencia colectiva y muestra elocuente, pero no siempre bienvenida, de lo que somos y de lo que la memoria no retiene.

jueves, 23 de julio de 2026

Todos al suelo

De las formas de perecer puede que no haya otra mejor que aquella que busca alivio frente al imparable estrago y nos acuna bajo un último y oscuro manto, confundidos entre semillas y hojarasca, en el deseo de volver un día a renacer del suelo al que nuestra vida ha entregado lo poco que aún pretendía ser.

Espectros andantes

Desventurados aquellos que viven a favor de sí mismos, pero actúan en contra de su cuerpo, porque pronto acabarán desencarnados y devendrán espectros desde cuyo trasfondo veremos afirmarse su más infame creación: la muerte, que poco a poco se hace visible en ellos y se impone como un tétrico modo de vida.

miércoles, 22 de julio de 2026

Un consejo del Gran Mudo

No deberías preguntarme acerca de aquello que no puedo contar. Ya deberías conocerme, soy el Gran Mudo, y ante todo no te olvides de eso, de que estoy mudo. En vez de solicitarme noticia de tu futuro, pregúntate mejor a ti mismo, porque quiero que sepas que sabes más de lo que tú mismo crees. Veo que sigues ahí con el oído permanentemente alerta, empeñado en pensar que está cercano el día en que te llegarán mis palabras, mientras te muestras sordo a lo que te llega de ti. Aunque por ahí fuera vas a oír voces, ten mucho cuidado, no será la mía, son ecos de gente iluminada por el poder, prédica de los profetas oficiales. Si yo pudiera, haría resonar mi voz en medio de todo ese alboroto. Pero mucho me temo que quien, como tú, se muestra incapaz de apreciar su propia voz no tenga fácil distinguir la mía. Y lo más triste es que todo lo que podría yo contarte permanece en silencio en tu interior, aunque te resistas a reconocerlo. Ni te imaginas cuánto talento atesoras ahí si lo que quieres es traer al presente tu devenir, ni qué pronto se diluirían los sombríos augurios y los falsos consejos enviados por esos pensadores áulicos, a los que veo con sus palabras arrogarse sin pudor el papel de mentores humanitarios beneficiándose del silencio abierto por mi obligado mutismo.

El prisionero

—En realidad, sólo existen dos opciones y de lo que yo te hablo es de derribar el muro más que de cruzar la puerta.

martes, 21 de julio de 2026

Relájate

Me empieza a cargar que, en música, cualquier demostración de delicadeza, de esa sutileza que desde siempre despertaba vivas emociones, se venda ahora a través de los medios como una homologada y fiable vía de relajación mental. Para la homologación se va a por melodías de aire meloso, más propicias siempre a favorecer, con la ayuda del piano o el violín, un trance, un revulsivo o una catarsis personal. La envoltura icónica con que se presentan acostumbra a ser tambien asunto decisivo para la venta del producto. Con ese fin se las acompaña de una serie de imágenes sugerentes, casi siempre infantilizantes y en tonos pastel, que llevan a confundir la candidez con la delicadeza. No estoy seguro de que ese amanerado regreso a la inocencia sirva para combatir la anisedad. Pero lo peor para mí es que esa primera selección musical se ha ido poco a poco ampliando y que, con esos fines de ayuda terapéutica, se está tendiendo a crear un género nuevo donde el material sonoro —sí, digo bien, material— va quedando lejos de la sutil complejidad de sonidos que inspiró a sus autores. No creo que la música requiera de oyentes sesudos o exquisitos, cualquiera puede sentirla libremente a su modo. Pero tampoco creo en la escucha utilitaria y menos en la de unos oyentes que se sirven de esas obras con la esperanza de recuperar su estabilidad mental. Estoy más bien enfrentado a la maquinaria comercial de apropiación e inducción clínica que se sugiere al anunciar una segura reorientación de emociones por medio de esta llamada a la relajación musical. Vamos constatando, sin embargo, que esa ayuda musical ofrece escasas garantías, pues pronto es rechazada, bien por carecer del ritmo típico, por no casar bien con las corrientes musicales actuales o simplemente por no rendir los beneficios prometidos. Estos cambios en la composición de la audiencia me recuerdan a cuando en su día vi a Platón instalado en una librería en la estantería de Sociología. Aquello me sorprendió, me di cuenta de que estábamos en otra era, quizá en otra cultura, en la que el material antiguo, para ser vendido, debía de ser reciclado. Ahora mi grado de resistencia a todas estas olas corrosivas, que el empuje comercial nos envía, es menor, pero, aun así, me siento indignado con el manejo pretendidamente medicinal de los Nocturnos de Chopin o de las Gymnopédies de Satie, sobre todo cuando los escucho como musiquilla de fondo en la sala de espera del dentista.

