Una vez más, en el ejercicio del poder, se procede a una suerte de involución verbal. Mediante el juego con palabras, lo que pretende ser, sin tapujos, una acción de «saneamiento» ideológico acaba indefectiblemente en paradoja. Lo hemos visto con las ostensibles volteretas que se le vienen dando a ideas que creíamos firmemente reconocidas como la libertad, la igualdad y la fraternidad. Es así como, para pasar al ataque «sanitario» y hacer creer que es pura defensa, el turno le ha llegado al odio. El odio, tal como todos lo entendemos, es unidireccional y el contraodio tiende a ser una maniobra sobre todo defensiva. Desde el poder es sencillo disponer los medios audiovisuales para caldear temas y avivar las llamas en tertulias de medio pelo y filtrando información incierta, descalificadora y generalmente humillante. Por esa vía lo que se fomenta es odio y, cuando sus efectos quedan a la vista, lo que vemos no es medianamente discutible. La novedad es ver a esa misma gente, a los agentes del odio quiero decir, calificando las desavenencias y protestas ante sus desmanes notorios, bien reconocidos, como manifestaciones merecedoras de castigo penal, como delitos de odio. Conviene señalar que, por mucho que quieran, el odio no es reversible, y que su furor progresa demasiado fácilmente cuando se airea desde el poder. Desde ahí se ve el contraodio como ofensa a la autoridad, cuando sólo hay resistencia al señalamiento y al abuso verbal. Para ello le dan la vuelta al odio y a la propia palabra, empleándola como arma oportunista, mediante sus múltiples agentes, a conveniencia. Es de lo más sangrante que alguien como Benjamin Netanyahu acuse al alcalde de Nueva York de promover el odio por declarar que debería de ser detenido por crímenes de guerra para comparecer ante el Tribunal de Justicia Internacional y es terrible que busque la connivencia de su protector americano para tumbar al órgano de justicia que lo persigue.
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