Si los sueños no te acompañan sino que te asaltan y tratan de atraparte, escapa, chilla si es preciso, como yo mismo esta noche. «¡Fuera, fuera!», me he oido gritar, hasta que al final me he despertado con la respiración entrecortada, ansioso, temblando. Se entiende que no puedo contar con todo el detalle lo que vi y menos encontrar las causas de mi sueño. Quizá tuviera que ver con el bosque por el que de mañana paseamos, relativamente luminoso en un día diáfano, por otra parte. Pero los bosques siempre guardan su secreto. Cada vez más siento que pueden ser una lente de aumento y que pasear por ellos sugiere sensaciones que, si la encajamos bien, permiten reconocer los monstruos que nos rodean. En los claros, bajo la ancha copa de las majestuosas hayas todo me pareció placentero, pero cuando alargaba la vista entre los árboles y la internaba por los espacios sombríos del fondo el placer quedaba repentinamente en suspenso, como si se avecinara un ataque, como si algo o alguien nos estuviera siguiendo el rastro para abalanzarse en cualquier momento sobre nosotros. ¡Ay de los sueños, que te intentan arropar cuando lo que a lo que aspiran es a aprisionarte! Lanzan de repente sus fantoches, esta vez jóvenes aullando detrás de máscaras odiosas, profiriendo improvisados insultos y amagando con ponerte la mano encima. No viven ahí, sólo se esconden agazapados en el bosque y en el camino salen a tu encuentro para luego arrinconarte y hundirte en la maleza, humillándote, sacándote de la circulación. Por el camino has llegado a ver venir al que parecía dirigirles. Iba vestido de bufón, se movía a brincos con la flexibilidad de un sapo, pero su cuerpo era articulado como el de una marioneta, tan siniestra, a medida que se acercaba, que creíste confundirlo con el de un insecto gigantesco. Sobre su cabeza lucía un enorme gorro irisado, dominando el rojo y azul, acabado en media docena de puntas rematadas por unos grandes cascabeles que más te parecían ojos penetrantes. Ahora apenas lo ves, pero sí que escuchas el sonido creciente de sus pasos, mezcla de tintineos y chasquidos, una música que te suena amenazante, porque se aproxima. Sabes que está ahí, que habrá un momento en que levantará una rama y te saludará con una carcajada triunfal. Y ahí lo esperas, acurrucado, intentando que tus ojos te alerten, que lleguen a todas partes. El sol ha desaparecido y es el verde el que ahora te ciega. Lo venías temiendo, has oído ahí mismo crujidos y el cascabeleo, así que no ha sido una gran sorpresa ver cómo sacaba entre las matas de repente su cabeza. Lo que te pareció gorro es ahora una capucha que le oculta prácticamente el rostro. Con el aliento untuoso te llega un brote de risa capciosa. Dobla sus extremidades y se inclina, te cree suyo. Lleva entonces la mano a su cabeza, tira de una de las puntas y, al echar hacia atrás la capucha, oyes cómo se remueven todos los cascabeles. ¡Qué tristeza! Que lo que nació para espantar males, ahora anuncie la aparición del más terrible vengador. En el espejo es a ti mismo a quien tienes delante y no puedes evitar reconocerte. Es verdad que el terror te ha cconsumido y que no es mucho ya lo que queda. Si miras bien, verás ahora cómo se han acentuado tus rasgos y cómo se adivina en ellos tu monda y ridícula calavera.
viernes, 25 de septiembre de 2026
jueves, 24 de septiembre de 2026
Las campas superiores
No me gusta seguir el hilo de ninguna de mis entradas anteriores, pero he vuelto a leer lo de ayer y, sin darme cuenta, creo que he fruncido levemente el ceño. Es más fácil distanciarse de lo que uno no ha escrito para a continuación criticarlo. Lo haré sin acritud, porque el texto me gustó. Lo que me resultó un poco excesivo, hiperbólico diría, fue aquello de los Campos Elíseos. Llevar a los artistas, o a ciertos artistas, a esos lugares sobrenaturales es darles patente divina y obliga casi a arrodillarse ante su arte. No me veo yo rindiendo semejante tributo. Por fortuna estos supuestos dioses, los que tocan el piano «divinamente» o los que escriben novelas «sublimes», son de carne y hueso, lo que para mí los hace mucho más atractivos. Esa delicadeza de Clara Haskil que tanto me fascinó está seguramente fraguada con mucho sentimiento y no pocas lágrimas, su interpretación es producto excepcional pero muy humano también. Basta ahondar en la vida de figuras como ella para ver que estuvo sujeta a tantas penurias como a ocasionales glorias. Dicho esto, no todos poseemos sus cualidades, poseemos otras que con perseverancia quedarían a la vista de quien las quisiera ver. Ni siquiera necesitamos escenario para ser excepcionales en algo. Todos sostenemos, o mejor deberíamos mantener en alto, nuestra particular excepción, simplemente porque somos distintos. Así que, allá los demás, si atacados de miopía no nos conceden el debido valor.