lunes, 20 de julio de 2026

Pérdida y pérdidas

Tan difícil de digerir me resulta la grandilocuencia como la vanilocuencia. No diré que encuentro ésta cómica, ni siquiera afirmaré que estoy libre de pecado, y hasta puede que hiciera mejor en reservar mis críticas para algunas de mis salidas de tono. Decía vanilocuencia, pero está claro que para quien padece sufrimiento no hay palabra vana. Otra cosa es saber uno por qué o por quién sufre, sobre todo si lo que quiere es entender qué ha sucedido. Difícil asunto, cuando el sufridor pone una causa banal precediendo al efecto desmedido que acusa. Pronto queda al descubierto que esa banalidad no es ni mucho menos razonable. Ha habido una batalla, quién lo duda, pero incruenta, porque ciertamente no ha habido muertos, ni víctimas stricto sensu. Más que de pérdida habría que hablar aquí de orgullo herido. No por ello digo que sea algo desdeñable, pues esa es una herida que, cuando es colectiva y profunda, reverbera y suena como si se hubiera producido un cataclismo. Basta con prestar oído a los noticieros para comprobarlo. Lo que propongo, para poner las cosas en su sitio y no dejarse llevar por la elocuencia fácil, es apelar a un principio que todo el mundo parece tener en boca al principio, cuando aún no se enfrenta a la crudeza de la derrota. «Al final sólo es fútbol», afirman quienes van poniéndose la venda donde todavía no se ha abierto la herida. Mas no nos excusemos con que es sólo fútbol, digamos mejor que es el fútbol, un juego algo perverso, capaz de levantar una animosidad inverosímil entre multitudes a las que invita a descubrirse mutua y gratuitamente como opuestas. En nombre de qué, aquí es donde continúo sin entender. Si hablo de vanilocuencia es porque el desenlace acarrea himnos elegíacos y épicos según sea el lado, himnos sublimes acerca de una nadería, fruto de una ilusión ásperamente malograda o dulcemente digerida. Todo hecho, y un partido es simplemente eso, debería merecer palabras acompasadas, palabras que den curso de salida a las vibraciones colectivas. Acompasadas quiere decir proporcionadas, alejadas del orgullo patrio, un sentimiento inútil donde los haya, que nunca muere, que se regenera no pocas veces violentamente. Cuestión de esperar, pues, que no suceda. 
Debo admitir, no obstante, que hay calidades y grados en la vanilocuencia. A la altura del mismísimo Lorca sitúo la elegía de José Luis Lanao a la derrota ayer en el campo de juego de su Argentina. Si no estuviera detrás el fútbol, diría que es impactante el brillo poético con que se expresa. En mi opinión, no obstante, el motivo de partida no debería dar para tanto, pero el sentimiento personal es el último reducto de la libertad y sus palabras suenan sinceras. Aun así, no puedo evitar pensar que el párrafo, espléndido, sería digno de mejor causa.
La pena es de azabache, y se canta con voz de madera. El silencio abruma, tiene una pureza cóncava como de interior de aljibe. El dolor cuelga del árbol como una extraña fruta. ¿Qué hacer con este presente deshabitado, desnudo? La tristeza muestra sus vísceras. Se la oye venir desde lejos, poderosa.
He citado a Lorca —quizá cometa un desafuero— porque me ha venido a la mente su Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. En concreto aquella estrofa que dice:
La piedra es una frente donde los sueños gimen / sin tener agua curva ni cipreses helados. / La piedra es una espalda para llevar al tiempo / con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
La piedra a la que Lorca se enfrenta se parece bastante a esa pena que Lanao ya no soporta. Los árboles desde su mutismo presiden en ambos casos el alarde insufrible del dolor. Pero para volver a llevar las cosas a su punto fijémonos en el tiempo, truncado para el torero, una tragedia, y, pese a todo, abierto al futuro, viviente, para esos jugadores y sus seguidores. Puede que estas pantomimas, donde se simulan batallas, lleguen a ser eficaces palancas para remover y aglutinar identidades, pero con el tiempo a favor resultan mascaradas, espectáculo para la galería nacional. Así que sinceramente creo que esa pérdida, que la parte vencida ha vivido como un cruel desgarro en su entraña, sólo debería significar que se ha perdido una oportunidad. El tiempo sigue, cura y deja abierta la puerta a más vida y a otras oportunidades tan triviales como la anterior. Hubo fracaso final, pero no me parece que mereciera desde luego tan honda elegía. En lo que a mí respecta, no yéndome nada en ello, ahora mismo pienso que podría haberme ahorrado este escrito propio de un frío y desapegado corregidor.

domingo, 19 de julio de 2026

El futuro nos encuentra solos

El miedo al futuro, que se le niega a una sociedad encandilada por el auge de un progreso virtual cada vez más opaco, empieza a hacer presa en los individuos y eso se traduce en una sencilla pregunta que vemos lanzar con discreta timidez a quien se ve solo. Sin ninguna esperanza de encontrar apoyo ni sintonía le escuchamos decir: ¿seré yo el próximo?

