Se supone que seguir los pasos del sabio es ascender. Pero ¿cómo podemos saber si aquel a quien seguimos es un sabio o un farsante? Ese es un grado de sabiduría que se otorga individualmente, parece una inteligencia innata, que de poco sirve cuando tan sólo le lleva a uno a saber que en esa senda encaja bien su pie. Y por otro lado, sea o no sabio, llega otra pregunta: ¿cómo podemos saber que ascendemos? Pues bien, ahí a lo que tendremos que recurrir es a nuestros ojos, a fin de no perder en la ascensión de vista el mundo o, más propiamente, a fin de no acabar perdiendo pie. Así que mantendremos ese hilo, con la mirada, pero sin tirar de él, porque no deberíamos tener mayor interés en amarrar y poseer el mundo. De hecho, si ese interés se va perdiendo en la lejanía, si el mundo aparece recreado en el fondo de nosotros oscilando entre dudas y pendiente de ese hilo, es probable que llevemos el camino del sabio. Cuando nos veamos perdidos, en plena oscuridad o azotados por las tormentas, seguro que por ahí nos llegarán sus sutiles palabras. Su verdad nos parecerá entonces casi sagrada y quizá nos ayude, pero lo que nunca sabremos es si el mundo al que estamos ascendiendo tiene algo de verdadero.
martes, 8 de septiembre de 2026
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