Quiso enterrar su reloj con todos los honores. No ahorró en ceremonias y cortejo fúnebre y lo llevó hasta lo más alto. Fue su cabeza el lugar elegido, el más digno, el de más hondo criterio. Y allí lo sepultó. Aspiraba a revivir alejado del orden y el tiempo, sin imperativos, en el olvido. Pero no sucedió, porque la máquina nunca cedió. Pronto le llegaron ecos que marcaban pasos, ritmos que encadenaban procesos y un aliento metálico que enturbiaba su mente. Ella despertaba y su cabeza le seguía en su marcha incipiente. A la vista empezó él a tener previsiones y por detrás reaparecieron los recuerdos. Donde él ya no quería ella paciente hurgaba. El tiempo seguía ahí y recuperaba su musculatura. Fue un triste espectáculo ver cómo esa mecánica vida acababa por disputarle a la muerte su cabeza. Ya que su intención era salir del mundo, más le hubiera valido enterrar sus ojos antes que el reloj o, más sencillamente, perder la cabeza.
martes, 1 de septiembre de 2026
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