Estampida de centauros verbales

De un pequeño ensayo de Efrén Giraldo sobre Botánicas fantásticas, en su Sumario de plantas oficiosas, rescato la siguiente cita: «La mentira bien urdida es el centauro verbal por excelencia, mitad invención y mitad datos». Cabría preguntarse, según esto, si no será el arte el modo de sobrevivir en un mundo de centauros. Mientras la mayoría se fija de manera compulsiva en los datos, algunos eligen elevarlos para intentar traerlos a una nueva realidad alimentada por sus particulares invenciones. Una vía de escape probablemente. Eso les permite, además de ver a muy variopintos centauros, convivir con todo un universo en que ellos nos miran como extraños. No son compañeros fáciles. Se sabe que son casi imposibles de cabalgar y que, caso de intentarlo, pueden llevar con sus poderosas arremetidas al audaz jinete a la locura. Aunque no sea doméstica, tener al centauro por especie próxima nos lleva en cierto modo a su asumir la irrealidad natural, un hito en cualquier caso bastante perturbador. Sobre quien atraviesa esa puerta cae a la larga la condena y la incomprensión general. Se le tacha de mentiroso, cuando deberíamos pensar que estamos ante un destacado figurador de inéditas formas vivas, alguien que rescata sobre lienzo o papel algo de lo que desechamos por desconocido y que, si llega a ser vislumbrado, lo damos por improbable e ilógico, en definitiva por irreal. No obstante, por mediación de quien ya convive con ellas, llegamos a conocer expresiones provenientes de esos mundos ficticios, algunos poblados por centauros y otros por criaturas que han sido calificadas de inaceptables por inimaginables en el nuestro. A quienes como ellos se atreven a ayudarnos a levantar la cabeza para ver maravillas centáureas por encima del muro, los admiramos, pero para ponerlos al mismo tiempo bajo sospecha, por mentirosos, por embaucadores, por cuentistas. La sospecha se extiende a todo lo que se crea en ese estado, fugas evidentes del rigor de la lógica que está contenida en los catálogos certificados. Por su parte, Giraldo sigue a lo suyo, asentando parte del arte y la belleza en esa molesta tesitura mentirosa, en ese modo insólito de intervenir la irrealidad prescindiendo de los métodos, pero con el mismo instrumental orgánico que describe lo real. Y así confirma el impagable beneficio obtenido de de criar centauros cuando afirma: «No hay nada tan inquietante como el dibujo realista de algo que no conocemos, artificio en el que descansa uno de los más bellos efectos del arte y la literatura fantástica.»

sábado, 18 de julio de 2026

Es mayúsculo, pero también ridículo

No hay que acudir a los pueblos alienígenas, ni a cibercriaturas del extrarradio galáctico. Aquí también contamos con nuestro propio Megatrón, o Megatrump en su patético idioma. Para quien no lo conozca, dediquemos unas palabras a describir algunos rasgos de su controvertida megalomanía. Es un pobre hombre, aunque no es precisamente pobre; es un tipo acreditado, pese a que no merece ningún crédito; es un promotor condecorado, ridículo en su ostentoso decorado; es un artista genuino, pero sólo de las artes marciales; es un guerrero agudo, listo para guerrear lejos del frente; es un triste personaje, a quien las desgracias no entristecen; es un amante dudoso, que sólo sale de dudas copulando; es un gran farsante, que realmente tiene muy poco de grande; es un peso muerto, pero de momento nos está amargando la vida.

El agujero

Cada día nos presenta su particular agujero: una escupidera donde desahogarnos, una topera donde escondernos, un abismo donde precipitarnos, un silencio donde olvidarnos, una tragadera donde refugiarnos. Nos domina el pesimismo, nos domina porque no sabemos imaginar esa negrura como lo que es: la vía cósmica a través de la cual podemos engañar al día y eludir el paso del tiempo.

viernes, 17 de julio de 2026

Pomposo, riguroso y nada gracioso

El ensayo que nunca escribiré debería constar de tres partes bien diferenciadas y una estructura sólida para llegar sin temor ni pudor al sublime acto que tanto da que pensar, al inicio de la creación de ideas y obras absolutamente desconocidas, cuidando siempre de que quien finalmente lo lea no se pierda por el camino entre sensaciones disparatadas y no acabe, como triste víctima de intenciones fallidas, teniendo que rebajar lo que se pretendía creación magistral a la categoría de broma insustancial.
Para hacerse una primera idea del proyecto he aquí el esquema inicial, aunque el título aún puede variar.

La creatividad a examen

1. Hacia la estimación del grado de creatividad.
    1.1. Modelos de referencia y contraste clásicos.
    1.2. Distancia que va de lo nuevo a lo creativo.
    1.3. Avance y alcance de una creación.
    1.4. El conflicto entre forma y disciplina.
    1.5. La perdurabilidad, el parámetro medible.
2. Supervivencia en los pozos de creatividad.
    2.1. Tipificación de las agonías creativas.
    2.2. La flotación y sus inusitadas formas.
    2.3. Exploración de las profundidades.
    2.4. Recreación mental del instinto natural.
    2.5. El escapismo creativo y su metodología.
3. El arte de futurar líneas en el horizonte.
    3.1. Abriendo el estrecho círculo horizontal.
    3.2. El yo como centro de radiación creativa.
    3.3. Venenos luminosos y otros extravíos.
    3.4. Nunca hay salida segura al exterior.
    3.5. Futuros verticales a prueba de delirios.

