lunes, 6 de julio de 2026

Panduro

Sin razón, sin emoción, pero sin dudas, el director, don Adolfo Panduro, aprovechaba siempre la menor ocasión para sembrar con sus estrictas órdenes el desconcierto entre los propios y el descontento en los extraños. Con un hilo de voz monocorde emitía, a través de potentes altavoces, consignas que eran prontamente secundadas por su disciplinada parroquia. Su gente daba por supuesto que de su inteligencia excepcional, muy superior en cualquier caso a la de todos ellos juntos, emanaban decisiones claras, capaces de arrasar cualquier crítica. Nada ni nadie lograba oponerse al siniestro programa de igualación intelectual con el que iba ampliando el número de sus oyentes. Sinceridad no le faltaba a la hora de presentar éste y otros objetivos, frente a los cuales la respuesta de sus seguidores era prácticamente inofensiva y la del resto casi irrisoria. Vigilando en todo momento desde el umbral del misterio, don Adolfo apenas se dejaba ver. Era terriblemente celoso de su imagen, la cual permanecía a todos los efectos oculta, como si la megafonía le sirviera de  infranqueable telón. Aun así, bastaba oír aquella voz, alterada para darle un tono juvenil, para percibir una seductora desenvoltura que llevaba a su gente, no sin abierta resignación, a cumplir con sus delirios. Era remiso a presentarse, porque su primeros contactos con la sociedad nunca fueron fáciles. Decía Panduro provenir de una vieja saga de astutos pastores de las tierras altas. Al parecer, había sido criado bajo duras condiciones en una pequeña chabola metida entre el bosque y las brumas montañosas. En cuanto consiguió cierto ascendente, cabe suponer que tendería a ver a quienes le seguían como parte de un rebaño de gente a la que, asustada por las alimañas de montaña, había logrado convencer de que sera su mejor defensa. La probada fidelidad y el talante ovejuno de estos primeros acólitos hacían que nos les pesara la servidumbre. Su conducta obediente y su discreto parecer los hacía propicios y sensibles a sus palabras, siempre terminantes y efectivas. Puestos a oír eran bastante diligentes, pero si de juzgar se trataba, aplazaban su opinión y preferían remitirse al veredicto de don Adolfo. Por enmarañados que fueran, los problemas no eran tales teniendo en cuenta que siempre encontraban en él la correcta respuesta. Más que pensar, hábito ya trasnochado, de hecho sólo subsistente entre los fanáticos lectores de libros y gacetas, la nueva costumbre era esperar a que sobre cualquier cuestión se pronunciara aquella metalizada y penetrante voz suya. La gran virtud, puede que la única, de Panduro es que proponía salidas, soluciones y remedios bien sencillos y que, a cambio, sólo pedía que se cumpliera lo que su mente privilegiada determinaba. Acogidos a esa dirección magistral, sus seguidores prestaban con gusto su oído a las fórmulas salvadoras, a los cuentos gratificantes y, de vez en cuando también, a sus recetas suculentas. Con él la sociedad no necesitaba de leyes disuasorias, pues bastaban sus consejos siempre directos, oportunos, inapelables. Dentro de este ambiente de confianza paternal que los megáfonos creaban, era muy de agradecer que siempre hubiera y nunca faltara una rebanada de pan con algún complemento junto al amplificador. No es detalle menor y era muy celebrado que a quien acudía a su consulta, además de acabar bien alimentado, todo le salía a pedir de boca. Don Adolfo se había convertido en leyenda, no tanto por su inteligencia, tan metálica y resonante como su voz, como porque allí nunca faltaba su sustancioso pan, pan algo duro de roer para algunos, pero pan seguro al fin.

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