domingo, 19 de julio de 2026

Estampida de centauros verbales

De un pequeño ensayo de Efrén Giraldo sobre Botánicas fantásticas, en su Sumario de plantas oficiosas, rescato la siguiente cita: «La mentira bien urdida es el centauro verbal por excelencia, mitad invención y mitad datos». Cabría preguntarse, según esto, si no será el arte el modo de sobrevivir en un mundo de centauros. Mientras la mayoría se fija de manera compulsiva en los datos, algunos eligen elevarlos para intentar traerlos a una nueva realidad alimentada por sus particulares invenciones. Una vía de escape probablemente. Eso les permite, además de ver a muy variopintos centauros, convivir con todo un universo en que ellos nos miran como extraños. No son compañeros fáciles. Se sabe que son casi imposibles de cabalgar y que, caso de intentarlo, pueden llevar con sus poderosas arremetidas al audaz jinete a la locura. Aunque no sea doméstica, tener al centauro por especie próxima nos lleva en cierto modo a su asumir la irrealidad natural, un hito en cualquier caso bastante perturbador. Sobre quien atraviesa esa puerta cae a la larga la condena y la incomprensión general. Se le tacha de mentiroso, cuando deberíamos pensar que estamos ante un destacado figurador de inéditas formas vivas, alguien que rescata sobre lienzo o papel algo de lo que desechamos por desconocido y que, si llega a ser vislumbrado, lo damos por improbable e ilógico, en definitiva por irreal. No obstante, por mediación de quien ya convive con ellas, llegamos a conocer expresiones provenientes de esos mundos ficticios, algunos poblados por centauros y otros por criaturas que han sido calificadas de inaceptables por inimaginables en el nuestro. A quienes como ellos se atreven a ayudarnos a levantar la cabeza para ver maravillas centáureas por encima del muro, los admiramos, pero para ponerlos al mismo tiempo bajo sospecha, por mentirosos, por embaucadores, por cuentistas. La sospecha se extiende a todo lo que se crea en ese estado, fugas evidentes del rigor de la lógica que está contenida en los catálogos certificados. Por su parte, Giraldo sigue a lo suyo, asentando parte del arte y la belleza en esa molesta tesitura mentirosa, en ese modo insólito de intervenir la irrealidad prescindiendo de los métodos, pero con el mismo instrumental orgánico que describe lo real. Y así confirma el impagable beneficio obtenido de de criar centauros cuando afirma: «No hay nada tan inquietante como el dibujo realista de algo que no conocemos, artificio en el que descansa uno de los más bellos efectos del arte y la literatura fantástica.»

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