Dependiendo del más que probable éxito de este ensayo, cuyo plan regalo gratuitamente a quienes lo desarrollen, tengo en mente prolongarlo en una crítica más precisa, que debería titularse Las humoradas crepusculares, un inhóspito refugio para el último día del creador, del que ya tengo un avance y del que preveo, por el material del que dispongo y que facilitaría gentilmente a los interesados, que tendría ¡la friolera de unas 900 páginas o más!

Siguiendo al rebaño

Aunque formemos parte del rebaño, creemos fervientemente en los más lúcidos, porque son ellos quienes nos conducirán a ese paraíso que dicen intuir.
Ahora vayamos por partes:
1. ¿Seguro que formamos parte de un rebaño?
2. ¿Por qué debemos creer en los más lúcidos?
3. ¿Qué los hace ser más lúcidos?
4. ¿Es decisiva su capacidad para marchar al frente?
5. ¿Hemos de seguirlos en sus intuiciones?
6. ¿De verdad hay un paraíso al que escapar?
7. ¿Y si vivimos en el paraíso y ya no lo soportamos?
A la sombra de un gran roble veo al rebaño pacer tranquilamente en el verde prado. Dejo a esas criaturas pastando a su aire y, mientras tanto, los ojos se me van cerrando y me dejo ir para soñar yo solo durante un rato. De repente, una gran tormenta me despierta y veo con horror cómo unas ovejas mandonas están llevando al rebaño al despeñadero. Me pongo en pie, me subo al árbol y desde allí grito a los cuatro vientos: Ya podéis iros donde os dé la gana, o donde os manden, porque a mí no me gustan las metáforas. ¡No me las creo!

jueves, 16 de julio de 2026

La apagadura

Con el paso de los días, hay cosas que nos son cada vez más difíciles de distinguir, que no destacan, que frente a nuestra mirada inquisitiva se retraen y se defienden en la turbiedad, recelosas por haberse sentido quizá demasiado observadas, hasta el punto de que prefieren pasar sin beneficiarse de la luz, como si hubieran decidido apagarse y despedirse de nosotros para refugiarse entre la mansa penumbra.

miércoles, 15 de julio de 2026

Por defender hasta caer, pero mejor caer antes en la cuenta

La historia está llena de humanos anónimos, muchos de ellos caídos en guerras que no eran de su interés frente a enemigos estereotipados contra los que nada tenían. Caer en combate por no haber caído en la cuenta es un drama, pero acabar en la tumba del soldado desconocido habiendo caído antes en la cuenta de que aquello no valía la pena es una tragedia. Son muchos los que acatan el pliego de condiciones (unas leyes, por ejmplo) que nunca serán capaces de defender, pero son muchos más los que se ven obligados manu militari a defender «hasta la última gota de sangre» lo que no deseaban acatar. Llevado a estos extremos donde la vida entra en juego, defender es una acción demasiado comprometida. No obstante, el compromiso con uno mismo, por su propia seguridad y por el inequívoco espíritu de supervivencia que le anima, no se cuestiona. Uno está obligado a defenderse. El asunto se complica cuando hablamos de defender a alguien o a algo. A quién estarías tú dispuesto a defender es una pregunta incómoda. Es fácil incluir en ese círculo defensivo a la pareja y a los familiares. A partir de ahí extenderlo a los vecinos, los paisanos y los compatriotas probablemente suscita más dudas que entusiasmo. Todo puede ser aún más dificultoso si se nos pide que digamos qué estaríamos dispuestos a hacer para llevar a cabo esa defensa. Volvemos a la vida. Pero la vida es de un valor demasiado alto como para ofrecerla por cualquiera. Asimilar la patria a la familia es una propuesta que, sin mediar un instrumento coactivo como el ejército, apenas funciona. Enseguida se pregunta uno qué es lo que le ofrece la patria de valioso como para poner en el otro lado de la balanza su propia vida. Son muchos los que piensan que hay que reforzar hasta la perversión ciertos sentimientos primarios (sobre todo el amor y el odio) para salir al campo de batalla detrás de una bandera. Con tantas dudas lo que acaba sucediendo es que el obligado guerrero se convierte en una presa fácil en el campo de batalla. Es poco honroso soltar el escudo y salir corriendo como Arquíloco, pero es casi seguro que sólo el acoso extremo y la falta de salidas decide a algunos a participar, sea cual sea el precio, en el duelo a muerte con un enemigo anónimo, retratado con un uniforme nacional que ha sido tejido para la ocasión a base de burlas, tachas y fobias.

lunes, 13 de julio de 2026

La necesidad adversativa

Sin un toquecillo cutre la elegancia parece impostura, sin una palabra grosera el discurso suena a hueco, sin una pieza desencajada la herramienta te supera, sin un amigo aguafiestas la noche no se recuerda, sin un elemento disparatado la foto es puro aderezo, sin una nota desafinada la armonía buscada rechina, sin un contrajemplo rompedor las reglas no son fiables.

domingo, 12 de julio de 2026

Medio y doblo

Cuando de dos se hace uno, se crea un vínculo contagioso y prometedor y con él se sella un compromiso, mientras que al invertir la operación y repetirla en exceso se presenta el proceso como muestra de una futura abundancia imparable, de un ilusorio progreso infinito.