miércoles, 23 de septiembre de 2026
Scarlatti-Haskil
El cruel juego de los fuegos
A fin de preservar el brillo que su mansión un día tuvo, la anima con toda clase de celebraciones y festejos. Más allá de sus muros, tanto fasto parece exigir una dosis a partes iguales de desprecio y crueldad, así como un público impasible y atónito, encantado de asistir al espléndido espectáculo en que los misiles, bombas y demás cohetería que parten de sus bodegas fingen atravesar el cielo como fuegos artificiales. Dirán esos espectadores alelados que ese fuego, por más que sepan que se trata de un artificio militar, representa el triunfo de la pureza y que al surcar libremente la noche resplandece con él la luz de su libertad. Pero sólo quienes reciben esa lluvia terrible como castigo llegan a conocer cuál es la cualidad y el poder intrínseco de ese fuego y rechazan, poniendo casi siempre su propio cuerpo en juego, el beneficio devastador de semejante pureza, pagando además con su vida el precio de la libertad ajena.
martes, 22 de septiembre de 2026
Engaños propios
Tratando de mostrar ante los demás una naturalidad que nos resulte propia, rebuscamos en el modo de expresarnos y nos corregimos hasta caer en el artificio y la impostura.
Transmutación
La fe con que defiendes la libertad, la esperanza que pones en la igualdad y la caridad que se vislumbra en tu fraternidad me hacen sospechar que te ha bastado con desplazar la vieja materia teologal para conformar tu brillante ideario secular.
Su rostro te sentencia
Cuando una cara impasible te da que pensar, en sus ojos puedes llegar a adivinar un juicio y en sus profundas arrugas los argumentos que le están sirviendo para alcanzar sus conclusiones.
lunes, 21 de septiembre de 2026
El trato imposible
«Para que me respetes, quiero que observes bien con qué tacto exquisito respeto yo tu falta de respeto.» Le sigue un golpe seco y contundente en la frente del observador que empieza, algo confundido, a dar muestras de improvisado respeto.
Tente tieso
El otro día me sorprendió la confesión en prensa de un individuo que decía que a la hora de amar se sentía agarrotado. Supongo que quería decir que no se encontraba a punto y en condición de cumplir con sus deseos. Sin embargo, como no tengo delante la cara del que lo dijo, bien podría argüir otras posibilidades, sobre todo si tiramos de lo del garrote. Puede que con garrote en mano se sintiera él como el rey de bastos, dispuesto a sacudir ante cualquier indicio de desamor. O puede también que el garrote representara la cruda circunstancia de encontrarse empalmado sin llegar a ver el oportuno remedio.
La RAE, siempre tan sabia, tampoco resuelve el dilema sobre el verbo agarrotar, pues sólo encontramos como más cercanas las siguientes definiciones:
-Dicho de un mecanismo o miembro: Quedar inmovilizado ante una unión rígida.
-Ajustar o apretar algo fuertemente [imagino que el propio garrote].
No tener y tener
Cuando uno no sabe disfrutar de lo que tiene, de poco le puede servir desatar ilusiones sobre lo que no tiene.
sábado, 19 de septiembre de 2026
Hablar y callar
El aprendizaje de las palabras es gozoso pero efímero, mientras que el de los silencios es angustioso pero necesario. El primero nos enseña a dirigirnos hacia los demás, el otro nos prepara para vivir en soledad.
viernes, 18 de septiembre de 2026
Fugarse
La fuga es siempre un intento de encontrar geografía en aquellos territorios que aún siguen abonados a nuestra fantasía.
