miércoles, 13 de mayo de 2026

La marmita

 No lo cuento como anécdota, sino más bien como un suceso verídico que debería considerarse en cierto modo ejemplar. Estamos en la sede de la sociedad gastronómica "Gure marmita" y allí se ha reunido un grupo de socios para dar cuenta de una suculenta alubiada, más todo lo que a partir de ahí proceda. Al entrar, ya encuentran en el fuego la marmita humeando y de ella escapa y se extiende por todo el local un delicioso aroma. Toribio se adelanta curioso, va hacia los fogones, levanta la tapa y se asoma. En el fondo bulle un líquido espeso y negro como el tizón y bajo él aguardan como feliz promesa las diez raciones de alubias de Tolosa y parte de los sacramentos acompañantes. Nada más darse la vuelta, los demás le sorprenden relamiéndose, aunque ha salido también algo extraviado, como si le hubieran afectado los efluvios. Como de costumbre, el amigo Fidel va poniendo los platos mientras los demás esperan en animada charla a que las alubias cojan su punto. Pronto llega el momento cumbre. Alguien avisa de que el condumio ya está listo. Toribio, diligente, ocupa su lugar y en esto nota un crujido en su trasero. Su móvil. Comprueba su estado, parece estar aún entero. Levanta la cabeza aliviado y ve a Fidel hacer el paseíllo hasta la mesa con el humeante puchero. La marcha es verdaderamente ceremonial y solemne. Todos permanecen en respetuoso silencio hasta que instala las alubias en el centro. No hay aplausos, pero todos se frotan las manos, ansiosos, con la mirada fija en la olla.  Al levantar la tapa, el personal se mantiene por un instante recogido y circunspecto, con los ojos entrecerrados, movido probablemente a reflexionar sobre las virtudes de lo que obra en la mesa. La liturgia indica que ése es el modo más adecuado de aspirar esos finísimos aromas que no sólo encienden el corazón, sino que despiertan la imaginación y abren un implacable apetito. Al salir de ese instante tentador y tratar de entrar en materia, horror, algo buscan y rebuscan impacientes. Falta el cazo. Ante el desconcierto general, sólo en Toribio, siempre tan resolutivo, prende una luminosa idea. Toma el móvil y pide al bot residente, que venía asistiendo extrañado a la curiosa celebración, que se valga de sus poderes para transmutarse en cazo. Poco tarda Toribio en agarrar el providencial artefacto por el mango y  hundirlo sin miramiento alguno en lo más profundo de la olla. Se oye un leve quejido, como un ahogado borboteo. Todos lo escuchan mientras aguardan expectantes. Al poco Toribio extrae de su interior el primer sacramento, una oreja de cerdo reluciente y rosada pero algo tiesa, como si saliera dispuesta ya a escuchar los elogios de los presentes para presentarse después, debidamente troceada, en los platos junto a las alubias. Cuando Toribio la exhibe en alto, es recibida con tremendo alboroto, no menor que el que levantan las sucesivas entregas del morro, el tocino y la morcilla. Sin embargo, ese complemento tan jugoso tiene para todos, por aparecer el primero, algo de especial, de triunfal. Lo que ven reposar sobre la sufrida pantalla del móvil no es simplemente un estrafalario alimento, es un apetitoso y chorreante trofeo. En el reparto posterior toma el relevo Fidel, que va sirviendo con el improvisado cazo la ración a cada uno de ellos, ración siempre generosa que deja además abierta la opción a repetir. Una vez satisfechos, los comensales coinciden en que el movimiento casi instintivo de Toribio ha sido arriesgado, pero ha valido la pena. A todo esto, aunque cumplidor, el bot ha asistido callado a la singular sacristía. Ya para acabar, Toribio le pide como último cometido que entone el Jan eta goza. Pero el móvil, que ha pasado casi toda la sesión embebido en el denso y oscuro caldo, no está para cantos. Tras su sacrificada metamorfosis, en ese llevar y traer las mantecosas alubias, ha quedado para el arrastre.

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