Incursión por la derecha, y gol

¿A quién importa que alguien aparezca ante las cámaras como una foto fija y con cara de lerdo impasible, si en el campo mete un montón de goles? Desde luego, de cara a su parroquia devota esa imagen de obtuso poco importa. Importa mucho más su habilísimo pinrel y, pese a venir de la inopia, importa, por lo sorprendente, que hable. Al final, puede que el tipo sea algo estatuario, pero también es un monumento de interés público. Así se explica que, después de llevarlo al vestuario y ducharlo para que espabile un poco, fuera ya del campo, cuando le hace hablar el reportero sacapuntas, valgan como oráculos sus opiniones, en las que con verbo escueto llega a comparar las incursiones por su banda derecha con los regates y los goles en política. «Aunque no parecía muy seguro y hubo que sugerírselo, fue un logro importante que nuestro hombre decidiera en vivo a quién iba a votar el mes que viene», justificaba entusiasmado tras haber logrado y difundido la primicia.

sábado, 11 de julio de 2026

Un amigo verdadero

He hecho venir hasta aquí a un amigo, de talante muy similar al mío, para que me diga qué es lo que siente, advierte o aprende al leer, sin ir más lejos, este diario de notas y reflexiones.
—No quiero hacerte una crítica, no una agria al menos, no la mereces. En principio, me parece meritorio salir a diario al ruedo a proponer lo que, al salir de la noche y despertar, encuentra el día depositado en tu mente. Pero habría que ver si ese esfuerzo genera algo positivo en quien lee todas estas propuestas, ya sé que no puedo decir que concienzudamente, porque nunca será el caso, porque casi siempre lo hará como de pasada. Y digo propuestas, porque tampoco todo son aquí reflexiones sesudas, hay mucho material reactivo, con matices de una ingenuidad que sonroja. También hay cuentos que navegan en ese mar a riesgo de que cualquier ola malintencionada, o simplemente crítica, los mande a pique. En las notas, en general, las metáforas parecen empeñadas en hacerles doblar la cerviz a los conceptos, y lo gordo es que eso se hace para ofrecer una salida a la indefinición en que te mueves. Esa actitud, digamos que creativa, es tirando a cómoda para quien, como tú, tiene oficio en esto de escribir. Lo veo como un dejarse ir a donde el vendaval de imágenes te lleve. Entiendo que uno no está para elaborar a bote pronto grandes teorías, que eso queda para los tratados o los ensayos, pero lo que no se puede es hacer amagos a la hora de argumentar. Argumentar es ordenar pacientemente, construir uno a uno los escalones para que el ascenso hasta la conclusión sea paulatino y menos gravoso. A ti te veo demasiado pronto lanzado a buscar cumbres en la niebla de las alturas. El problema es que ahí el lector pocas veces te sigue. Tu ilusión es menos contagiosa de lo que crees. Apabullas con tanta dispersión de ideas, puede que a veces asombres, pero finalmente, tengo que decirlo, aburres. Nadie ve dónde está el objetivo, qué idea maestra te dirige. Algunos pocos supongo que te siguen por el resplandor de la antorcha que llevas en la mano, la que te guía mientras con la otra escribes. Sin embargo, los más se hacen  a un lado y prefieren veros cómo os perdéis por un camino que están convencidos de que no lleva a ninguna parte. No te ofendas. Que te reconozcan faltas, errores, carencias, puede ser mejor que el truco de conocerse uno a sí mismo. Sales malherido, cierto, pero existe la remota posibilidad de que salgas más fuerte. No es cuestión de que te conviertas en un Hércules intelectual, en una luminaria. Sólo se trata de que lo que escribes tenga algún sentido para alguien.

viernes, 10 de julio de 2026

Goian bego

Lo hemos sabido está semana, aunque el suceso fue hace 1300 años. De forma inmisericorde una estrella enana marrón engulló a un planeta que orbitaba pacíficamente a su alrededor. Nos da cuenta de ello el New York Times de hoy. Desde diversas universidades se vigilaba a la estrella ante la posibilidad de que de un momento a otro su conducta diera lugar a un fatal evento, a un engullimiento planetario forzosamente atroz. Al final, cuenta la gaceta neoyorkina, «eso es lo que vieron en el caso de la estrella hambrienta, a la que los investigadores llamaron TOI-5882: brillar con los restos semidigeridos de lo que probablemente fue un planeta». Según los astrofísicos, el planeta no debió de sufrir afortunadamente demasiado. En prosa seca estas noticias dirían poco, pero debidamente adjetivadas sugieren el conocido drama del niño frente al ogro. De ese modo la noticia es atendida e incluso puede aliviar un poco el tono luctuoso al decir que «su absorción por la estrella habría sido rápida, probablemente de unos días o semanas, aunque los rastros elementales de su muerte abrasadora podrían perdurar durante millardos de años». Y ahí es donde estamos: el trágico deceso, insuperable por su grado galáctico frente a todos los que menudean por el periódico, ha perdurado a lo largo de los años en silencio y es esta semana cuando por fin nos hemos enterado.

