Se dice, o nos cuentan más bien, que pronto todo el mundo se concentrará en ciudades, mayormente en las de más tamaño. Esa tendencia a la concentración me lleva a una comparación de la que espero que no suene demasiado gratuita e improcedente. Con ella no quiero enmascarar la crueldad y los crímenes perpetrados en lo que conocemos como campos de concentración, pero hay algunos rasgos de ese régimen despiadado que se han filtrado en aquellos lugares donde la gente se concentra. Debidamente edulcorado y sin sus consecuencias letales, algo de eso resurge, sin ir más lejos, en nuestras ciudades, a las que denominar bases de concentración urbana. Si me muestro tan severo con ellas es porque ha sido mucho lo que prometían. Después de pasar por aquella época en que los castillos y sus señores suponían la única garantía de supervivencia en un medio hostil sembrado de guerreros, forajidos y animales, nacieron como espacios donde veríamos siempre protegidos nuestros derechos y estaríamos a salvo del miedo que infundía permanecer en campo abierto. Pero concentrarse supone también aceptar, por contrato social o por imposición legal, una disciplina más o menos rígida. Las urbes pueden parecer hoy los casos más inocuos de concentración humana, pero sabemos que alrededor de su centro aparecen barrios inhabitables, reductos para excluidos, ilegales y migrantres e incluso campos de reeducación, por no hablar de las cárceles para delincuentes, tanto más atestadas cuanto más baja es la condición de sus reclusos. Igualmente variable es el grado de disciplina que en cada uno de esos lugares se impone. Donde el dinero florece son tan ligeras las reglas que se crea la ilusión de una libertad casi absoluta, pero donde falta asoman las aristas y se distinguen con claridad los muros que dividen el gran cuartel.
Del plano analítico, que con frecuencia me cansa por lo inútil del devaneo, me voy a intentar pasar, sin perder de vista la ciudad, al plano poético, ariesgándome de este modo a ponerme en ridículo. Lo que pasa es que, mal que bien, las metáforas ayudan a veces a aliviar la desazón y eso es lo que ahora mismo me importa. Primero me voy a fijar en el personal que patea las calles. Son muchos los que circulan perdidos, a su suerte, condenados sin posibilidad de salir y sin ánimo suficiente como para aguantar el encierro al que en la práctica se ven sometidos. Buscan infructuosamente el centro, que es donde se encuentra el poder, siempre demasiado lejano para ellos. Eso les hace merodear como animales concéntricos, orbitando en torno a ese punto cuya situación realmente desconocen. Ese constante transitar les hace olvidar la cautividad que padecen. Del centro de la ciudad, del poder que detenta, puede decirse que sostiene la terrible figuración que la ha venido conformando. Siendo la protección que ofrece ilusoria, uno no se puede sentir dominador de nada en medio de la ciudad. Sólo tiene que mirar cómo en torno a sí emergen edificios gigantescos como monstruos, custodios y reflejos del oscuro poder que los preside todo. Los levantan como retos, pero con el tiempo más parecen torres de vigilancia destinadas bloquear nuestros deseos. Rodeados por ese cerco, apenas conseguimos respirar el aire sereno de los campos y las montañas, un paisaje que queda poco a poco olvidado más allá de los oscuros muros que se imponen verticales por todas partes. Uno se pregunta que fue de aquellos horizontes que profundizaban la vista y la alargaban hasta el infinito.Se lo pregunta ahora que sólo tiene ante sí una oscura y arrogante línea quebrada en la que va quedando resumida una lamentable enseñanza: cuando el poder concentrado manifiesta su soberbia lo que pretende es castigar a sus reclusos a la ceguera.
viernes, 3 de julio de 2026
Horizontes difíciles
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