Cita escatológica
Nada extraño. Vivimos tiempos de personajes dobles, de Janos astutos, capaces de mostrarnos la cara que en cada momento conviene a su interés. Al sujeto en cuestión basta verle en las fotos: una sonrisa cínica abarca sus dos caras. Como en tantos otros casos más cercanos, es inútil probablemente intentar ahondar en lo demás.
A los que ven a través de nosotros
Hay quien entiende la percepción como un ajuste preciso y le repugna presentarse abierto a vaguedades. Pero sólo la holgura expresiva nos permite ofrecer esos discursos implícitos, esas cajas de resonancia, donde las interpretaciones son ecos que se entrecruzan y la imagen del mundo se ensancha con sentidos inexplicables para el visor milimétrico y detallado. Cuando miramos al fondo, aún difuso, todo empieza en uno, en el uno, pero una vez lanzadas las líneas a través de las cuales las visiones se multiplican, dejamos a los demás la oportunidad de saber donde nuestro mundo acaba. Eso nos ayuda a figurarnos la gloria a la que nunca llegaremos.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Mi regla
«Tengo mis propias reglas», declara con orgullo el poderoso. La afirmación tiene un carácter arrogante, diría que casi constitucional, aunque a escala, eso sí, personal. Pero, en vez de perdernos en una lista, será mejor que simplifiquemos y vayamos de una en una, fijándonos de momento en una primera regla. Esa debería de ser, aunque el sujeto no lo especifique, que no admite las ajenas o que sólo las admite si son favorables a sus intereses. Sin gran esperanza de convencerle de su ridícula sobreestima y del menosprecio que ello supone, a quien así se pronuncia yo le diría: «¿Qué ocultas detrás de tu regla? Me dirás que tu libertad, cuando en realidad salvaguardas con ella tu poder. ¿Qué manifiesta tu regla? Me dirás que tu opinión, pese a que deja ver tu desprecio e ignorancia de la ajena. ¿Qué alcance tiene tu regla? Me dirás que sólo refleja la firmeza de tu línea de conducta personal, pero juzgas intolerable y condenas a quienes no la aprueban. Si ésas fueran tus respuestas, deduciré que a nada te compromete una regla que sólo tú has valorado, porque además puedes quebrantarla cuando quieras sin coste alguno. Por algunos puede que sea reconocida y que incluso sea aplaudida, pasando de regla personal a colectiva, lo que te procura una cómoda situación al darte la posibilidad de ejercer un poder blando entre quienes la aceptan como suya. Por el contrario, para quienes la conocen pero la rechazan, tu regla sólo puede ser un dictado, una horma para cuestionar y probablemente corregir su propia conducta. Tan propia en cualquier caso como tu regla.» En vez de darse a esas declaraciones de principio tan enfáticas, más le valdría tener en cuenta que el valor de cualquier regla, la suya entre ellas, depende del número de personas que la comparten, y eso siempre que la hayan suscrito libremente.
martes, 15 de septiembre de 2026
Sobre el milenarismo actual
El milenio medieval dio lugar a todo un abanico de creencias de inspiración cristiana pero bastante apartadas de la doctrina vaticana. De las fantasías asociadas a un apocalipsis final, a las que pronto se unieron las aspiraciones a un milenio igualitario por parte de una población sumida en la miseria, surgieron localmente facciones y sectas que la iglesia de inmediato desautorizó y persiguió con saña. Todo esto no vendría a cuento si no hubiera en los poderes fácticos actuales, o sea entre los promotores tecnológicos, algunos que claman ante la aparición del Anticristo con mensajes de alto contenido emocional. Convertidos en sumos sacerdotes de un nuevo culto, intentan remover la conciencia de las masas apocadas. La irrupción de la inteligencia artificial en diversas versiones, con la idea