lunes, 20 de julio de 2026

Pérdida y pérdidas

Tan difícil de digerir me resulta la grandilocuencia como la vanilocuencia. No diré que encuentro ésta cómica, ni siquiera afirmaré que estoy libre de pecado, y hasta puede que hiciera mejor en reservar mis críticas para algunas de mis salidas de tono. Decía vanilocuencia, pero está claro que para quien padece sufrimiento no hay palabra vana. Otra cosa es saber uno por qué o por quién sufre, sobre todo si lo que quiere es entender qué ha sucedido. Difícil asunto, cuando el sufridor pone una causa banal precediendo al efecto desmedido que acusa. Pronto queda al descubierto que esa banalidad no es ni mucho menos razonable. Ha habido una batalla, quién lo duda, pero incruenta, porque ciertamente no ha habido muertos, ni víctimas stricto sensu. Más que de pérdida habría que hablar aquí de orgullo herido. No por ello digo que sea algo desdeñable, pues esa es una herida que, cuando es colectiva y profunda, reverbera y suena como si se hubiera producido un cataclismo. Basta con prestar oído a los noticieros para comprobarlo. Lo que propongo, para poner las cosas en su sitio y no dejarse llevar por la elocuencia fácil, es apelar a un principio que todo el mundo parece tener en boca al principio, cuando aún no se enfrenta a la crudeza de la derrota. «Al final sólo es fútbol», afirman quienes van poniéndose la venda donde todavía no se ha abierto la herida. Mas no nos excusemos con que es sólo fútbol, digamos mejor que es el fútbol, un juego algo perverso, capaz de levantar una animosidad inverosímil entre multitudes a las que invita a descubrirse mutua y gratuitamente como opuestas. En nombre de qué, aquí es donde continúo sin entender. Si hablo de vanilocuencia es porque el desenlace acarrea himnos elegíacos y épicos según sea el lado, himnos sublimes acerca de una nadería, fruto de una ilusión ásperamente malograda o dulcemente digerida. Todo hecho, y un partido es simplemente eso, debería merecer palabras acompasadas, palabras que den curso de salida a las vibraciones colectivas. Acompasadas quiere decir proporcionadas, alejadas del orgullo patrio, un sentimiento inútil donde los haya, que nunca muere, que se regenera no pocas veces violentamente. Cuestión de esperar, pues, que no suceda. 
Debo admitir, no obstante, que hay calidades y grados en la vanilocuencia. A la altura del mismísimo Lorca sitúo la elegía de José Luis Lanao a la derrota ayer en el campo de juego de su Argentina. Si no estuviera detrás el fútbol, diría que es impactante el brillo poético con que se expresa. En mi opinión, no obstante, el motivo de partida no debería dar para tanto, pero el sentimiento personal es el último reducto de la libertad y sus palabras suenan sinceras. Aun así, no puedo evitar pensar que el párrafo, espléndido, sería digno de mejor causa.
La pena es de azabache, y se canta con voz de madera. El silencio abruma, tiene una pureza cóncava como de interior de aljibe. El dolor cuelga del árbol como una extraña fruta. ¿Qué hacer con este presente deshabitado, desnudo? La tristeza muestra sus vísceras. Se la oye venir desde lejos, poderosa.
He citado a Lorca —quizá cometa un desafuero— porque me ha venido a la mente su Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. En concreto aquella estrofa que dice:
La piedra es una frente donde los sueños gimen / sin tener agua curva ni cipreses helados. / La piedra es una espalda para llevar al tiempo / con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
La piedra a la que Lorca se enfrenta se parece bastante a esa pena que Lanao ya no soporta. Los árboles desde su mutismo presiden en ambos casos el alarde insufrible del dolor. Pero para volver a llevar las cosas a su punto fijémonos en el tiempo, truncado para el torero, una tragedia, y, pese a todo, abierto al futuro, viviente, para esos jugadores y sus seguidores. Puede que estas pantomimas, donde se simulan batallas, lleguen a ser eficaces palancas para remover y aglutinar identidades, pero con el tiempo a favor resultan mascaradas, espectáculo para la galería nacional. Así que sinceramente creo que esa pérdida, que la parte vencida ha vivido como un cruel desgarro en su entraña, sólo debería significar que se ha perdido una oportunidad. El tiempo sigue, cura y deja abierta la puerta a más vida y a otras oportunidades tan triviales como la anterior. Hubo fracaso final, pero no me parece que mereciera desde luego tan honda elegía. En lo que a mí respecta, no yéndome nada en ello, ahora mismo pienso que podría haberme ahorrado este escrito propio de un frío y desapegado corregidor.

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