sábado, 11 de julio de 2026

Un amigo verdadero

He hecho venir hasta aquí a un amigo, de talante muy similar al mío, para que me diga qué es lo que siente, advierte o aprende al leer, sin ir más lejos, este diario de notas y reflexiones.
—No quiero hacerte una crítica, no una agria al menos, no la mereces. En principio, me parece meritorio salir a diario al ruedo a proponer lo que, al salir de la noche y despertar, encuentra el día depositado en tu mente. Pero habría que ver si ese esfuerzo genera algo positivo en quien lee todas estas propuestas, ya sé que no puedo decir que concienzudamente, porque nunca será el caso, porque casi siempre lo hará como de pasada. Y digo propuestas, porque tampoco todo son aquí reflexiones sesudas, hay mucho material reactivo, con matices de una ingenuidad que sonroja. También hay cuentos que navegan en ese mar a riesgo de que cualquier ola malintencionada, o simplemente crítica, los mande a pique. En las notas, en general, las metáforas parecen empeñadas en hacerles doblar la cerviz a los conceptos, y lo gordo es que eso se hace para ofrecer una salida a la indefinición en que te mueves. Esa actitud, digamos que creativa, es tirando a cómoda para quien, como tú, tiene oficio en esto de escribir. Lo veo como un dejarse ir a donde el vendaval de imágenes te lleve. Entiendo que uno no está para elaborar a bote pronto grandes teorías, que eso queda para los tratados o los ensayos, pero lo que no se puede es hacer amagos a la hora de argumentar. Argumentar es ordenar pacientemente, construir uno a uno los escalones para que el ascenso hasta la conclusión sea paulatino y menos gravoso. A ti te veo demasiado pronto lanzado a buscar cumbres en la niebla de las alturas. El problema es que ahí el lector pocas veces te sigue. Tu ilusión es menos contagiosa de lo que crees. Apabullas con tanta dispersión de ideas, puede que a veces asombres, pero finalmente, tengo que decirlo, aburres. Nadie ve dónde está el objetivo, qué idea maestra te dirige. Algunos pocos supongo que te siguen por el resplandor de la antorcha que llevas en la mano, la que te guía mientras con la otra escribes. Sin embargo, los más se hacen  a un lado y prefieren veros cómo os perdéis por un camino que están convencidos de que no lleva a ninguna parte. No te ofendas. Que te reconozcan faltas, errores, carencias, puede ser mejor que el truco de conocerse uno a sí mismo. Sales malherido, cierto, pero existe la remota posibilidad de que salgas más fuerte. No es cuestión de que te conviertas en un Hércules intelectual, en una luminaria. Sólo se trata de que lo que escribes tenga algún sentido para alguien.

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