cada vez más manifiesta de superar el ejercicio intelectual de los humanos, ha colocado a la humanidad ante la posibilidad de tener por delante un fin de ciclo, provocando un vértigo parecido al que sacudió el mundo europeo con la llegada de aquel milenio. El creciente ruido mediático que todo esto provoca me ha llevado a comparar la situación con lo que se dio entonces,lanzando la vista a lo que cuenta la historia. Me he ido a un clásico, En pos del milenio, de Norman Cohn. Me han interesado allí especialmente las páginas dedicadas al culto al Espíritu Libre con las que se termina la obra. No deja de ser curioso que ya en 1970, fecha de su publicación, el autor advirtiera en dicha secta medieval signos que le parecían concomitantes con la situación que observaba en la sociedad. Evidentemente la escalada en aquellos días de la producción de armamento nuclear atemorizó a la sociedad en la que cundió la sensación de que se encontraba ante un final en el que muchos vieron un final del mundo. Parece que estas sensaciones, estos vértigos, se repiten cíclicamente o puede que aquello no fuera sino la antesala de la fiebre que hoy nos asola. Si alguna diferencia puede señalarse, entre aquello y esto, es el extraño maridaje al que han llegado con los años la tecnología y la religión, maridaje inexistente en los 70, toda vez que la ciencia, aun siendo tan opaca como ahora, gozaba del prestigio que se le concedía como último valedor defensivo de la sociedad. Sin embargo, la tecnología es hoy vista de otro modo bien distinto, por más que el temor que infunden los androides actuales no se difrencia mucho del de las bombas nucleares. La fe, que el liberalismo arrogante viene inculcando desde las más altas tribunas con el Anticristo como espantajo y amenaza, se ha infiltrado en las instituciones políticas y, bajo su inspiración, está haciendo avanzar a la sociedad en una dirección más eclesial que ciudadana. La fase tecnoreligiosa es aún de catecumenado, pero no tardarán en salir sus creyentes a la luz con la quimérica intención de arrastrarnos a algún paraíso tecnológico, lo queramos o no. Bueno, vengo escribiendo demasiado y lo que me importaba desde el principio es destacar una cita con la que finaliza Cohn su trabajo y espero que se me perdone por haber hecho en ella unos incisos que la ponen de actualidad.
«[..] el ideal de una emancipación total del individuo respecto a la sociedad, e incluso respecto a la misma realidad externa —el ideal, por así decirlo, de auto-divinización— que hoy día tratan algunos de realizar con la ayuda de drogas psicodélicas [y de instrumentos habilitados con inteligencia artificial, cabría añadirse], podía ya reconocerse en aquella forma paralela del misticismo medieval (se refiere al culto al Espíritu Libre) . El antiguo idioma religioso ha sido sustituido por otro secular, lo cual tiende a oscurecer lo que de otro modo sería obvio, pues la verdad pura y simple es que, despojados de su original justificación sobrenatural [no del todo, pues el apocalipsis sigue siendo adoptado como tentáculo emocional], el milenarismo revolucionario y el anarquismo místico continúan presentes.»
Y hacia ahí vamos, mucho me temo.
lunes, 14 de septiembre de 2026
Desmontando el no
Decir simplemente no es concluyente; decir no lo creo es un modo de opinar; decir no me parece del todo es rebajar el tono y abrirse a otros posibles; decir no lo veo es recluirse en la ceguera útil; decir no es ni no ni sí es acogerse a una cómoda duda; decir no es propiamente un no obliga a preguntarse si realmente es un sí. De modo que, si en una conversación uno asiste a una progresiva relajación de ese no primero mediante una secuencia como la aquí presentada, no tardará en adivinar que ese negador nunca quiso decir no sino sí.
