Hacer creer que un error sólo es una confusión, un simple desliz, o una equivocación parece, a estas alturas, una pretensión ingenua. Porque el error es ante todo una consecuencia, tiene detrás su inestable fundamento y, sobre todo, contraría lo que se venía sosteniendo. No hace falta mucha lógica para reconocerlo. Para que no aparezca como un fracaso, como el fruto de un descuido imperdonable de quien lo suelta, se intenta revestirlo con magia retórica. Los artistas de la palabra logran con ella convencer a los crédulos de que lo que ha habido no es un error, sino una ocurrencia original, una idea rompedora o un provechoso invento. Asumiendo esta versión, ponen su invento en circulación y el error se reproduce de forma promiscua dando lugar a nuevas y variadas formas, todas ellas igual de erróneas, pero sugerentes por su sinrazón. Para salvar el bache afirman sin ningún pudor que rechazar los errores, los mismos que pueden afectar a la fiabilidad de cualquier producto o acción, es de algún modo negar su aportación a la creatividad. Pero aceptarlos, sólo porque dan lugar a algo nuevo, no hará inocentes de sus repercusiones a sus valedores. La misma objeción sirve, en otro orden de cosas, ante quienes intentan pasar el error, o la falsedad más o menos clamorosa, por hecho válido y a continuación lo hacen funcionar como información útil. Sería largo de debatir a quién le resulta eso finalmente útil, pero no cabe duda de que los engaños creativos, fruto de errores fortuitor o buscados, se han convertido en un modo singular de colar lo falso revistiéndolo de originalidad y de presentarlo como algo llamativo y mercedor de atención. Con sólo darse ese paso, el error encuentra un método para hacer que los inventos fuleros circulen por doquier como verdades simpáticas y curiosas. Lo artístico, se alegará, es refractario a la severidad lógica de quien denuncia un error. Ahora bien, extender esta doctrina sin ton ni son, sin mediar interés artístico alguno, es el gran, el mayúsculo error. Y sus efectos pueden ser devastadores, porque cuando de un error se hace un invento, la verdad, aquello por lo que las palabras se guían, pasa a ser también pura invención.
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