No es una conclusión, pero sí que podemos constatar que la razón ha tenido y tiene un peso aplastante sobre la deriva mundana, no sólo sobre la humana. Hablar de deriva, en vez de glorificar la historia con tintes de epopeya, ya quiere decir algo. Me parece que afirmaciones como la anterior sobre la razón tienen un carácter más que nada defensivo. Cuando hablamos de su impulso emancipador, miramos de reojo a los demás animales con temor a ver reflejado lo que acecha más allá de la razón. En este sentido podría decirse que afirmar es defenderse, un modo de aguantar la posición predominante. Siguiendo ese hilo, argumentar sería una forma de explorar y ampliar, bajo nuestro dominio, nuestra propia seguridad. Pero esa exploración está teniendo hoy consecuencias inesperadas. Si volvemos a leer la afirmación inicial y miramos a la actualidad, quizá entendamos que sobrepasa lo defensivo y muestra un trasfondo terminal. Haciendo balance de lo que vemos, se nos hace cada vez más visible que la dinámica razonadora, carente de cualquier reclamo a emociones tales como la compasión, conduce peligrosamente a una temible sinrazón. Basta advertir el constante manoseo que la razón ha ido sufriendo últimamente. Eso ha tenido como efecto atraer a unas pocas manos y acentuar en beneficio de ellas una terrible capacidad para dominar mediante el control de las endebles razones personales, lo que da lugar a un poder y una hegemonía absolutos. Y toda esta actuación se celebra además, por desgracia, en nombre de la inteligencia como vanguardia de la razón.
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