viernes, 15 de mayo de 2026

El escritor, el crítico y el lector

El ensayista George Steiner apuraba en uno de sus trabajos su veta crítica para cuestionar su propio oficio. Con una naturalidad que señalaba lo obvio escribía en tanto que crítico: «¿A quien le interesa ser crítico pudiendo ser escritor?». Abundaba así en el típico comentario que deja al crítico, como escritor fallido, en un escalón inferior. A ese encuentro debería de ser incorporado un tercero, el lector, cuya posición es difícil de establecer entre ambos. De hecho, la pregunta inicial parecería ajena a este tercero, pero no lo es, o no del todo. Para el lector, el crítico cuenta con la ventaja de la brevedad, a diferencia de la enorme tarea que le exige el escritor, aunque el juicio emitido le suscite dudas. Ahora bien, la compra y la eventual lectura del libro del escritor ya supone por sí sólo aceptar una apuesta, y no hablo del gasto económico o del tiempo que pueda invertir en su lectura. La apuesta viene a subrayar más bien cierto interés y sobre todo busca algo de satisfacción. Esto nos llevaría a una nueva pregunta algo más puntillosa que la anterior: «¿A quién le interesa embarcarse en una lectura de dudoso gusto, cuyo único disfrute consiste en enmendar la plana a un crítico y dejarlo señalado como un incompetente lector?». Aquí se eleva al lector al nivel de autoridad final, puesto que es él el que ratifica o desmiente la palabra del crítico. No obstante, por mucho que sea el que paga, ese lugar prominente no debería de ser el suyo. Y es que hay lectores y lectores. Entre ellos destacan los aspirantes a escritores, que son justo los que gustan de enmendar la plana, no sólo al crítico sino también, si se tercia, al escritor. Y detrás están los demás, que sin mayores aspiraciones es probable que se atengan a su papel de usuario pagano y se pregunten: «¿A quién le interesa ser escritor pudiendo ser lector?». No es de extrañar que un lector se haga esa pregunta conociendo la escasa recompensa que el primero recibe y el desigual esfuerzo empleado en sus respectivas tareas por el lector y el escritor. Pero volvamos al crítico, a su afilada pluma, y sigamos mirando al escritor, que espera ansioso su sentencia. Ahí la esperanza suele ser un tormento. Así que haría mejor en cuestionar la autoridad de aquél y en preguntarse, revirtiendo aquella pregunta inicial: «¿A quién le puede interesar exponerse como escritor, cuando en dos simples líneas puede ser puesta en duda su destreza y su propia condición por el más mediocre de los críticos?». A pesar de todas estas dudas y desencuentros, no parece que mengüen las vocaciones de ninguno de los tres. Además la realidad acaba ofreciendo salidas inesperadas. Puede darse, por ejemplo, el caso de que el escritor reciba por sorpresa elogios que no entiende bien, que el crítico asista espantado, pero no arrepentido, a unos éxitos por él no vaticinados y que el lector coloque en la estantería de las futuras e improbables lecturas el libro recién comprado. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El abuelo Jonás

Desde su cama, cada vez que me ve ir hacia la puerta, el abuelo Jonás me pregunta: ¿a dónde vas? Si le digo que a salir con la barca, se inq...