miércoles, 16 de septiembre de 2026

Mi regla

«Tengo mis propias reglas», declara con orgullo el poderoso. La afirmación tiene un carácter arrogante, diría que casi constitucional, aunque a escala, eso sí, personal. Pero, en vez de perdernos en una lista, será mejor que simplifiquemos y vayamos de una en una, fijándonos de momento en una primera regla. Esa debería de ser, aunque el sujeto no lo especifique, que no admite las ajenas o que sólo las admite si son favorables a sus intereses. Sin gran esperanza de convencerle de su ridícula sobreestima y del menosprecio que ello supone, a quien así se pronuncia yo le diría: «¿Qué ocultas detrás de tu regla? Me dirás que tu libertad, cuando en realidad salvaguardas con ella tu poder. ¿Qué manifiesta tu regla? Me dirás que tu opinión, pese a que deja ver tu desprecio e ignorancia de la ajena. ¿Qué alcance tiene tu regla? Me dirás que sólo refleja la firmeza de tu línea de conducta personal, pero juzgas intolerable y condenas a quienes no la aprueban. Si ésas fueran tus respuestas, deduciré que a nada te compromete una regla que sólo tú has valorado, porque además puedes quebrantarla cuando quieras sin coste alguno. Por algunos puede que sea reconocida y que incluso sea aplaudida, pasando de regla personal a colectiva, lo que te procura una cómoda situación al darte la posibilidad de ejercer un poder blando entre quienes la aceptan como suya. Por el contrario, para quienes la conocen pero la rechazan, tu regla sólo puede ser un dictado, una horma para cuestionar y probablemente corregir su propia conducta. Tan propia en cualquier caso como tu regla.» En vez de darse a esas declaraciones de principio tan enfáticas, más le valdría tener en cuenta que el valor de cualquier regla, la suya entre ellas, depende del número de personas que la comparten, y eso siempre que la hayan suscrito libremente.

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