El milenio medieval dio lugar a todo un abanico de creencias de inspiración cristiana pero bastante apartadas de la doctrina vaticana. De las fantasías asociadas a un apocalipsis final, a las que pronto se unieron las aspiraciones a un milenio igualitario por parte de una población sumida en la miseria, surgieron localmente facciones y sectas que la iglesia de inmediato desautorizó y persiguió con saña. Todo esto no vendría a cuento si no hubiera en los poderes fácticos actuales, o sea entre los promotores tecnológicos, algunos que claman ante la aparición del Anticristo con mensajes de alto contenido emocional. Convertidos en sumos sacerdotes de un nuevo culto, intentan remover la conciencia de las masas apocadas. La irrupción de la inteligencia artificial en diversas versiones, con la idea cada vez más manifiesta de superar el ejercicio intelectual de los humanos, ha colocado a la humanidad ante la posibilidad de tener por delante un fin de ciclo, provocando un vértigo parecido al que sacudió el mundo europeo con la llegada de aquel milenio. El creciente ruido mediático que todo esto provoca me ha llevado a comparar la situación con lo que se dio entonces,lanzando la vista a lo que cuenta la historia. Me he ido a un clásico, En pos del milenio, de Norman Cohn. Me han interesado allí especialmente las páginas dedicadas al culto al Espíritu Libre con las que se termina la obra. No deja de ser curioso que ya en 1970, fecha de su publicación, el autor advirtiera en dicha secta medieval signos que le parecían concomitantes con la situación que observaba en la sociedad. Evidentemente la escalada en aquellos días de la producción de armamento nuclear atemorizó a la sociedad en la que cundió la sensación de que se encontraba ante un final en el que muchos vieron un final del mundo. Parece que estas sensaciones, estos vértigos, se repiten cíclicamente o puede que aquello no fuera sino la antesala de la fiebre que hoy nos asola. Si alguna diferencia puede señalarse, entre aquello y esto, es el extraño maridaje al que han llegado con los años la tecnología y la religión, maridaje inexistente en los 70, toda vez que la ciencia, aun siendo tan opaca como ahora, gozaba del prestigio que se le concedía como último valedor defensivo de la sociedad. Sin embargo, la tecnología es hoy vista de otro modo bien distinto, por más que el temor que infunden los androides actuales no se difrencia mucho del de las bombas nucleares. La fe, que el liberalismo arrogante viene inculcando desde las más altas tribunas con el Anticristo como espantajo y amenaza, se ha infiltrado en las instituciones políticas y, bajo su inspiración, está haciendo avanzar a la sociedad en una dirección más eclesial que ciudadana. La fase tecnoreligiosa es aún de catecumenado, pero no tardarán en salir sus creyentes a la luz con la quimérica intención de arrastrarnos a algún paraíso tecnológico, lo queramos o no. Bueno, vengo escribiendo demasiado y lo que me importaba desde el principio es destacar una cita con la que finaliza Cohn su trabajo y espero que se me perdone por haber hecho en ella unos incisos que la ponen de actualidad.
«[..] el ideal de una emancipación total del individuo respecto a la sociedad, e incluso respecto a la misma realidad externa —el ideal, por así decirlo, de auto-divinización— que hoy día tratan algunos de realizar con la ayuda de drogas psicodélicas [y de instrumentos habilitados con inteligencia artificial, cabría añadirse], podía ya reconocerse en aquella forma paralela del misticismo medieval (se refiere al culto al Espíritu Libre) . El antiguo idioma religioso ha sido sustituido por otro secular, lo cual tiende a oscurecer lo que de otro modo sería obvio, pues la verdad pura y simple es que, despojados de su original justificación sobrenatural [no del todo, pues el apocalipsis sigue siendo adoptado como tentáculo emocional], el milenarismo revolucionario y el anarquismo místico continúan presentes.»
Y hacia ahí vamos, mucho me temo.
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