Hay dos formas de extremar la percepción. La una, obsesiva, recoge las características y anota las medidas de lo percibido, lo que conduce al análisis y a la postre a la ciencia; la otra, figurativa, recurre a multiplicar y aumentar las sensaciones y atiende a recibir manifestaciones más explícitas, lo que lleva a una observación maniática, y en muchos casos a la alucinación.
Hay dos formas de percibir los efectos de la percepción. La una, estimativa, reconoce y fija la posible confusión que toda percepción conlleva, así como la huella memorial que deja en los sentidos; la otra, emocional, especula con la existencia de estímulos ignorados y resultados extrasensoriales, en los que se aprecia el peculiar conocimiento derivado del sexto sentido, de la intuición.
Hay dos formas de discutir sobre cómo se percibe la percepción. La una, académica, tejida siempre con palabras bien acuñadas, sobre el objeto percibido y el sujeto perceptor, antesala de un pensamiento pulcro y articulado; la otra, airada, donde se denuncia el incompleto y vano esfuerzo que supone una percepción que deja fuera de su alcance lo irreal y no da cumplida cuenta de su presencia efectiva en el mundo.
En realidad, siempre hay dos formas de continuar con este discurso. En la primera, la percepción viene a representar el inicio de la escala racional y se traduce en la necesidad ilusoria de que todo lo real pase a ser susceptible de razón a base argumentos, leyes, atlas y catálogos; en la segunda, aparece la percepción como puerta de entrada a lo desconocido y ahí los sentidos nunca se quedan cortos si les asiste la incontrolable mezcla de intuición e imaginación, porque entonces incluso lo irreal parece adquirir forma y ganar cuerpo, por muy irregular o delirante que resulte la figura, como materia de razón.
martes, 30 de junio de 2026
Hay dos formas
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