miércoles, 15 de julio de 2026

Por defender hasta caer, pero mejor caer antes en la cuenta

La historia está llena de humanos anónimos, muchos de ellos caídos en guerras que no eran de su interés frente a enemigos estereotipados contra los que nada tenían. Caer en combate por no haber caído en la cuenta es un drama, pero acabar en la tumba del soldado desconocido habiendo caído antes en la cuenta de que aquello no valía la pena es una tragedia. Son muchos los que acatan el pliego de condiciones (unas leyes, por ejmplo) que nunca serán capaces de defender, pero son muchos más los que se ven obligados manu militari a defender «hasta la última gota de sangre» lo que no deseaban acatar. Llevado a estos extremos donde la vida entra en juego, defender es una acción demasiado comprometida. No obstante, el compromiso con uno mismo, por su propia seguridad y por el inequívoco espíritu de supervivencia que le anima, no se cuestiona. Uno está obligado a defenderse. El asunto se complica cuando hablamos de defender a alguien o a algo. A quién estarías tú dispuesto a defender es una pregunta incómoda. Es fácil incluir en ese círculo defensivo a la pareja y a los familiares. A partir de ahí extenderlo a los vecinos, los paisanos y los compatriotas probablemente suscita más dudas que entusiasmo. Todo puede ser aún más dificultoso si se nos pide que digamos qué estaríamos dispuestos a hacer para llevar a cabo esa defensa. Volvemos a la vida. Pero la vida es de un valor demasiado alto como para ofrecerla por cualquiera. Asimilar la patria a la familia es una propuesta que, sin mediar un instrumento coactivo como el ejército, apenas funciona. Enseguida se pregunta uno qué es lo que le ofrece la patria de valioso como para poner en el otro lado de la balanza su propia vida. Son muchos los que piensan que hay que reforzar hasta la perversión ciertos sentimientos primarios (sobre todo el amor y el odio) para salir al campo de batalla detrás de una bandera. Con tantas dudas lo que acaba sucediendo es que el obligado guerrero se convierte en una presa fácil en el campo de batalla. Es poco honroso soltar el escudo y salir corriendo como Arquíloco, pero es casi seguro que sólo el acoso extremo y la falta de salidas decide a algunos a participar, sea cual sea el precio, en el duelo a muerte con un enemigo anónimo, retratado con un uniforme nacional que ha sido tejido para la ocasión a base de burlas, tachas y fobias.

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