miércoles, 29 de julio de 2026

Tener por seguro lo que no es seguro

El esquema es cada vez más frecuente. En realidad se trata de una fórmula retórica que pretende fijar la errática atención del lector y que consiste en interpelarle con una pregunta muy simple: ¿Es seguro...? y  a continuación se deja caer un verbo relativo a una acción cotidiana y aparentemente inofensiva. Puede ser comer patatas, ducharse con agua fría, tomar café descafeinado o incluso acudir al médico del ambulatorio. Generalmente la duda que se genera apelando a la inseguridad tiene su inmediata resolución en el propio artículo. Mejor comer aguacate que esquilma acuíferos que patatas, ducharse con agua caliente aunque se gaste más energía, pedir café con cafeína que es de más calidad y no contiene residuos cancerígenos y acudir a la medicina privada cuyo pago mensual la hace más fiable. Sorprendentemente estos mensajes, pese a formar parte de una obvia estrategia publicitaria, calan con facilidad entre el público. No digo entre ese público que tiende a sentirse inseguro y que busca protección y longevidad a toda costa, sino en el público en general. Las autoridades exhiben ufanas múltiples órganos de control, principalmente los personificados por las fuerzas del orden, pero nada de esto logra contrarrestar los mecanismos de intimidación que de forma solapada obran en favor del pago por una mayor seguridad, de la que vemos que abarca cada vez más aspectos: alimentación, ocio, educación, sanidad, etc. A cualquiera se le ocurre que la serie de preguntas montadas con ese esquema podría perfectamente finalizar con la siguiente: ¿Es seguro para el equilibrio mental —y para el pecunio propio— seguir leyendo consejos que invitan a pagar con la promesa de obtener más seguridad y mayor bienestar físico?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Transformar o deformar

Tantos son hoy los vigilantes de cuantas novedades surgen en las formas que no deja de sorprender que sean tantas las transformaciones que s...