Sin duda el libro es algo más que un mero objeto. Basta ver las diversas actitudes personales que genera y cómo todas ellas se acaban concretando en una numerosa familia de bibliotipos, la mayoría bien conocidos, cuya afinidad a él completa una escala que va de la filia a la fobia pasando por una amplia gama de tipos intermedios. Esa gama recuerda un poco a lo que sucede con la bondad que va del bueno al malo pasando por un montón de tibios que entre los marcados extremos parece que sólo hacen feo. Aquí el bueno, el que encabeza la escala, es sin duda el bibliófilo, ese tipo que siente un amor sin reservas por los libros. Para él el libro más que un objeto es un instrumento que agita su conciencia a base de hacer fructificar ideas y despertar sentimientos. Se observa también en esa relación un punto de pasión, algo contenida, cierto, una pasión que confluye y potencia la que tiene por el saber, lo que lo convierte en el aliado ideal del filósofo. En el extremo opuesto encontraríamos al bibliófobo, en el papel del malo, un individuo que desprecia todo cuanto el libro representa como vehículo de ilustración y cultura, y que no duda en declarasr que se podría prescindir sin problema de él. El predicamento del que goza el libro lo lleva en muchas ocasiones a ir más allá del desprecio, por entender que el quedar fuera del juego que los lectores imponen lo sitúa respecto a ellos en una posición de inferioridad. Es justo esa situación lo que en realidad alimenta su fobia. Entre estas dos posturas, tan parecidas al blanco y el negro, aparece toda una gama de feos grises donde la pasión se matiza para blanquearse u oscurecerse. Tenemos ahí, por ejemplo, a un personaje como el bibliógrafo. Su amor por el libro, indiscutible, tiene otro carácter. El entiende que cualquier libro necesita de un contexto y por eso se dedica a explorar y localizar todos las obras que rodean y sostienen lo que ese libro ofrece. Aunque él es quien le concede su relieve, al encontrarle sitio entre las demás obras, rara vez entra a discutir lo que contiene, más bien se pronuncia sobre la importancia que merece como documento. En esta misma linea trabaja el bibliotecario. Consejero de lecturas y custodio del tesoro editorial, está lejos de ahondar en los libros. Sería imposible para él, son demasiados, lo que no excluye el celo con que se entrega a protegerlos. El que los selecciona de antemano, comprándolos a buen precio para guardarlos como valores en caja fuerte, es el bibliómano. Su manía tiene dos vertientes, la apuesta financiera y el fetichismo. De la primera nace ese afán por hacerse con «piezas valiosas», de la segunda surge el deseo de crear una colección de «libros excepcionales», digna de un museo, pero inequívocamente de su propiedad. La excepción aparece aquí como una alianza de conveniencia entre la cotización y la belleza. Elogiará el exquisito acabado de la encuadernación, la primacía de la edición, las ilustraciones originales y hasta el embriagador aroma que desprenden sus páginas, pero eso no consiguirá disimular la rapacidad comercial que le guio en su intención a la hora de hacerse con él. La deshonestidad del especulador llega al punto de creerse que por el cultivo de su manía debería de recibir el el título de bibliófilo. Con parecidas credenciales, en lo que manías se refiere, se presenta el biblioadicto. Este es un personaje que avanza a través de la producción literaria como un corredor de fondo, siempre empeñado en llegar a hacerse con la trayectoria literaria completa de un autor o de una generación de autores, no tanto por amor a los libros, que va abandonando como piezas usadas a su paso, como por acabar detentando un registro inigualable de lecturas. Esta clase de exhibición es muy propia de ciertos críticos que, a falta de criterio, comparan obras en largas enumeraciones para salir de sus permanentes apuros. Casi opuesto a este tipo sería el frecuentísimo bibliomonista, lector de un solo libro en el que ha depositado su fe. Su acendrada piedad lo ha convertido en obligada referencia para conducirse en la vida. El libro en cuestión dejó hace tiempo de conmoverle o de suscitarle ninguna pasión, pero entiende sus palabras como inamovible reflejo de una verdad que exige su reiterada y periódica lectura. Probablemente podríamos ampliar la nómina de tipos grises, entreverando los anteriores o rescatando a otros que manifiestan pasión por los libros, cada uno con matices propios que condicionan o devalúan su amor. Pero la pasión vuelve y se recrudece en los que se encuentran más allá de esos tonos grisáceos, incluso de la escala de tipos. Como hemos visto hay en esto de los libros los que se quedan en negro y como cierran la escala ocupan el lugar del malo. En ellos no es el odio lo que más abunda sino el desprecio teñido, eso sí, de ignorancia y complejo. Pero superándoles tenemos a otros que viven atizados por una brutal pasión, cuyas llamas avivan un extraordinario fuego. Me refiero a los biblioclastas, a los decididos partidarios de la destrucción del libro. No digo que no sea ésa la aspiración de algunos de los biblioadictos más piadosos, pero en esta ocasión apunto más bien a quienes no toleran la escritura por ver en ella el origen de todos los males públicos. Para ellos el fuego es el destino ideal del libro por su carácter purificador y por su proyección ejemplar. No les falta desde luego pasión y en la misma proporción carecen de cualquier interés por lo que el libro representa como obra generosa, producto nacido de la vivencia colectiva y muestra elocuente, pero no siempre bienvenida, de lo que somos y de lo que la memoria no retiene.
sábado, 25 de julio de 2026
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