Confundimos el espacio propio con la propiedad. En el primero se vislumbra un afán de establecerse, de encontrar un lugar que apacigüe inquietudes, que nos dote de cierta seguridad; es, por tanto, un espacio de resistencia, de continuidad, un espacio en el que educar la soledad, ganado como un retiro voluntario, como un rincón desde el que observar y meditar, nunca como una reserva cercada y obtenida a costa de apartar a los demás. Lo que vemos en la segunda es otro interés claro y bastante manifiesto, el de quien intenta hacer suyo o, diríamos mejor, el de quien se apropia de un territorio aparentemente huérfano sobre el que extiende su dominio aparentemente protector, en el que acaba por ejercer su potestad, desde el que no cesa de ampliar miras, aunque ello suponga avasallar y someter a otros que libremente lo disfrutaban ignorantes del derecho a actuar según su voluntad que el título de propietario le permite. Son bastante evidentes las diferencias entre la actitud que da paso al espacio propio y la que se impone por medio de la propiedad. La primera es de vocación introspectiva y de carácter protector, genera un alivio del que surge la libertad individual, fomenta un punto de vista que ayuda a sopesar el beneficio de lo sensual y material, y habilita un silencio que posibilita la conclusión de un ideario personal. La segunda, sin embargo, nace de un propósito inicialmente defensivo con el que se reclaman y se marcan límites a los intereses ajenos, considerando invasivos incluso los que pudieran parecer compatibles con los suyos y rechazando los altruistas como algo impropio. Visto lo anterior, pienso que no hay expresión más equívoca que la muy celebrada de defender lo propio, porque no se sabe a ciencia cierta qué es lo que ahí se defiende, si ese espacio que viene a definir la naturaleza propia de uno o el terreno a través del cual se proyecta a fin de encontrar sitio a sus fantasías dominadoras.
viernes, 11 de septiembre de 2026
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