jueves, 11 de junio de 2026

Bosques furiosos

Nos ha llegado noticia de bosques que guardaban entre la hojarasca, como un tesoro, la honda huella del primer hombre que los visitó. Solían sus habitantes acudir cada noche a celebrar su venida y marchaban en silenciosa procesión por el mismo sendero que lo trajo. Igualmente se había hecho costumbre recoger con sumo cuidado los escasos indicios de su presencia. Se fue creando además un vago relato sobre su aparición providencial, pero nadie, ni siquiera los mayores, estaban seguros de entender para qué vino. Aparte de lo que se iba en ese relato, el solo hecho de constatar que no vivían solos les asustaba a todos un poco. Si encima era verdad, como algunos decían, que el humano era un animal capaz de derribar cualquier árbol con un solo zarpazo, no podía sino impresionarles. En su mente, la borrosa leyenda sobre el hombre iba alimentando, a medida que recorrían el sendero, tanta admiración como temor. Siempre se detenían donde el follaje da paso a la claridad y vigilaban, muy especialmente si era de día, la entrada y la salida de aquella primer travesía humana. Seguía aún muy viva la memoria transmitida por quienes llegaron a verlo andar con aire despreocupado respondiendo con silbidos a los pájaros y recogiendo en una cesta toda clase de setas. Parecía una inocente diversión, pero nunca fue del gusto de los puristas, por considerar que aquello iba contra el proceso de corrupción y regeneración natural del bosque. Nada pudo, sin embargo, esa desaprobación ante el recuerdo todavía presente del paso elegante y ceremonial del humano, alzado sobre sus dos largas patas, algo que le concedía a ojos de los testigos una distinción innegable. La mención a ese aura majestuosa de la que hacía gala aumentaba las ansias de conocerlo por parte de la mayoría. Sólo en algunos había resistencia, recelo, incluso miedo, a que su regreso ya no fuera como paseante observador de pájaros sino como un agente depredador. Aun así, se podía asegurar que, desde que los sátiros y los centauros desaparecieron, nadie había infundido en el bosque tanto respeto y tanta expectación. Todas las especies intercambiaban mensajes de esperanza y aventuraban que el humano no tardaría en llegar de nuevo. Los animales más merodeadores confiaban que del sendero pudiera nacer un verdadero camino, una vía de comunicación que les permitiera ampliar su radio de acción, mientras los demás se conformaban con que esa vía sirviera para ver aparecer nuevos habitantes. Al menos eso rompería la monotonía que se respiraba en su pequeño mundo.  Cuando se produjo por fin la ansiada venida, todo cambió. Quizá no fuera el mismo humano, seguramente fue otro más joven el que un día descubrió en la linde del bosque, entre los árboles, una de las aberturas empleadas por su predecesor y se decididó a explorarlo. No venía andando, sino a bordo de una ruidosa máquina cuyas patas se deslizaban a tremenda velocidad, en medio de un terrible estruendo, dejando una estela de humo atosigante detrás. Aquello no gustó a ninguno. No en vano habían tenido que huir del fuego repetidas veces. A medida que avanzaba, su insolencia iba siendo observada cada vez con más desagrado por quienes seguían su travesía desde sus escondites. No era eso lo que esperaban de un visitante y no encajaba en absoluto con la atmósfera ceremonial y relevante que imaginaban envolvería al recién llegado. Las ramas caían rotas una tras otra y la hojarasca revoloteaba a su paso, sin que el humano llegara a inmutarse. Algunos animales tuvieron que apartarse precipitadamente para no verse arrollados. Felizmente, en el tramo más espeso, el sendero se perdía y le esperaba al engreído explorador un tremendo zarzal. La acometida fue ciega y el humano salió despedido para quedar a continuación atrapado en medio. A base de mucho esfuerzo, con la ropa hecha jirones y la pérdida de una bota, consiguió salir. No así la máquina, que quedó prácticamente incrustada en el zarzal. No quería abandonarla a su suerte, pero recuperarla le resultó imposible. Con aire algo humillado y medio descalzo, asumiendo definitivamente la pérdida, trató de rodear el zarzal hasta que por fin encontró el sendero. Los habitantes lo vieron salir con alivio por el extremo contrario al que había venido. Al desaparecer de su vista, todos se acercaron para ver qué había sucedido y lo que había quedado en el zarzal. Una cabra curiosa se internó y consiguió rescatar la bota y, con aprobación general, la llevó prendida en su cuerno hasta las afueras. Allí la arrojó tan lejos como pudo, como un desperdicio que no merecía ser acogido por el bosque. De la anterior esperanza se pasó a la decepción general y de ahí surgió una furia tremenda contra el intruso que, sin ningún miramiento, había conseguido romper la paz y la armonía reinantes. Tras la encontronazo, la máquina quedó hecha prisionera por el zarzal y se convirtió en símbolo menguante del aguerrido y torpe paso del explorador humano por el bosque. El tiempo se encargó de reducirla y el propio bosque consiguió someterla a su ciclo de corrupción. Durante algún tiempo, los habitantes aún se acercaban cautelosos para comprobar si avanzaba su aniquilación. Les preocupaba que el ciclo se completara con una indeseable regeneración. La invasión de toda clase hierbas y arbustos, venidos en auxilio del zarzal, tranquilizó a los vigilantes que acabaron por convencerse de que no volverían a ver más máquinas. El suceso cambió la imagen admirable de la que había gozado el humano. El culto a aquella primera huella humana, que tanto había subyugado a los habitantes del bosque, decayó, las procesiones se acabaron y al cabo de un tiempo el sendero también se difuminó. Pasada la furia, todos los habitantes, aún resentidos, decidieron que no valía la pena hacerse ilusiones ni esperar nada de los humanos en lo sucesivo.

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