No lo cuento como anécdota, sino más bien como un suceso verídico que debería considerarse en cierto modo ejemplar. Estamos en la sede de la sociedad gastronómica "Gure marmita" y allí se ha reunido un grupo de socios para dar cuenta de una suculenta alubiada, más todo lo que a partir de ahí proceda. Al entrar, ya encuentran en el fuego la marmita humeando y de ella escapa por todo el local un delicioso aroma. Toribio se adelanta, va hacia los fogones, levanta la tapa y se asoma. En el fondo bulle un líquido espeso y negro como el tizón y bajo él aguardan como feliz promesa las diez raciones de alubias de Tolosa y parte de los sacramentos acompañantes. Nada más darse la vuelta, los demás le sorprenden relamiéndose, pero también algo extraviado, como si le hubieran afectado los efluvios. El amigo Fidel va poniendo los platos, mientras los demás esperan en animada charla. Pronto llega el momento cumbre. Alguien avisa de que el condumio ya está listo. Toribio, diligente, ocupa su lugar y en esto nota un crujido en su trasero. Su móvil. Comprueba su estado, parece estar aún entero. Levanta la cabeza y ve a Fidel hacer el paseíllo hasta la mesa con el humeante puchero. El momento resulta verdaderamente solemne. Todos permanecen en respetuoso en silencio hasta que instala las alubias en el centro. No hay aplausos, pero todos se frotan las manos, ansiosos, con los ojos fijos en la olla. Al levantar la tapa, el personal se mantiene por un instante recogido, con los ojos entrecerrados, como para reflexionar sobre las virtudes de lo que obra en la mesa. La liturgia indica que ése es el modo más adecuado de aspirar esos finísimos aromas que no sólo encienden su corazón, sino que despiertan su imaginación y abren su implacable apetito. Al salir de ese momento tentador y tratar de entrar en materia, horror, buscan y rebuscan ansiosos. Falta el cazo. Ante el desconcierto general, sólo en Toribio, siempre tan resolutivo, prende una luminosa idea. Toma el móvil y pide al bot residente, que venía asistiendo extrañado a la curiosa celebración, que se valga de sus poderes para transmutarse en cazo. Poco tarda Toribio en agarrar el providencial artefacto por el mango y hundirlo sin miramiento alguno en lo más profundo de la olla. Se oye un leve quejido, como un borboteo. Todos lo escuchan mientras permanecen expectantes. Al poco Toribio extrae de su interior el primer sacramento, una oreja de cerdo entera que reluce como un apetitoso trofeo sobre la pantalla de su móvil y que es recibida con tremendo regocijo por los comensales. Seguidamente, en el reparto, cada uno de ellos obtiene su correspondiente ración, bien generosa, pero que aún dará opción a repetir. Todos coinciden en que el movimiento casi instintivo de Toribio ha sido arriesgado, pero ha valido la pena. A todo esto, el bot ha asistido callado a la singular sacristía. Ya para acabar Toribio le pide que entone el Jan eta goza, pero el móvil no está para cantos. Tras su sacrificada metamorfosis, ha quedado para el arrastre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario