lunes, 25 de mayo de 2026

Apariencias

Cree el lector que me conoce bien, pero pienso que me confunde con el Padre Marco Aurelio, varón de costumbres aparentemente recatadas, de consejos aparentemente ascéticos, de asertos aparentemente incuestionables. Tiempos felizmente pasados me demostraron que en ese aparentemente los usos y costumbres rastreros quedaban ocluidos por el brillo moral de las palabras pronunciadas, siempre con acrisolado rigor, por el veterano director y estoico maestro. Su verdad hubiera sido quizá la mía si no me hubiera despertado su turbio ejemplo del sopor doctrinal que las envolvía. Por fortuna, la vida ofrece un amplio abanico de verdades y son mayoría las que, a diferencia de la suya, no aprueban el cinismo y la hipocresía. Aunque igual me equivoco y no hay tantas, sino demasiadas formas de retorcer la que es única, ésa donde los hechos mandan. Si te guías por ellos no tendrás que escoger, será como si hubieras sido tú el escogido para expresar con sencillez la verdad, y no una verdad más. Adoptarás dicha expresión como la única vestimenta tolerable para tu discurso, la convertirás en la matriz de tus argumentos y el bastión de tu defensa. Para no volver a errar, prueba antes tus palabras, procura que den a ese vestido tuyo la flexibilidad  y la humildad de la lona y no te dejes seducir por esos atuendos espléndidos que tanto abundan hechos de piedra rugosa. No esperes gozar con él de una gama de voces profundas ni intentes ganar altura saliendo a escena vestido de estatua. De hacerlo acabarás como esas imágenes cercadas en las pantallas, obligadas a soportar la carga que les impone quien las maneja. Además de la flexibilidad, alivia la gravedad de las palabras hablar llano y sin cargar las tintas, sin escupir improperios para entrar en disputa, sin dirigir veladas acusaciones a base de severas admoniciones y sin imprimir con ellas a quien te escucha complejos de culpa aterradores. Frente a los devaneos fantásticos y las verdades miserables que frecuentemente se ponen a la venta, tenemos que estar alerta y no negarle al mundo su naturalidad para decidir sin trampa lo que es verdad. Finalmente, te prevengo lector y te aviso de que tampoco asumir la beatitud, confiándote a una verdad trascendente y libre de la realidad terrenal, es la solución. Es cierto que estimula la fantasía benefactora, pero a continuación encuentra uno mayor beneplácito dejándose embargar por un fondo oscuro donde impera, por necesidades del guion, una cruel falsedad. La reconocerás, porque llega siempre adornada por afilada retórica, que es el instrumento favorito del que se valen todos los padres aurelianos que sin ningún pudor predican por el mundo, a boca llena, la bondad y el amor.

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