Lectura y razonamiento
domingo, 13 de septiembre de 2026
Domingo en la ciudad
Por aquí el ambiente que reina el domingo tiene algo de letárgico, con toda la actividad diaria aparentemente retenida a la espera de desatarse la acción, bien es cierto que sin demasiado frenesí, a partir de la madrugada del lunes. Un sector importante del vecindario, el más activo y productivo, opta el domingo por «desconectar», bien sea encamado hasta media mañana tras una noche de francachela o buscando con furia obsesiva alguna actividad, normalmente deportiva, que lo libere del tedio diario. Lo que deja atrás es un apagón generalizado en el que sólo hacen su con esporádicas aparición algunos residentes fieles al aperitivo y la comida dominguera en el restaurante, así como la posterior zambullida en el sofá desde donde se expone a una serie de policías o a un tostón de película que, más que animar la tarde, acentuarán los riesgos soporíferos. La eventual travesía por la media tarde urbana arregla poco, resulta más bien desértica y conduce a un rápido retorno al nido en el que se empieza a contemplar el tragaluz laboral que nos espera al día siguiente. Para muchos esa visión es tan inquietante que interfiere en el necesario y reparador descanso y altera cualquier posible beneficio que pudieran ofrecer sus libres sueños. Las emociones, que a fugados y no fugados habían proporcionado un fin de semana exultante o simplemente pasable, se ven arrinconadas de repente y lo que se avecina es una semana sombría, cargada de melancolías, y sin demasiado interés laboral. Sólo algunos recuperan a última hora su plan de trabajo y repasan en su organigrama, día a día, las tareas por cumplir. Pero es difícil cumplir objetivos cuando no los tiene uno en su cabeza mínimamente explícitos. Es más fácil dejarse llevar durante toda la semana como un peso muerto, de esos que la corriente arrastra a su suerte hasta el siguiente recodo del río. Mientras tanto, la ciudad asiste impasible a estos ciclos y altibajos anímicos. Sabe que los lunes toca molicie casi general, que martes y miércoles no queda otra que pechar con las obligaciones y arrimar el hombro, que milagrosamente jueves y viernes se intuye una tímida ventana abierta a nuevos proyectos de escapada y que sábado y domingo se consuma la misma dejando abandonada y en silencio la ciudad. Es el domingo cuando el paseante descubre el esqueleto ciudadano. Al principio le parece sumida en un estado cercano a la parálisis, pero más tarde la encuentra descarnada, con su entramado de calles ganado por la apatía. A la pérdida de nervio le acompaña la falta del músculo que impulsa todos y cada uno de los servicios que concentra. En ese día, los autobuses públicos restringen sus horarios, la salud prioriza las urgencias, los escolares prefieren asistir a los partidos, los repartidores de mercancías han desaparecido y el resto se ha fugado, unos desperdigados por montes y playas, y otros refugiados en la casa del pueblo, allá donde sus abuelos ideaban un futuro urbano, convencidos de que la ciudad siempre sería para sus hijos mejor que ese huerto que ahora, perdido el tino, torpemente cultivan ello sin otro fin que volver a la noche a casa con unas raquíticas acelgas.
viernes, 11 de septiembre de 2026
En torno a lo propio
Confundimos el espacio propio con la propiedad. En el primero se vislumbra un afán de establecerse, de encontrar un lugar que apacigüe inquietudes, que nos dote de cierta seguridad; es, por tanto, un espacio de resistencia, de continuidad, un espacio en el que educar la soledad, ganado como un retiro voluntario, como un rincón desde el que observar y meditar, nunca como una reserva cercada y obtenida a costa de apartar a los demás. Lo que vemos en la segunda es otro interés claro y bastante manifiesto, el de quien intenta hacer suyo o, diríamos mejor, el de quien se apropia de un territorio aparentemente huérfano sobre el que extiende su dominio aparentemente protector, en el que acaba por ejercer su potestad, desde el que no cesa de ampliar miras, aunque ello suponga avasallar y someter a otros que libremente lo disfrutaban ignorantes del derecho a actuar según su voluntad que el título de propietario le permite. Son bastante evidentes las diferencias entre la actitud que da paso al espacio propio y la que se impone por medio de la propiedad. La primera es de vocación introspectiva y de carácter protector, genera un alivio del que surge la libertad individual, fomenta un punto de vista que ayuda a sopesar el beneficio de lo sensual y material, y habilita un silencio que posibilita la conclusión de un ideario personal. La segunda, sin embargo, nace de un propósito inicialmente defensivo con el que se reclaman y se marcan límites a los intereses ajenos, considerando invasivos incluso los que pudieran parecer compatibles con los suyos y rechazando los altruistas como algo impropio. Visto lo anterior, pienso que no hay expresión más equívoca que la muy celebrada de defender lo propio, porque no se sabe a ciencia cierta qué es lo que ahí se defiende, si ese espacio que viene a definir la naturaleza propia de uno o el terreno a través del cual se proyecta a fin de encontrar sitio a sus fantasías dominadoras.
jueves, 10 de septiembre de 2026
La modestia voraz
Para quien mantiene la oportuna modestia, su saber se queda en un conocer. El hecho de conocer le anima a disertar, aunque sea modestamente, pero lo que un modesto diserta vale lo mismo que su improvisada opinión. Ahora bien, desde la modestia el opinar debe considerarse algo tan llano y fútil como el hablar, contando con que lo que se habla llevado por la modestia carece de cualquier relieve personal. Concluyo: si la modestia es tanta y tan insistente que consigue desplazar a la sabiduría, entonces habrá que ir a buscar a ésta en los silencios.