La listeza es una flor

Nada nuevo. El éxito crea listos, igual que la primavera crea flores. Pero en ambos casos esa vistosa virtud es efímera. Diré más aún: no sólo crea listos, sin que el propio éxito define quiénes son listos, listos útiles se entiende, los sencillamente eruditos, los inteligentes y, en general, la gente demasiado despierta no cuentan. Aquellos listos de ocasión, a su vez, agradecen su inclusión en tan honrosa categoría proponiendo una definición canónica de lo que todo el mundo debería entender por éxito. Eso les permite presentarse como listos reconocidos y con esa etiqueta se dan a  hacer apostolado de pago ofreciendo aquí y allá clases, cursillos, másteres, retiros y demás salidas a escena sobre el modo de llegar arriba. Saben bien que deben aprovechar, porque, si bien no decae el interés de todo el mundo por lucir galas y destacar, lo suyo desde el púlpito es flor de un día.

jueves, 9 de julio de 2026

Problema de identidad

No me caen mal los forasteros, lo único que le digo a ella es que cada mañana yo necesito saber que sigo siendo yo mismo. Cuestión de estabilidad emocional diríamos, de confianza en uno mismo, de seguridad frente a quienes quieren hacerse pasar por mí. Y sobre todo, lo digo claramente, cuestión de imagen, aunque no me vayan del todo esas ideologías ventajistas que idealizan nuestro fenotipo. Yo sólo quiero que se vea bien ante los demás mi modo de ser, mi esencia, mi singularidad. Sin embargo, corren tiempos en que ya no acierto a verme como realmente soy, o sea como he sido siempre y como quiero ser en el futuro. Quizá todo tenga que ver con el espejo que me ponen delante. Últimamente me miro y siempre me sale ahí otro, un intruso de facciones extrañas, indefinido color de piel, presencia inquietante y mirada temerosa, un tipo al que además ni siquiera conozco. ¿De dónde ha salido? Pues no sé, pero lo cierto es que está en mi propia casa. Esa imagen terrible ha conseguido al final que el pánico me domine. Llegados a este punto, es mi sombra la que sale de la cueva y se asoma por encima de mi hombro. Pero, en vez de tranquilizarme, parece que ha decidido rematarme: «Es inútil que te niegues a ti mismo. Ahora para los demás ése eres tú. El de antes ya sólo es un personaje anticuado que vivía con la ilusión de ser una excepción y se creía la última oportunidad de mejorar la naturaleza que, según él, o sea tú, los forasteros corrompen». ¿Y qué puedo yo aducir? Entre el espejo y mi sombra se me están ninguneando y confundiendo con toda esa gente. Si esto sigue así, puede que hacerme fuerte en la cueva sea la mejor opción.

miércoles, 8 de julio de 2026

¿A dónde van los datos?

Si hacemos caso al poeta: Corren por el cielo mis datos ligeros como caballo volador y pronto encuentran prometedor alivio en cualquier nube que celosa los airea y más tarde los deja caer a raudales sobre las cabezas de curiosos y lerdos como lluvia bendita, como vapor imperecedero convertido en pertinaz ilusión donde lo mío y lo tuyo vienen a renovarse una y otra vez ensombreciendo poco a poco la soberana, sabia y radiante luz del sol.

El error y las invenciones

Hacer creer que un error sólo es una confusión, un simple desliz, o una equivocación parece, a estas alturas, una pretensión ingenua. Porque el error es ante todo una consecuencia, tiene detrás su inestable fundamento y, sobre todo, contraría lo que se venía sosteniendo. No hace falta mucha lógica para reconocerlo. Para que no aparezca como un fracaso, como el fruto de un descuido imperdonable de quien lo suelta, se intenta revestirlo con magia retórica. Los artistas de la palabra logran con ella convencer a los crédulos de que lo que ha habido no es un error, sino una ocurrencia original, una idea rompedora o un provechoso invento. Asumiendo esta versión, ponen su invento en circulación y el error se reproduce de forma promiscua dando lugar a nuevas y variadas formas, todas ellas igual de erróneas, pero sugerentes por su sinrazón. Para salvar el bache afirman sin ningún pudor que rechazar los errores, los mismos que pueden afectar a la fiabilidad de cualquier producto o acción, es de algún modo negar su aportación a la creatividad. Pero aceptarlos, sólo porque dan lugar a algo nuevo, no hará inocentes de sus repercusiones a sus valedores. La misma objeción sirve, en otro orden de cosas, ante quienes intentan pasar el error, o la falsedad más o menos clamorosa, por hecho válido y a continuación lo hacen funcionar como información útil. Sería largo de debatir a quién le resulta eso finalmente útil, pero no cabe duda de que los engaños creativos, fruto de errores fortuitor o buscados, se han convertido en un modo singular de colar lo falso revistiéndolo de originalidad y de presentarlo como algo llamativo y mercedor de atención. Con sólo darse ese paso, el error encuentra un método para hacer que los inventos fuleros circulen por doquier como verdades simpáticas y curiosas. Lo artístico, se alegará, es refractario a la severidad lógica de quien denuncia un error. Ahora bien, extender esta doctrina sin ton ni son, sin mediar interés artístico alguno, es el gran, el mayúsculo error. Y sus efectos pueden ser devastadores, porque cuando de un error se hace un invento, la verdad, aquello por lo que las palabras se guían, pasa a ser también pura invención.

martes, 7 de julio de 2026

De su ilustrísima

Las consultas previo pago, las órdenes las doy gratis.

