No me refiero con ese título al arte de confundirse, tan extendido que no puede considerarse propiamente un arte sino una tara curiosa que adquiere singularidad estrambótica según la condición y personalidad de cada cual. A lo que me refiero es al modo, a veces sofisticado, en que ciertas personas consiguen sembrar la confusión. El alcance de esa tarea es variado, depende del relieve que goza el artista. Obviamente, cuanto más admirado sea mayor será su capacidad para confundir. En este punto habría que deslindar lo que llamamos influencia de lo que es pura confusión. Influir no es confundir. El ánimo del influyente está guiado por el beneficio, en términos de fama o incluso crematístico, pero en el del confundente (podríamos llamarlo así) no siempre hay una conciencia previa de su papel. A veces la confusión es ajena a su intención: se confunde él y confunde a los demás. Esta posibilidad sólo puede darse en quien tiene cierta visibilidad, relevancia o fama. Son entornos que crean cierta autoridad, inspiran crédito y consecuentemente avalan falsas verdades. El confundido es en definitiva creyente de una fe a la que sido atraído por la esplendorosa personalidad del confundente. Aquí la verdad, empezando por la verdad lógica, juega un papel menor. Parece que no merece la pena contrastar algo que ha sido recibido como un descubrimiento verdadero, aunque sólo sea puro deslumbramiento ante el aura que rodea al confundente. Mucho menos si ese descubrimiento encuentra en el confundido una cálida recepción, abonada probablemente por una sensibilidad ya cautiva a esas alturas. He dicho cautiva, y tampoco yo quisiera ahora causar otra clase de confusión: pienso que el arte de cautivar es mucho más profundo que el de confundir. Sucede, sin embargo, que con frecuencia ambos se solapan y maniobran de forma similar. La diferencia crucial es el grado de intencionalidad, mucho más acusado en el cautivador que en el confundente. Éste último apenas juega, por ejemplo, en el terreno del amor. En el amor la confusión puede ser trágica o cómica, pero carece de recorrido general, se observa como un espectáculo. A diferencia de la seducción y la eventual cautividad, la confusión proporciona una convicción y es de carácter más público que privado, por eso se extiende con tanta facilidad. Es bastante normal que el confundido actúe como eslabón de una larga cadena y que pase a ser el confundente de su siguiente interlocutor. A través de esa cadena, la difusión de la confusión puede ser sumamente rápida. Todos hemos visto a qué velocidad se propagan los infundios y los equívocos. Podríamos entonces preguntarnos por qué no surge la verdad como factor previsor y como disruptor efectivo de cara a detener esa propagación. La única explicación que veo es que en esa cadena de gente confundida lo que se van enlazando, una tras otra, son las confianzas mutuas. En el fondo esa confianza compartida apela a una fe común en la autoridad que mantiene la cadena y, siguiendo esa vía, apela también a una lealtad ciega que sólo atiende a una verdad tan falsa como inapelable. El confundente, por su parte, tiene prácticamente bula para hacer creer al confundido cualquier cosa, a sabiendas de que es improbable que éste se rebele o, más propiamente, que advierta la confusión. En este ambiente enmarañado, en el que sólo se oye el ruido transmisor de la cadena, la confusión puede progresar sin dificultad. Eso hace que en la práctica estas confusiones acaben siendo un supuesto básico social de difícil cuestionamiento. Ante esto, el señalamiento de la incongruencia, del ruido provocado por la falta de lubricante lógico podríamos decir, que la confusión ha introducido en la mentalidad de los encadenados es visto por ellos como un escándalo. El episodio finaliza casi siempre acusando a quien se ha desenganchado y ha roto sin escrúpulo el régimen de férrea hermandad que reinaba entre los eslabones. No le salvará alegar en su defensa que lo ha hecho en honor a la verdad. La cómoda fluidez con que la confusión iba generando nuevas y más disparatadas confusiones, que se transmitían puntualmente a través de la cadena, se ha visto entorpecida. Esto exige, por tanto, separar y arrojar por endeble al denunciante. Estoy seguro de que costará bastante regenerar después el ambiente de confianza, porque se le ha visto la cara a los efectos de la confusión. Admitir la verdad es un ejercicio personal al que no están acostumbrados los confundidos y eso es algo que, a su vez, les confunde y les obliga a preguntarse cuál es su propio criterio. Esta vez la confusión que les afecta no proviene de fuera, no viene por la cadena, nace de cada uno de ellos, se presenta en ellos mismos. La desconfianza en uno mismo, que al final se reproduce en todos, hace que, tras reconocerse como cofrades, todos recurran casi siempre a la misma solución. A los confundidos les basta con mirar al extremo inicial de la cadena y sentirlo fijo, inamovible. Son parte de ella, han visto así afianzada su solidez y eso vuelve a potenciar su menoscabada capacidad de confusión.
Próximos capítulos:
2. La ceremonia de la confusión
3. La manía de confundir
4. El tratamiento de la confusión
5. Cómo sobrevivir al caos
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