Estamos acostumbrados a leer historias que adoptan la forma de rigurosos informes para hacer valer su dudosa verdad. En la historia la verdad es un valor siempre discutido y si pasamos al plural, a las historias, la discusión es mucho más abierta. Normalmente ahí se rebaja el tono y uno debe conformarse con la verosimilitud, que no deja de ser un engaño, un sucedáneo de la verdad. Ahí no acaba el asunto, puesto que ciertas historias contadas en primera persona contienen más verdad que cualquier informe, pues estamos ante la verdad del testigo presencial. Y luego está el caso bastante frecuente en que el informante se concede licencia para darle lustre imaginativo a la historia y forja una verdad literaria, y con frecuencia imperecedera. Desde luego que al arrancar a escribir una historia no es descartabler que el autor caiga en fantasías inverosímiles, pero si nos presentamos ante un telón de fondo constituido por hechos reconocibles puede que la imaginación, a través de personajes ficticios, filtre verdades incuestionables. Que la imaginación desvirtúa la verdad mientras que la historia la respalda no debería de ser considerado un dogma. En todo esto hay mucho más en juego. Imaginación, historia, verdad forman un triángulo cuyo centro es difícil de identificar. Ursula K. Le Guin consiguió captar el conflicto y decidió aparentemente invertir el dogma al iniciar su novela La mano izquierda de la oscuridad del siguiente modo: «Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación». Bien es verdad que la novela se remite ahí a un informe historiado y que su autor es un personaje, lo que confirmaría la verosimilitud, poniendo en entredicho, aunque sin invalidar, su verdad. Pero me gusta imaginar (y no digo creer) que la imaginación aún es un instrumento válido para alcanzar algún tipo de verdad.
sábado, 16 de mayo de 2026
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