jueves, 30 de julio de 2026

A sus órdenes

Por una vez recibí con agrado su orden. Movía casi a compasión porque había llegado con pinta de estar con resaca, pasando por un mal despertar, en estado de extrema confusión. Me miró fijamente, los ojos vidriosos, y sin dejar de fruncir el ceño tuvo de repente un insólito arranque de sensatez. En tono tajante y en voz bien alta me soltó: «Te prohíbo terminantemente que hagas lo que yo te diga». Como bien mandado, tomé buena nota de ello. Fue luego cuando me vino el lío, porque no sabía si la orden incluía lo que me había prohibido o no.

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