Importancia de los pies

En cuanto se apodera de nosotros la angustia, sentimos que algo tira de nuestro mentón hacia abajo y nos obliga a fijar la mirada en el suelo, temerosos de que ya no marchemos seguros ni sobre nuestros propios pies.

lunes, 6 de julio de 2026

Panduro

Sin razón, sin emoción, pero sin dudas, el director, don Adolfo Panduro, aprovechaba siempre la menor ocasión para sembrar con sus estrictas órdenes el desconcierto entre los propios y el descontento en los extraños. Con un hilo de voz monocorde emitía, a través de potentes altavoces, consignas que eran prontamente secundadas por su disciplinada parroquia. Su gente daba por supuesto que de su inteligencia excepcional, muy superior en cualquier caso a la de todos ellos juntos, emanaban decisiones claras, capaces de arrasar cualquier crítica. Nada ni nadie lograba oponerse al siniestro programa de igualación intelectual con el que iba ampliando el número de sus oyentes. Sinceridad no le faltaba a la hora de presentar éste y otros objetivos, frente a los cuales la respuesta de sus seguidores era prácticamente inofensiva y la del resto casi irrisoria. Vigilando en todo momento desde el umbral del misterio, don Adolfo apenas se dejaba ver. Era terriblemente celoso de su imagen, la cual permanecía a todos los efectos oculta, como si la megafonía le sirviera de  infranqueable telón. Aun así, bastaba oír aquella voz, alterada para darle un tono juvenil, para percibir una seductora desenvoltura que llevaba a su gente, no sin abierta resignación, a cumplir con sus delirios. Era remiso a presentarse, porque su primeros contactos con la sociedad nunca fueron fáciles. Decía Panduro provenir de una vieja saga de astutos pastores de las tierras altas. Al parecer, había sido criado bajo duras condiciones en una pequeña chabola metida entre el bosque y las brumas montañosas. En cuanto consiguió cierto ascendente, cabe suponer que tendería a ver a quienes le seguían como parte de un rebaño de gente a la que, asustada por las alimañas de montaña, había logrado convencer de que sera su mejor defensa. La probada fidelidad y el talante ovejuno de estos primeros acólitos hacían que nos les pesara la servidumbre. Su conducta obediente y su discreto parecer los hacía propicios y sensibles a sus palabras, siempre terminantes y efectivas. Puestos a oír eran bastante diligentes, pero si de juzgar se trataba, aplazaban su opinión y preferían remitirse al veredicto de don Adolfo. Por enmarañados que fueran, los problemas no eran tales teniendo en cuenta que siempre encontraban en él la correcta respuesta. Más que pensar, hábito ya trasnochado, de hecho sólo subsistente entre los fanáticos lectores de libros y gacetas, la nueva costumbre era esperar a que sobre cualquier cuestión se pronunciara aquella metalizada y penetrante voz suya. La gran virtud, puede que la única, de Panduro es que proponía salidas, soluciones y remedios bien sencillos y que, a cambio, sólo pedía que se cumpliera lo que su mente privilegiada determinaba. Acogidos a esa dirección magistral, sus seguidores prestaban con gusto su oído a las fórmulas salvadoras, a los cuentos gratificantes y, de vez en cuando también, a sus recetas suculentas. Con él la sociedad no necesitaba de leyes disuasorias, pues bastaban sus consejos siempre directos, oportunos, inapelables. Dentro de este ambiente de confianza paternal que los megáfonos creaban, era muy de agradecer que siempre hubiera y nunca faltara una rebanada de pan con algún complemento junto al amplificador. No es detalle menor y era muy celebrado que a quien acudía a su consulta, además de acabar bien alimentado, todo le salía a pedir de boca. Don Adolfo se había convertido en leyenda, no tanto por su inteligencia, tan metálica y resonante como su voz, como porque allí nunca faltaba su sustancioso pan, pan algo duro de roer para algunos, pero pan seguro al fin.

domingo, 5 de julio de 2026

Del amor físico

Dicen que el amor nos hace dóciles. Pero también dicen que al principio el amor nos incendia; la sesera, se entiende. Y que de ahí pasa a convertirnos el cuerpo entero en materia ardiente. Los más locuaces son los que dicen además sentir como si un tizón les removiera las entrañas. Añaden ellos, asombrados, que en ese azogue todos sus órganos, del corazón a los pulmones y del diafragma para abajo, se van rindiendo y hasta parecen precipitarse sin temor al fuego. Hay otros, sin embargo, que consiguen aliviar ese fogueo imaginando ingenuamente que son mariposas las que se agitan y tratan de escapar de ese siniestro. Aunque no viene ese remedio en los libros, aseguran que, cuando el aleteo insiste, nuevos aires ascienden para refrescarles la mente. Y es allí donde fructifica la idea de que es el amor lo único capaz de llevarles su cuerpo hasta la frontera. Incluso, por momentos, sienten haberla franqueado con sólo ver cómo la carne se consume palpitante en esa pasión candente.

viernes, 3 de julio de 2026

El presunto

Una vez visto lo visto, si el prejuicio ha dirigido el juicio, al que actuaba sobre el estrado habrá que considerarlo un presunto juez. 

