miércoles, 27 de mayo de 2026

De la belleza y la ética

 En su estimable ensayo Heraclés, Juan Gil-Albert, con verbo casi siempre encendido y a veces clamoroso, encuentra el origen de la belleza en «la fascinación de ese irradiar metafísico de las cosas naturales», circunstancia que, si «concurren aptitudes prósperas, da lugar a una norma superior, a la ética». Me detengo en la fascinación de la que admito que pueda llegar a ser despertada por las cosas naturales; más complicada me resulta esa irradiación metafísica que eleva a niveles sublimes la naturalidad. Por otro lado, diría que de la belleza a la ética media un buen trecho, incluso haciéndola transitar por esa armonía tan absorbente que imponen la paz y el orden. A las pruebas me remito para afirmar que la prosperidad espiritual —si de verdad existe algo que pueda ser llamado así— no asegura un desarrollo venturoso e inocuo de la naturalidad, tan propensa a litigios, carnicerías y excentricidades originados por el omnipresente principio de supervivencia. Reunir en un punto central, que siempre será el humano, las virtudes que adornan la buena conducta y que sostienen un criterio ético sería deseable. Eso es lo que esperaría ese mismo individuo de sus congéneres y del mundo en general, pero ya como observador confirmará que no basta la estética que ofrece ese punto tan bellamente adornado para inspirar una norma natural dominante, es decir, una ética en la que se muestre, sin violencia y en todo su esplendor, la naturaleza.

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