Cuando un problema se resiste a nuestro análisis, nos da por decir que es algo sorprendente, inquietante o increíble. Sería más sencillo, sin embargo, reconocer que no hemos sido capaces de someterlo y declarar llanamente que es demasiado complejo o sencillamente inabordable. Puede que, en un principio, nos sorprenda que eso escape a nuestro bisturí analítico. Pero la razón de fondo es que eso sigue su curso ajeno a nuestro control, esperando encontrar a alguien que esté a suficiente altura como para descifrarlo. Es eso, más que el problema, lo que nos inquieta y lo que alimenta el temor a que, detrás del problema, en su reserva, se esconda alguna clase de maldad invisible que es la que lo hace escurridizo, engañoso o paradójico. Imparable resulta nuestra frustración. De tanto manejarlo sin éxito, empezamos a sentir que el problema se nos ha vuelto en contra. Para salir de ese estado, renunciamos a buscar la clave y abandonamos el análisis. Ciertamente no es una salida airosa, ya que compromete nuestra acreditada competencia como analista. Así que, ante el público que espera respuesta al problema, decidimos calificar el asunto como intrascendente, inverosímil y, en última instancia, como increíble. En realidad suspiramos para que nadie entre a él creyéndose dotado para superarlo. Y si le parece creíble resolverlo, en lo que confiamos es en que no tenga la pretensión de superarnos y humillarnos con alguna solución trivial, con una operación de ésas de principiante.
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