lunes, 14 de septiembre de 2026
Lectura y razonamiento
En su número de Agosto, la revista The Atlantic publicaba un artículo de Rose Horowitch que planteaba desde su propio título que estamos asistiendo a un cambio radical en nuestro modo de informarnos y que nos lleva hacia una realidad bastante inquietante. El artículo en cuestión afirmaba en cabecera nada menos que El fin de la lectura ha llegado. Avalaba la idea con numerosos argumentos extraídos de hechos que están a la vista de todos en la actualidad y que vienen siendo confirmados por las instituciones académicas de todos los niveles. Como conclusión exponía una afirmación tan contundente que duele: «La era de la alfabetización resultará ser un breve interludio entre la era oral y la digital». No tenemos una bola de cristal que nos permita desmentirlo y, sin duda, son preocupantes las razones que alega para hacer tal afirmación. En estos últimos tiempos, se ha puesto en circulación un concepto que va ganando peso por su implantación general. Me refiero al postalfabetismo. Del analfabetismo se pasó al alfabetismo y ahora estamos, al parecer, en otra fase. La tendencia a vigilar su desarrollo está en la misma onda que las afirmaciones de Horowitch. Alertado por los resultados del informe PISA de 2022 (que se han venido a confirmar en el de 2026) y los de la prueba PIIAC para adultos, escribí hace un par de años un artículo con el que intentaba poner en orden mis propias ideas en este asunto. Con cierto pudor y no poco desaliento, pero animado por lo que voy leyendo en ciertos medios fiables, quisiera compartir aquí un párrafo del mismo. En él pretendía destacar el papel fundamental de la escuela como dique de contención ante la inundación de información ligera y bastante espumosa que llega por otras vías. Decía entonces lo siguiente: «Mientras
la escuela se pronuncia en favor del razonamiento, insistiendo en la
importancia del lenguaje como medio canalizador de cualquier discurso basado en
argumentos, lo que vemos en redes y televisión son discursos fragmentados, no
exentos de insultos, en los que no cabe la ilación que precede a una
conclusión. Lo que se ofrece, por tanto, es una conclusión sin cuestión previa
y eso sólo puede servir como mero mensaje, con una validez que se concede gratis según
el atractivo ofrecido por el emisor. Ahí no hay más lógica que la secuencia,
pero la concurrencia y estimación condicional de los hechos exige otra lógica,
exige razonar. Lo que fomenta en educación esta mutación del argumento por el mensaje es
una juventud mucho menos crítica y más dada a recibir, a través de imágenes, órdenes de servicio emanadas de los potentes medios de comunicación.» La gravedad de la situación a la que el postalfabetismo nos está llevando se pone de manifiesto claramente con sólo mirar a Estados Unidos, que ya está siendo dirigido, si tenemos en cuenta lo que Horowitch afirma, por el primer presidente abierta y orgullosamente postalfabetizado. Se sabe de este hombre que es incapaz de atender valoraciones escritas y leer informes, y eso «en un país donde la información se difunde principalmente a través de textos». Su estilo de comunicación carece de línea argumental, se basa en afirmaciones disruptivas, afines a sus intenciones más elementales, viscerales no pocas veces, e independientes generalmente de los hechos. Este estilo entrecortado y simple, entreverado con imágenes, vídeos y memes, es el que ya muchos toman como ejemplo por su facilidad de penetración y por el éxito obtenido en la transmisión. Con él el mensaje, desprovisto de juicio, va directo a las tripas sin necesidad de pasar por el fielato mental.
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