No veo carga más incómoda que la que le lleva a uno a tener que hacerse cargo de sí mismo. Ese peso conlleva el vivir permanentemente sometido a un cuadro mental que fijándole límites él estima protector. Contrapone a esa carga fastidiosa la ilusión de sentirse dueño de sí. Al menos, alegará, soy el mismo, el mismo yo que da continuidad y asume el protagonismo de mis actos. Es esa alegación tan simple la que le anima a sobrellevar el peso al creer que dichos actos han sido ejecutados por propia decisión. Sin embargo, por mucho que diga que su yo campea sobre ese cuadro mental complejo, es tan pesada la carga y tan tambaleante el equilibrio que no puede sino reconocer que tiene dificultades para gobernarlo. Las razones pueden ser muchas, pero una de ellas, quizá la principal, es la falta de un objetivo claro. Sin él uno se ve obligado a encajar con resignación los cambios que se le presentan, cambios que le pueden hacer pasar en una misma jornada de la euforia a la derrota. Es el cuerpo el que difícilmente se resigna a todo esto, el que se resiste. El propio cuadro mental parece abrirse y cerrarse a tenor de esas alteraciones, lo que traslada la inestabilidad al yo. En vez de aceptar la situación como una forma similar al latir o al respirar, como algo natural por lo tanto, el yo, en su fragilidad, la encuentra inexplicable y la entiende como una sobrecarga, como un aumento de una complejidad cada vez más insoportable. Solamente saber dónde se encuentra uno mismo podría hacer frente a esa percepción de exceso. Un yo vacilante y carente de un centro de gravedad no es capaz de asignarle un lugar. Está claro que el aumento de carga distorsiona de forma insidiosa una forma de ser y actuar que uno tenía por regular y propia. Pero el problema es que corregir ese efecto no siempre está al alcance de su voluntad. Ante la dificultad para levantar esa carga, uno queda a merced de los cambios venideros. Y lo peor es que, si renuncia a integrarlos en el cuadro mental disponible, se verá obligado, para aliviar el peso, a seguir la corriente colectiva imperante y a disolver en ella su trastornado ego. En resumen, a dejarse llevar.
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