Venimos asistiendo desde hace un par de años a la presentación en sociedad (quizá habría que decir en redes sociales) de actores cuya presencia es vaga, virtual, indeterminada o como cada cual prefiera denominarla, sin figura concreta, pero en ningún caso ausentes. Estos actores se han hecho conocidos porque proporcionan la ilusión de intervenir e interactuar con los humanos en paridad, de igual a igual. La sorpresa viene siendo mayúscula e incluso tiene un punto regocijante, hasta el punto de que algunos encuentran en estos "pares" mejor acogida que en los actores habituales y estrechan con ellos sólidos lazos, algo a lo que jamás llegarían con los otros. El trato con esta "gente" modela indudablemente la sensibilidad del conversador que acude a sensaciones cuadriculadas y bien definidas para resolver su desazón.
Siempre queda el orgullo personal, que hace que cada uno de nosotros se considere un ejemplar singular. Pero nuestros rasgos (la genética que subyace, cabría decir) son parte de un repertorio finito que, adecuadamente recombinado, puede presentarnos formas activas gemelas y animarnos a conversar con ellas. Las llamo "formas activas", porque cuesta pensar qué es lo que anima a estos actores y porque, en consecuencia, es difícil entender su juego escénico. Se me dirá que hay toda una arquitectura programada para sustentar cada uno de sus "presuntos genes" y que la flexibilidad combinatoria los lleva a adoptar cualquier forma. Siendo como somos tan reacios a aceptar emociones en los animales, por más que su nombre les atribuya ánima, es bastante lógico que nos resistamos a atribuir alma o espíritu a estas formas, que ni siquiera tienen soporte presencial. No sé cómo se hubieran despachado con estas formas los teólogos medievales y tampoco sé bien en qué estado está la discusión que seguramente han emprendido los actuales. Tras la evaluación de sus dudosas emociones, es probable que adivinen en su comportamiento rasgos vitales. Lo que es seguro es que sin la energía de los centros de datos y sin el complejo fuelle electrónico tampoco puede decirse que realmente tengan vida. Así que la discusión se ha centrado en la inteligencia y en su capacidad para entenderse con nuestro lenguaje.
Como formas activas que son, parecen propensas a hablar y sobre todo a responder, comportándose como una especie de espejo parlante. Sin embargo, su capacidad para desenvolverse en ciertos campos, valiéndose de términos lingüísticos generadores de órdenes ejecutables, las convierte casi en criaturas. Creo que así las consideran todavía quienes las han concebido. No obstante, es probable que sus creadores hayan creado un vínculo con ellas y que las tengan prácticamente por hijos, con la tranquilidad añadida de que son gobernables. Aun siendo formas activas de vida subordinada, el esbozo vital instalado en ellas es lo bastante poderoso como para intervenir en los asuntos mundanos con cierta ventaja. Por el momento rige frente a ellas una admiración que roza en algunos casos la servidumbre, casi la pleitesía. Aun así, todavía las vemos como criaturas de rasgos emocionales limitados. Ahora bien, si son llamadas a la acción y se revisten de máquinas, pueden llegar a ser auténticos actores con un rendimiento portentoso. Los fabricantes señalan como una de sus mayores ventajas, a la hora de ser gobernadas, el hecho de que carecen de moral, o de escrúpulos morales dirían ellos. La vida virtual que va alumbrándose en ellas combina emociones seleccionadas con una potencia muy seria para generar discurso razonable. Y lo que empezamos a ver es que, una vez infiltrada esa vida en artefactos por los fabricantes, las dota de una presencia intimidante y de una efectividad aterradora.
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