jueves, 28 de mayo de 2026

El espejismo de las victorias

Si fomentamos la competición, sólo nos valdrá la victoria. Lo que uno gana, y otros pierden, lo que exhibe el vencedor con su trofeo no es simplemente la sacrificada disciplina previa a la contienda y toda la estética de la gesta, sino su superioridad sobre los demás, probados perdedores, forzados a relamerse sus heridas con el bálsamo que supone la efervescente experiencia vivida y, de cara a la galería, la posibilidad de poner de relieve el provechoso aprendizaje obtenido en el curso de su extenuante preparación. Seguramente, eligiendo la escala y la materia adecuadas, cualquiera acaba por sentirse superior. Es una actitud estimulante si uno carece de otras, pero es también peligrosa si se transfiere a un personaje y más si se colectiviza. Sucede, además, que el peligro se agrava ya que el deslizamiento de la superioridad física a la moral e intelectual no es tan raro. Todo comienza cuando el individuo o el equipo «superior» representa a una colectividad que se ve reflejada en él y lo adopta como su héroe. Por lo que llevamos visto esa proyección resulta tan ilusionante como productiva. La ilusión procura ahí una producción ideológica de fondo y una rentabilidad política en lo inmediato que para cualquier observador son visibles en la actualidad. El deporte, sin ir más lejos, es un espejo en el que se reproduce el conflicto larvado que alienta este tipo de ilusiones. Mirar a ese espejo es más seguro, desde luego, que contemplar la realidad donde las guerras lo expresan todo de un modo mucho más letal. Cuesta poco ver que desde la grada, o desde el sofá, el espectáculo que ofrece el espejo (la pantalla podríamos decir) genera algunas emociones parecidas en el inocuo caso deportivo y en el bélico. Ni que decir tiene que ese espejo se rompería si llaman a la puerta y te ves enrolado en una guerra que no imaginabas tuya. Como el espejo deportivo ciertamente embauca tanto como emociona, me pregunto si no sería bueno para romper los espejismos escoger entre el público del estadio al azar a alguno de los asistentes para, sin necesidad de ponerlo a la vanguardia de «su» ejército, lanzarlo como representante de la grada a la competición que presenciaba plácidamente. Podría así comprobar por sí mismo en ese campo de batalla de pega el descrédito que supone no triunfar y terminar luciendo ante todos como el gran perdedor, con lo que se vería asumiendo el infame papel de chivo expiatorio. No muy diferente será lo que sentirán algunos de los retornados de los distintos frentes de guerra cargados de medallas, pero con sus heridas de guerra todavía abiertas. Porque, encima, ni siquiera en su caso la victoria les vale, ya que su conciencia no es capaz de asimilar la brutalidad que se han visto obligados a protagonizar. Toda esa amarga realidad, en la que apenas hay vencedores y abundan los vencidos, es lo que queda detrás del espejo. Sin embargo, desde un asiento el deporte tiene la curiosa virtud de diluir las derrotas y exhibir las victorias con la inocencia propia de los engaños felices.

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