Horizontes difíciles

Se dice, o nos cuentan más bien, que pronto todo el mundo se concentrará en ciudades, mayormente en las de más tamaño. Esa tendencia a la concentración me lleva a una comparación de la que espero que no suene demasiado gratuita e improcedente. Con ella no quiero enmascarar la crueldad y los crímenes perpetrados en lo que conocemos como campos de concentración, pero hay algunos rasgos de ese régimen despiadado que se han filtrado en aquellos lugares donde la gente se concentra. Debidamente edulcorado y sin sus consecuencias letales, algo de eso resurge, sin ir más lejos, en nuestras ciudades, a las que denominar bases de concentración urbana. Si me muestro tan severo con ellas es porque ha sido mucho lo que prometían. Después de pasar por aquella época en que los castillos y sus señores suponían la única garantía de supervivencia en un medio hostil sembrado de guerreros, forajidos y animales, nacieron como espacios donde veríamos siempre protegidos nuestros derechos y estaríamos a salvo del miedo que infundía permanecer en campo abierto. Pero concentrarse supone también aceptar, por contrato social o por imposición legal, una disciplina más o menos rígida. Las urbes pueden parecer hoy los casos más inocuos de concentración humana, pero sabemos que alrededor de su centro aparecen barrios inhabitables, reductos para excluidos, ilegales y migrantres e incluso campos de reeducación, por no hablar de las cárceles para delincuentes, tanto más atestadas cuanto más baja es la condición de sus reclusos. Igualmente variable es el grado de disciplina que en cada uno de esos lugares se impone. Donde el dinero florece son tan ligeras las reglas que se crea la ilusión de una libertad casi absoluta, pero donde falta asoman las aristas y se distinguen con claridad los muros que dividen el gran cuartel.
Del plano analítico, que con frecuencia me cansa por lo inútil del devaneo, me voy a intentar pasar, sin perder de vista la ciudad, al plano poético, ariesgándome de este modo a ponerme en ridículo. Lo que pasa es que, mal que bien, las metáforas ayudan a veces a aliviar la desazón y eso es lo que ahora mismo me importa. Primero me voy a fijar en el personal que patea las calles. Son muchos los que circulan perdidos, a su suerte, condenados sin posibilidad de salir y sin ánimo suficiente como para aguantar el encierro al que en la práctica se ven sometidos. Buscan infructuosamente el centro, que es donde se encuentra el poder, siempre demasiado lejano para ellos. Eso les hace merodear como animales concéntricos, orbitando en torno a ese punto cuya situación realmente desconocen. Ese constante transitar les hace olvidar la cautividad que padecen. Del centro de la ciudad, del poder que detenta, puede decirse que sostiene la terrible figuración que la ha venido conformando. Siendo la protección que ofrece ilusoria, uno no se puede sentir dominador de nada en medio de la ciudad. Sólo tiene que mirar cómo en torno a sí emergen edificios gigantescos como monstruos, custodios y reflejos del oscuro poder que los preside todo. Los levantan como retos, pero con el tiempo más parecen torres de vigilancia destinadas bloquear nuestros deseos. Rodeados por ese cerco, apenas conseguimos respirar el aire sereno de los campos y las montañas, un paisaje que queda poco a poco olvidado más allá de los oscuros muros que se imponen verticales por todas partes. Uno se pregunta que fue de aquellos horizontes que profundizaban la vista y la alargaban hasta el infinito.Se lo pregunta ahora que sólo tiene ante sí una oscura y arrogante línea quebrada en la que va quedando resumida una lamentable enseñanza: cuando el poder concentrado manifiesta su soberbia lo que pretende es castigar a sus reclusos a la ceguera. 

miércoles, 1 de julio de 2026

No me gusta el pajarito

He preguntado un par de cosas a ChatGPT y puede que ya no me apetezca parecer inteligente. Temo que si lo intento se me acabe considerando una vieja máquina dubitativa, como de segundo nivel. Así que sólo veo que me quedan dos salidas, y no digo para progresar, pero sí al menos para resistir: la imaginación y la ignorancia.

Ejercicios

En el ejercicio del poder:
La moral no rinde frutos, el miedo sí.
En el ejercicio de creer:
La tierra nos confunde, el cielo nos humilla.
En el ejercicio de conocer:
La duda se presenta, el rigor nos salva.
En el ejercicio de escoger:
El deseo nos cautiva, el bien se oculta
En el ejercicio del deber:
El silencio da poco brillo, el vocerío mucho.
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Ir de juez

Si en tu recurrente y obsesivo escrutinio de las conductas ajenas todo el mundo sale malparado, piensa si no será tu ojo crítico el que está...