jueves, 24 de septiembre de 2026

Las campas superiores

No me gusta seguir el hilo de ninguna de mis entradas anteriores, pero he vuelto a leer lo de ayer y, sin darme cuenta, creo que he fruncido levemente el ceño. Es más fácil distanciarse de lo que uno no ha escrito para a continuación criticarlo. Lo haré sin acritud, porque el texto me gustó. Lo que me resultó un poco excesivo,  hiperbólico diría, fue aquello de los Campos Elíseos. Llevar a los artistas, o a ciertos artistas, a esos lugares sobrenaturales es darles patente divina y obliga casi a arrodillarse ante su arte. No me veo yo rindiendo semejante tributo. Por fortuna estos supuestos dioses, los que tocan el piano «divinamente» o los que escriben novelas «sublimes», son de carne y hueso, lo que para mí los hace mucho más atractivos. Esa delicadeza de Clara Haskil que tanto me fascinó está seguramente fraguada con mucho sentimiento y no pocas lágrimas, su interpretación es producto excepcional pero muy humano también. Basta ahondar en la vida de figuras como ella para ver que estuvo sujeta a tantas penurias como a ocasionales glorias. Dicho esto, no todos poseemos sus cualidades, poseemos otras que con perseverancia quedarían a la vista de quien las quisiera ver. Ni siquiera necesitamos escenario para ser excepcionales en algo. Todos sostenemos, o mejor deberíamos mantener en alto, nuestra particular excepción, simplemente porque somos distintos. Así que, allá los demás, si atacados de miopía no nos conceden el debido valor.

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