Todos los rincones del mundo ocultan con celo su particular misterio, celebran su intimidad humildemente, siempre de puertas adentro. Prefieren el silencio, así que no les hables, ni siquiera susurres, ni te empeñes, nadie te responderá. Sumergidas en el fondo, las compañías que se reúnen ahí a su aire se resisten a la luz, por miedo a verse deslumbradas y descubiertas y perder el calor de ese nido acogedor. Les sobran razones para ignorar las plazas ruidosas y las rectas avenidas, cuyos transeúntes sólo acuden a esos apartados buscando en la penumbra una excusa para desfogarse en un territorio que, sin resultarles propio, está al menos fuera de foco. De ese modo se han ganado el sobrenombre de guaridas del pecado. No les asusta a los rincones la mugre, tampoco los desechos y la basura que el tiempo les arroja, objetos desgraciados e inservibles, que cuidadosamente, capa a capa, van amontonándose como testigos fidedignos de otras épocas. Tras pasar de rincones a escondrijos, agradecen verse olvidados y no parece que teman ceder su espacio a fugitivos, a desheredados, a cualquier animal de paso y a todos los habitantes llegados de la periferia. Desde su improvisado asilo no dudan éstos en responder desdeñosos a quienes miran de soslayo a los escuetos cartones de su camastro, a los restos de la pasada cena, a los condones untuosos y fláccidos, al escondite ocasional del travieso, a los dados y naipes resobados por el brillo de la suerte. Nunca pretendieron esos rincones servir de refugio, pero es cierto que han acabado por albergar memoria de demasiados fracasos y abandonos. Y ese retrato del humillado, desde fuera no se perdona, se arrincona. Se saben en estado de permanente sospecha, casi de inminente asedio, atizado por los partidarios de la rigurosa limpieza, de la norma universal, de la moral geométrica. Sobran para ellos los recovecos y sus beneficiarios, porque dicen que se mueven entre la vaguedad y la pereza. A la vista bien afinada y educada le resulta natural perseguir toda clase de resquicios y huecos, de grietas y repliegues, porque son muchos los que piensan que estirando y blanqueando se saca a flote la belleza mural, sea lineal o bien curvada, en una campaña que es aceptada además como necesaria e higiénica. Los puristas apuntan a la inseguridad, alegando que de esos puntos negros está pronta a llegar una avalancha de inmundicia humana, cuyos peligrosos patrocinadores se camuflan allí donde la luz no penetra. Según sus informantes, todos los rincones deben ser vistos como entradas a túneles y alcantarillas, como vías de acceso encubiertas a una red secreta por la que circulan maleantes sin número, obviando que la verdadera canalla se mueve por las azoteas o asciende hasta los rascacielos. En resumen, que donde no se atreve su vista todo vienen a confundirlo, donde emana el sórdido tufo de pobreza todo les ahuyenta y donde crujen los pasos inciertos dan por probado que anida el crimen. No sabiendo encontrarles sentido a los callejones y las rinconadas, por carecer de utilidad clara, acaban siendo presentados esos espacios huidizos e insobornables como simples agujeros, como desagüe de su mala conciencia. Estéticos los rincones nadie dice que lo sean, hospitalarios en general tampoco, marginales y lóbregos sin duda, pero eso no significa que sobren. Bastaría con ensayar otro modo de verlos. Puestos a destapar redes desconocidas, por ejemplo, podemos reconocer en ellos algo parecido a una extensa red de células autónomas donde sus ocupantes intentan superar el desamparo llevando el arte de vivir al límite, arte que les ayuda a pasar, cuando la solidaridad germina, de la miseria a la redención. Son focos bastante puntuales, lo sabemos, rincones casi siempre anónimos, pero la presencia constante de abnegados moradores hace que se mantengan como nodos de reanimación. Desde esos ángulos oscuros, que discretamente multiplican amargos puntos de vista sobre el deslumbrante mundo, tratan sus moradores de imponer distancia y mantener aguda reserva frente a la crueldad que rige en esa claridad. En cuanto ganan en su rincón una mínima íntimidad, vienen a confirmar lo poco que uno obtiene abriéndose a la falsa luz fraterna, que en terreno abierto hoy lo inunda todo, y entregándose al menosprecio como desperdicio humano y temible ejemplar salido de las galerías profundas donde sólo habitan monstruos.
viernes, 22 de mayo de 2026
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