Aunque me haga el desentendido, yo sé que sobre mi conciencia gravita siempre algún error. Lo que no sé es cómo librarme de la mirada de quienes me observan. Me siento tan perseguido que acabo cediendo a la presión social que me invita y hasta me obliga a declarar, decididamente arrepentido, que debo pagar por él. Por desgracia, eso no debe bastar, porque la presión no cesa, y continúo con la impresión de que así no voy a conseguir expiar mi falta. Pasan los días y noto que ese error mío, del que no tengo ni idea de en qué consiste, me sigue pesando insistentemente. Como encima eso me hace considerarme culpable y necesito aliviarme cuanto antes de ese lastre moral, y como todo finalmente puede resolverse pagando, elevo la apuesta y declaro, con resonante voz para que todos los tribunales me oigan, que quiero pagar. Hago sonar después mi monedero, lo cual genera a mi alrededor inmediatamente enorme expectación. Con un gesto de firmeza pongo mi dinero sobre la mesa. Es entonces cuando revisan mi caso y todos señalan que no les consta falta alguna. Para quien quiera oírles reconocen también de forma unánime que en realidad ellos nunca percibieron ningún error. Con aparente indiferencia, se acercan poco a poco a la mesa y, sin añadir palabra, recogen los jueces gustosos su parte del pago.
domingo, 17 de mayo de 2026
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