A fin de preservar el brillo que su mansión un día tuvo, la anima con toda clase de celebraciones y festejos. Más allá de sus muros, tanto fasto parece exigir una dosis a partes iguales de desprecio y crueldad, así como un público impasible y atónito, encantado de asistir al espléndido espectáculo en que los misiles, bombas y demás cohetería que parten de sus bodegas fingen atravesar el cielo como fuegos artificiales. Dirán esos espectadores alelados que ese fuego, por más que sepan que se trata de un artificio militar, representa el triunfo de la pureza y que al surcar libremente la noche resplandece con él la luz de su libertad. Pero sólo quienes reciben esa lluvia terrible como castigo llegan a conocer cuál es la cualidad y el poder intrínseco de ese fuego y rechazan, poniendo casi siempre su propio cuerpo en juego, el beneficio devastador de semejante pureza, pagando además con su vida el precio de la libertad ajena.
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