martes, 26 de mayo de 2026

La lente de aumento

 La lente de aumento no sólo desvirtúa la realidad sino que compromete la posibilidad de entenderla y aceptarla. Si al primer humano que vemos, tras nuestra llegada a un país desconocido, es un individuo de musculatura mayúscula, torpe de palabra y de sospechosa intención, tenderemos a compararlo no con nuestras dotes intelectuales, sino principalmente con nuestras facultades físicas sin duda mucho más limitadas que las suyas. Por extensión, eso nos hará suponer, como le pasó a Gulliver, que ese país desconocido representa una realidad aumentada en un sentido tan extraño que nos extraña, que nos relega en la escala a un nivel inferior. Si vamos a otro país y, en cuanto saludamos al primer individuo de apariencia humana, toma éste la palabra para mostrarnos sus amplias capacidades discursivas, su enciclopédico conocimiento y su tremenda agudeza lógica, nos encontraremos en parecida situación a la de quien imagina haber desembarcado en la desaparecida Atlántida, cuya avanzada civilización nos podría enfrentar a una realidad tan incómoda que prácticamente nos excluye, que nos ningunea. No valdrá de mucho analizar y entender que en el primer caso, el atlético digamos, el detonante de la rotunda fachada anatómica es algún cóctel de pociones dopantes. Quizá no lleguemos nosotros, con nuestras modestas medidas físicas, ni siquiera a la media de la población general, pero no le vemos mucho sentido a recrear la realidad magnificando la morfología humana en aras de un mayor éxito olímpico y comercial. No creo yo que sin el apoyo de la lente gimnástica estemos condenados a quedarnos atrás y, aunque así fuera, no debemos tolerar que ese desajuste de la realidad nos convierta en ejemplares subdesarrollados o en simpáticas mascotas para esos nuevos figurones. Y la misma rebelión nos sirve en el segundo caso, el del androide bibliómano, otro atleta para el caso, intelectual esta vez. A poco que investiguemos, sospecharemos de la trastienda que el tipo oculta. No tardaremos en descubirir que lo que oculta es producto del saqueo sistemático de lo que, a través de los medios científicos y culturales, se ha hecho público y ha venido informando nuestra propia realidad. Se pretenderá hacernos creer que el destino de ese expolio ha favorecido el ascenso a otra realidad de rango superior, a cuyas competencias nos deberíamos rendir acomplejados por la obvia vulgaridad de nuestra inteligencia. Pero no tenemos por qué rendirnos en cuerpo y alma a esta clase de atletas por excepcional que sea su rendimiento. Tampoco digo que tengamos que rechazar esa dinámica creciente de la realidad, sólo digo que debemos encontrar medios para que no nos anonade y no acabe generando una excrecencia insensible, sin gran interés en dejar crecer, pero sí en controlar, cualquier manifestación personal o colectiva. Proyectar músculo e inteligencia artificiales parece sobre todo una vía de escape, si no es un ensayo de dominación, sobre todo cuando la realidad básica gira aún en torno a un eje en el que ambas facultades van indisolublemente asociadas a una compleja arquitectura emocional. Y para acabar, ya que estamos con emociones, hablemos de una que es relevante en estos casos, pues hace del ojo el artífice de nuestra visión de la realidad y consecuentemente de nuestra propia valoración personal: la vergüenza. Pregunto: ¿debemos avergonzarnos porque sin microscopio nuestro ojo no es capaz de detectar los virus que nos rondan y amenazan? Y avanzo: ¿debe el ojo resignarse y aceptar avergonzado la comparación interesada con esas réplicas humanas de músculo e inteligencia programadas? Evidentemente, conviene ahí distinguir, el ojo puede requerir asistencia para enfrentar amenazas, lo que no deberíamos imitar es a países como los arriba citados, que nos infunden un evidente sentimiento de inferioridad. El peligro que veo está en que la lente de aumento nos manipule y nos vaya rodeando de una recrecida guardia de ejemplares físicos e intelectuales a los cuales pronto nos veamos obligados a reconocer, desde nuestro limitado ojo, como seres en un principio excepcionales y después providenciales. 

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