Me ha sentado mal el desayuno
Me levanto y desayuno mientras leo la prensa. No es tan rara esa falta de entendimiento de cómo se ha podido llegar a lo que, según dicen las noticias, finalmente ha sucedido. Me pasa muchas veces que no aprecio bien la continuidad del efecto con una causa que parece estar oculta y a la que busco para que haga ese efecto al menos verosímil, ni siquiera razonable. Me voy dando cuenta de que hay aspectos de la realidad que se me escapan. Vivo en el mundo, claro que sí, pero mis sensores o bien son de corto alcance o bien están aletargados. No consigo concebir qué clase de mente actúa en los autores de esos actos tan incomprensibles. No es que no los admita, tampoco me indignan ellos, no es una cuestión moral, más bien me dejan perplejo. Encuentro muchas, demasiadas, actuaciones delirantes y, además, eso sucede a todos los niveles, en todas las clases sociales, desde los altos ejecutivos a la gente de menor relevancia. Procuro seguir atento a las reflexiones de algunos observadores críticos, por si me ofrecen alguna luz. Me refiero a personas de buena cabeza, ésas a las que antes llamábamos intelectuales. Sin embargo, hoy parece que su audiencia y su capacidad de convocatoria están de capa caída. Buscando explicación, imagino que, con el auge de la intelectualidad artificial, el tono humano y demasiado cercano, que de algún modo imprimían a sus escritos y declaraciones, introduce emociones sospechosas y por eso está en riesgo de desaparecer. Y en ese tono humano incluyo también los errores, errores que la inteligencia artificial, señora y dueña de los patrones del bien pensar, se encargará de corregir. Habría mucho que decir sobre los errores, porque la lógica puede apurarnos hasta el abuso, pero pretender que estamos ante una herramienta intelectual que carece de punto de vista es tan ingenuo como suponer que carece de dueño. Más que obtener reflexiones y optativas, deberemos acostumbrarnos a recibir de ella instancias más o menos imperativas y llamamientos a ejecutar las decisiones que nos ofrece. Es cuestión de acatar su autoridad. Se nos aconsejará que no dudemos de su «criterio», pues sus soluciones se nos entregan sobre un indescifrable colchón de datos, traídos de aquí y de allá, a conveniencia de algún algoritmo teledirigido desde la oscuridad. En medio de todo este entramado, que es parte sustancial del mundo en que vivo, me siento como un superviviente del siglo pasado, alguien que se ha visto desplazado a un nuevo siglo en el cual cada vez son más las cosas que no consigue asimilar. Cuando encima compruebo que son de mi quinta o superiores los que llevan la batuta, bien sea como políticos o como dirigentes sociales, entro en profunda crisis y me pregunto cómo, partiendo de parecidas coordenadas históricas, han podido ir a parar a un punto que empiezo a ver como la antesala de la locura. Lo sé, hablar de locos es un recurso argumental endeble. También sé que, si hablamos de conducta, la normalidad es un concepto bastante quimérico, algo que sólo tiene refrendo en la estadística, pero me conformaría con que las anómalas ilusiones predicadas por todos esos que van en cabeza no nos hicieran a todos los demás descarrilar. Si, a través de su autoridad, toda nuestra confianza acaba depositada en la magia de datos, nubes y algoritmos providenciales, vamos apañados.
martes, 8 de septiembre de 2026
Siguiendo al sabio
Se supone que seguir los pasos del sabio es ascender. Pero ¿cómo podemos saber si aquel a quien seguimos es un sabio o un farsante? Ese es un grado de sabiduría que se otorga individualmente, parece una inteligencia innata, que de poco sirve cuando tan sólo le lleva a uno a saber que en esa senda encaja bien su pie. Y por otro lado, sea o no sabio, llega otra pregunta: ¿cómo podemos saber que ascendemos? Pues bien, ahí a lo que tendremos que recurrir es a nuestros ojos, a fin de no perder en la ascensión de vista el mundo o, más propiamente, a fin de no acabar perdiendo pie. Así que mantendremos ese hilo, con la mirada, pero sin tirar de él, porque no deberíamos tener mayor interés en amarrar y poseer el mundo. De hecho, si ese interés se va perdiendo en la lejanía, si el mundo aparece recreado en el fondo de nosotros oscilando entre dudas y pendiente de ese hilo, es probable que llevemos el camino del sabio. Cuando nos veamos perdidos, en plena oscuridad o azotados por las tormentas, seguro que por ahí nos llegarán sus sutiles palabras. Su verdad nos parecerá entonces casi sagrada y quizá nos ayude, pero lo que nunca sabremos es si el mundo al que estamos ascendiendo tiene algo de verdadero.
lunes, 7 de septiembre de 2026
Desvelando retratos
Si es verdad que los retratos acaban corroyendo el alma de quien posa, como se sostiene en muchas culturas, y que destruyen el aura que le rodea anulando además cualquier asomo de vitalidad, eso explicaría la apariencia reseca y el gesto exánime con que muchos retratados acceden a la inmortalidad.
viernes, 4 de septiembre de 2026
Belleza y maldad
Farin Urlaub, cantante y antiguo miembro del grupo punk Die Ärtze, nos arroja a la cara una sentencia que más que un lema de conducta lo que refleja es una actitud ante la vida. Dice Farin en una entrevista reciente: «El mundo es bello, la gente es malvada». Probablemente un mundo sin gente perecería en el tiempo tiempo ahogado por su muda belleza, pero lo seguro es que mucho tiempo antes ese mundo habría dejado de ser el nuestro. Esto lleva a preguntarnos qué sería de la belleza sin nosotros, sin nuestra humanidad tambaleante, a la que vamos viendo oscilar en su breve paso por el tiempo geológico humillando a la tierra y, al abogar por el beneficio, alternando a conveniencia la bondad con la maldad. Me temo que la belleza, lejos del criterio platónico, no está alentada siempre por la bondad. Con demasiada frecuencia hemos ido viendo cómo algunos torturadores han conjugado hábilmente su fineza técnica con su depravado juicio. Ha quedado así en evidencia que la ética no ha supuesto impedimento a la hora de compaginar su eficiencia como funcionario con su devoción como explorador de las exquisiteces singulares que mantiene ocultas la belleza.
jueves, 3 de septiembre de 2026
miércoles, 2 de septiembre de 2026
Adiós a las estrellas
A medida que se apaga el fascinante universo de las estrellas, vamos viendo flotar sobre nuestro mundo un compacto enjambre de símbolos opacos que, al servirnos de referencia, recrean para nosotros una vida extraña y etérea, de ilusiones intermitentes y vacías, ajenas al curso terrenal.
martes, 1 de septiembre de 2026
Al dictado del reloj
Quiso enterrar su reloj con todos los honores. No ahorró en ceremonias y cortejo fúnebre y lo llevó hasta lo más alto. Fue su cabeza el lugar elegido, el más digno, el de más hondo criterio. Y allí lo sepultó. Aspiraba a revivir alejado del orden y el tiempo, sin imperativos, en el olvido. Pero no sucedió, porque la máquina nunca cedió. Pronto le llegaron ecos que marcaban pasos, ritmos que encadenaban procesos y un aliento metálico que enturbiaba su mente. Ella despertaba y su cabeza le seguía en su marcha incipiente. A la vista empezó él a tener previsiones y por detrás reaparecieron los recuerdos. Donde él ya no quería ella paciente hurgaba. El tiempo seguía ahí y recuperaba su musculatura. Fue un triste espectáculo ver cómo esa mecánica vida acababa por disputarle a la muerte su cabeza. Ya que su intención era salir del mundo, más le hubiera valido enterrar sus ojos antes que el reloj o, más sencillamente, perder la cabeza.
El sueño del bufón
Si los sueños no te acompañan sino que te asaltan y tratan de atraparte, escapa, chilla si es preciso, como yo mismo esta noche. «¡Fuera, fu...
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2 que van y 2 que vienen no tienen por qué ser 4.
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A verlas venir es una expresión difícil de interpretar. Hay que mirar a la cara a quien la usa para hacerse una idea de lo que está queri...
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En esto de llorar también hay campeones, gente de lágrima fácil y razones incontrolables. No creo que eso sea signo de inteligencia emociona...