martes, 21 de julio de 2026

Relájate

Me empieza a cargar que, en música, cualquier demostración de delicadeza, de esa sutileza que desde siempre despertaba vivas emociones, se venda ahora a través de los medios como una homologada y fiable vía de relajación mental. Para la homologación se va a por melodías de aire meloso, más propicias siempre a favorecer, con la ayuda del piano o el violín, un trance, un revulsivo o una catarsis personal. La envoltura icónica con que se presentan acostumbra a ser tambien asunto decisivo para la venta del producto. Con ese fin se las acompaña de una serie de imágenes sugerentes, casi siempre infantilizantes y en tonos pastel, que llevan a confundir la candidez con la delicadeza. No estoy seguro de que ese amanerado regreso a la inocencia sirva para combatir la anisedad. Pero lo peor para mí es que esa primera selección musical se ha ido poco a poco ampliando y que, con esos fines de ayuda terapéutica, se está tendiendo a crear un género nuevo donde el material sonoro —sí, digo bien, material— va quedando lejos de la sutil complejidad de sonidos que inspiró a sus autores. No creo que la música requiera de oyentes sesudos o exquisitos, cualquiera puede sentirla libremente a su modo. Pero tampoco creo en la escucha utilitaria y menos en la de unos oyentes que se sirven de esas obras con la esperanza de recuperar su estabilidad mental. Estoy más bien enfrentado a la maquinaria comercial de apropiación e inducción clínica que se sugiere al anunciar una segura reorientación de emociones por medio de esta llamada a la relajación musical. Vamos constatando, sin embargo, que esa ayuda musical ofrece escasas garantías, pues pronto es rechazada, bien por carecer del ritmo típico, por no casar bien con las corrientes musicales actuales o simplemente por no rendir los beneficios prometidos. Estos cambios en la composición de la audiencia me recuerdan a cuando en su día vi a Platón instalado en una librería en la estantería de Sociología. Aquello me sorprendió, me di cuenta de que estábamos en otra era, quizá en otra cultura, en la que el material antiguo, para ser vendido, debía de ser reciclado. Ahora mi grado de resistencia a todas estas olas corrosivas, que el empuje comercial nos envía, es menor, pero, aun así, me siento indignado con el manejo pretendidamente medicinal de los Nocturnos de Chopin o de las Gymnopédies de Satie, sobre todo cuando los escucho como musiquilla de fondo en la sala de espera del dentista.

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