El libro es un vehículo cuyo destino no siempre no es conocido. La curiosidad más que el deseo nos anima a subirnos a él. Una vez en marcha no son pocas las veces en que no sabemos dónde nos encontramos, en que perdemos el hilo, para ser más exactos. Suponemos que por delante nos lleva un piloto cuyas intenciones no logramos adivinar. Debe haber compañeros de viaje, pero apenas nos llaman la atención. Las curiosidades, las razones, los intereses que los han colocado en nuestra compañía son demasiado diversos. Habrá que esperar al final del viaje y ni siquiera entonces tenemos la seguridad de que tendrán algo que decirnos. El viaje se hace, pues, en silencio, mirando el paisaje que cambia con cada giro del camino. Allí montañas, aquí los campos y salpicando el panorama algunos pueblos. Es fatigoso sentirse embarcado frente a esas imágenes rodantes que apenas transmiten emoción. Por qué tendría uno que aguantar el frío de esas cumbres, la sequedad de ese erial o el tumulto de un mercado. El libro no acaba de contar bien lo que ese paisaje transmite. Desespera pensar que quizá no llegue a transmitir nada cuando ya lo llevamos mediado, cuando el viaje ya no admite marcha atrás. Es ahí donde empieza la desazón, cunde el desasosiego y surgen las preguntas. Sensaciones todas que en ese cuadro tan plano no puedes compartir. Y entre todas esas preguntas nos ronda una como la más angustiosa, la más apremiante y también la más oscura: ¿dónde están ellos? Ellos, sí, los personajes, los que te empujan a salir y ver la dirección y el sentido del viaje, los que atienden tu pensamiento y animan tu trayecto sin preocuparse demasiado de su inminente y seguro final.
lunes, 18 de mayo de 2026
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